Siempre hay una última vez :: 7

    Roqui

    Más fácil, quitarle una piruleta a un niño. No hago más que repetirme esa misma frase, una y otra vez, mientras conduzco atento al espejo retrovisor.
    Joder, qué fácil. Atravieso San Miguel, atravieso Arrigorriaga, dejo a la derecha la cementera, veo a Virgil aparcado en los pabellones industriales de Ugao, me ha faltado poco para detenerme y darle un abrazo, rebaso el desvío para Zollo, ya veo el Nervión y los pabellones industriales de Bakiola. Por enésima vez miro por el retrovisor, nadie parece seguirme. Sin marcar, doy un volantazo a la izquierda y me detengo en el aparcamiento trasero del restaurante ‘Las Tablas’.
    Todo sucede tal como lo había planeado Virgil. A los cinco minutos aparca su Ronda junto a la furgoneta, baja la ventanilla del copiloto y me lanza un beso.
    –Colega, eres una puta máquina.
    –Colega, somos unas putas máquinas. ¡Hala!, cambiamos la mercancía de coche y brindamos por la vida que nos vamos a cascar mientras nos dure la pasta.
    –De verdad, enano, eres un genio. Esos tipos duros estarán todavía preguntándose qué demonios ha ocurrido en sus vidas… Gracias por contar conmigo.
    Virgil ni siquiera me escucha. Abre el maletero de mi vehículo, alza la tapa de una de las cajas y clava los ojos en las bolsitas llenas de polvo blanco.

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    –Oye, tío, escúchame. Sólo quiero darte las gracias y pedirte perdón por haberte amenazado. Tú sabes que eres el mejor colega que tengo.
    –Claro, Roqui, yo también te aprecio. Somos un equipo cojonudo, no hay quien pueda con nosotros. Venga, ayúdame, vamos a acabar con esto cuanto antes.
    Observo su cara mientras devuelve la tapa a su sitio. Es la misma imagen de aquella tarde en la que Virgil aún era Alfonsito y ambos éramos niños pero justo empezábamos a dejar de serlo. Permanecen las gafas de resina con el puente roto sujeto por un esparadrapo deshilachado. Lo que falta es un grupo de niños riéndose de Fajín, que se agacha para recoger sus gafas pisoteadas, unas lágrimas gordas bajando por sus pómulos y unos mocos asomando en su nariz sucia. Lo que ha cambiado es la mancha de barba que cubre sus mejillas y la sonrisa de oreja o oreja, el brillo de sus ojos oscuros.
    No puedo evitar pasarle el brazo por el hombro mientras nos dirigimos a la taberna.
    –Virgil, de verdad, no hablaba en serio el otro día.
    –Lo sé, tío, lo sé.
    Lo estrujo contra mi pecho a la entrada del restaurante.
    –Habrá que ir pensando en el próximo golpe. De algo tenemos que vivir cuando se nos acabe el dinero.
    –Joder, campeón, dijiste que este era el último golpe. Recuerdo tus palabras exactas: “Virgil, siempre hay una última vez”.
    –No me toques las pelotas, colega. Acabo de decirte que no hablaba en serio.
    –¡Que es broma! Tan grande y tan nervioso. En el coche hablamos, que ahora me estoy meando vivo, ya sabes que la acción me pone nervioso. Anda, pídeme un pelotazo, que voy al baño.
    Me acodo en la barra. Pido dos cubalibres y una ración de patatas bravas. Suena el teléfono.
    –¿Miguel?
    –Sí.
   –Soy el Risas. Escucha, no sé qué película has protagonizado, macho, pero te has hecho famoso. Primero ha estado la madera enseñando tu foto por el barrio. Después han aparecido unos tíos muy simpáticos preguntando por el doble de Conan el bárbaro.
    Joder, joder, joder. Doy un bote, tiro el taburete al suelo, corro, arrollo a una pareja de obreros que se acercan al mostrador, corro, empujo la puerta con toda mi alma, corro hacia el aparcamiento, corro hasta la furgoneta. El Seat Ronda ha desaparecido.

