Siempre hay una última vez :: 4

    Virgil

    Vale, aquel golpe no salió bien, salió mal, fatal, peor imposible. Era nuestro primer gran golpe, digamos que sólo fue un ensayo. Yo había estudiado el asunto hasta los más mínimos detalles. El gran danés es un perro noble, dócil y amable, cariñoso y equilibrado, aunque puede resultar reservado con los extraños. Por eso lo estuve siguiendo una temporada, observando cómo lo llamaban sus dueños, cómo jugaban con él. Nuestro olor corporal le sería extraño, joder, ya sería la hostia que hubiéramos podido suplantar el olor de las personas que el maldito chucho trataba, pero, al menos, nuestras conductas serían muy similares a las que estaba acostumbrado. La idea no era mala del todo. Un tipo en sus cabales no acude a la policía en busca de ayuda y les cuenta que le han secuestrado a la cosita que más quiere en este mundo y le piden un rescate si quiere volver a verlo entero; todo lo contrario, intenta negociar a la baja y paga religiosamente porque la vida no tiene sentido cuando sabes que ese inocente animal está en manos de unos desgraciados hijos de zorra. Pura psicología. Lo que vino después… Claro que podía haber previsto que a un perrito hurtado no se le puede sacar a pasear, incluso que un perrito melancólico puede tirarse horas y horas y horas aullando como si en lugar de estar en un cubículo de dos metros cuadrados fuera un lobo errando por la estepa siberiana, o que el dueño tenía hipotecado el adosado, el deportivo, el carné de socio del equipo de fútbol y que sus únicos ingresos fijos eran el emparedado y el café que obtenía a cambio de donar sangre cada quince días. Pero me parece demasiado pedirme que anticipara que el estrés del rapto le iba a provocar diarrea al animalito y que nos iba a tocar limpiar más mierda que al recluta patoso de “La chaqueta metálica”. En cualquier caso, el asunto no acabó mal, quiero decir, que no nos trincaron. Vale, el perro nos atacó y tuvo tiempo de sobra para destrozarte el antebrazo derecho antes de que yo reaccionara y abriera la puerta de la chabola. Nos ha jodido, a mí también me pilló de sorpresa tanta agresividad.

siempre_hay_ultima_vez4

    Pues no, yo tampoco considero que el segundo golpe fuera un éxito. Prefiero verlo como una etapa más dentro de un proceso de aprendizaje. Vale, aunque no aprendiéramos gran cosa. Que no te puedes fiar de los amarillos, correcto, entre otras razones porque la recaudación de un bazar chino seguramente no será muy grande a