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    –Miguel, ¿me escuchas? Casi mejor si no apareces en unos días. No sé, a los chistosos se les veía muy interesados en dar contigo.

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#Sergio Lozano Sangrador :: slsangrador@gmail.com

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#Roberto Bolaño :: Fotos (Putas asesinas)

(…) y luego, antes de abrir los ojos –con el libro firmemente sujeto por ambas manos–, ve otra vez a Claude de Burine, el busto fotográfico de Claude de Burine, digna y ridícula a la vez, contemplando desde su atalaya de poeta soltera el ciclón adolescente que es Dominique Tron, el autor, precisamente, de La soufrance est inutile, un libro que tal vez Dominique escribió para ella, un libro que es un puente en llamas y que Dominique no va a cruzar pero que Claude, ajena al puente, ajena a todo, sí que cruzará, y se quemará en el intento, piensa Belano, como se queman todos los poetas, incluso los malos, en esos puentes de fuego tan interesantes, tan apasionantes cuando uno tiene dieciocho, veintiún años, pero luego tan aburridos, tan monótonos, con un principio y un final predecibles de antemano, esos puentes que él cruzó como Ulises por su casa, esos puentes teorizados y aparecidos como ouijas fantásticas, de improviso, ante sus narices, enormes estructuras en llamas repetidas hasta el final de la pantalla y que los poetas no de dieciocho ni de veintiún años pero sí los de veintitrés son capaces de cruzar con los ojos cerrados, como guerreros sonámbulos, piensa Belano mientras imagina a la inerme (a la frágil, a la fragilísima) Claude de Burine corriendo a los brazos de Dominique de Tron, en una carrera que prefiere imaginar impredecible, aunque hay algo en los ojos de Claude, en los ojos de Dominique, en los ojos del puente en llamas, que le resulta familiar y que en un idioma que discurre a ras de tierra, como los cambiantes colores que circundan la aldea vacía, le adelanta el seco y melancólico y atroz final, y entonces Belano cierra los ojos y se queda quieto y luego abre los ojos y busca otra página, (…)

#Roberto Bolaño :: Fotos (Putas asesinas – 2001)

Ya dije en alguna otra entrada sobre este mismo escritor que considero a Bolaño como un maestro del cual nunca acabaré de aprender. Ya dije que lo admiro, que encuentro un placer (por momentos, orgánico) en su lectura. Lo que no dije es que hube de renunciar a leer a este autor en lugares públicos.
No pasa nada, lo proclamo ahora: me vi obligado a dejar de leer a Roberto Bolaño en el metro, en el parque, en la parada del autobús, en la sala de espera del dentista, en definitiva, en cuantos lugares públicos se prestan al placer de la lectura, para evitar –en la medida de lo posible, obviamente– que me tomen por un chalado que pone caras mientras lee, que ríe y llora, o bien lanza interjecciones de asombro, sorpresa, goce mientras parece reconcentrarse en el libro que lleva en sus manos. Resulta triste tener que confesar esto en una época donde se ha vuelto habitual ver a personas hablando (aparentemente) solas o gesticulando de manera vehemente mientras hacen equilibrios para que el auricular no se desprenda de su oreja. Pero, uno, esto es otra historia, y dos, yo no quería hablar de esto.
Quería hablar de las reseñas que introducían algunos de los libros de Bolaño que he leído.
Recuerdo la primera, un fragmento de aquella primera reseña, mi primer contacto con la literatura del escritor chileno. En ella se realizaba una afirmación rotunda: casi todos los escritores creen ser, o quieren ser, como Bolaño. Yo soy de memoria vaporosa, pero recuerdo esa sentencia porque desde aquel libro nunca he dejado de querer ser como Bolaño.
También recuerdo la última reseña. Son dos párrafos y unas doscientas palabras de entre las cuales entresaco una que resume mis experiencias con Roberto Bolaño: deslumbrante. Deslumbrante como una estrella que arde desde miles de millones de años antes de que ninguno de nosotros naciéramos y cuya luz seguirá alumbrando el universo miles de millones de años después de que todos nosotros hayamos desaparecido.

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Siempre hay una última vez :: 6

    Guarda de seguridad en el control de acceso de Mercabilbao

    Miguel Palacio, en efecto. No llevaba ni una semana trabajando. Vino a cubrir una baja repentina de un descargador, que tuvo una especie de accidente con una pesa mientras practicaba en el gimnasio.
    Parecía un tipo normal. Entraba y salía a la hora. Hacía su trabajo. Hablaba poco. Seguramente no tenía mucha costumbre. Desde luego, con un físico como el suyo debe ser difícil acostumbrarse a hablar las cosas. Quiero decir, tiene que ser cómodo saber que a uno le basta con alzar un poco la voz para que le hagan caso, sin necesidad de tener que esperar el turno para hablar y tener que convencer con ideas, argumentos y todo ese rollo. A mí, al menos, me bastó con mirarle a la cara el primer día que vino para tener claro que no lo iba a poner el primero en la lista de personas con las que me gustaría tener problemas.
    Esta mañana no le noté nada en particular. Es posible que hubiera cierta tensión en su rostro. La verdad es que no era muy expresivo. Solía comer el bocadillo de media mañana ahí enfrente, sentado bajo el porche. Yo lo veía masticar y pensaba que lo hacía como con inquina, como si en lugar de comer el bocadillo lo que quisiera fuera vengarse de él. Sacaba un refresco de la máquina para acompañar la comida y lo agarraba como si la lata fuera a ofrecer resistencia. Se quedaba parado mirando sin pestañear una esquina o un vehículo estacionado, un contenedor o una losa rota, preferiblemente objetos estáticos, y contraía las mandíbulas, daba la impresión de que estaba mascando el aire y lo único que hacía era respirar con la boca entreabierta.

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    Aquí entran y salen miles de camiones, yo no me quedo con ninguno, les tomo la matrícula al entrar y la tacho cuando salen. Punto. Pero el marisco es mi debilidad. Almejas, coquinas, navajas, percebes, langostas… Cuando veo acercarse a los gallegos no puedo evitar pensar lo rico que está todo lo que traen. Además, desde la garita se ve perfectamente la plaza de aparcamiento del camión: me paso un rato embobado mirando cómo bajan las cajas, se me hace la boca agua sólo de imaginar unas almejas a la marinera. Por esta razón pude ver toda la escena.
    Yo estaba atento al camión cuando apareció la furgoneta azul. Palacio ya había pasado un par de veces de largo, pero en esta ocasión entró al andén. Había algo en su forma de moverse que me hizo ponerme en guardia, no sé, caminaba demasiado rápido para su corpulencia, como con determinación, como si tuviera decidido de antemano el punto exacto al que quería llegar. El conductor de la furgoneta había acabado de mover unas cajas y estaba cerrando la puerta del maletero y Palacio se le acercó, señalando una de las ruedas delanteras. Hablaron unos segundos y luego se dirigieron hacia el morro del coche, Palacio por la derecha y el otro, por la izquierda. Al llegar a la altura del copiloto, el gigantón metió la mano por la ventanilla, pegó un tirón y lo siguiente que vi fue al acompañante, que estaba dormitando dentro del vehículo, pataleando en el aire mientras describía una parábola por encima de la furgoneta y caía sobre el conductor. Visto y no visto, accioné el mecanismo de bajada de la barrera y para cuando quise salir de la caseta el chicarrón ya estaba al volante. Pensé en sacar el revólver, pero ni siquiera llegué a empuñarlo porque arrancó quemando los neumáticos, de manera que tuve que saltar a un lado para evitar que me llevara por delante. Destrozó la barrera, ya en la carretera derrapó al tomar la curva a la derecha, se golpeó lateralmente contra un turismo que venía en la otra dirección y siguió acelerando en dirección hacia San Miguel.
    –Oiga, igual me hace un favor, porque, le voy a ser sincero, hay una parte de la historia que se me escapa. ¿Usted cree que merece la pena montar este espectáculo por unas chirlas? No es que Palacio me pareciera un retrasado mental, pero listo, lo que se dice listo, no ha sido.

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[--> Roqui]

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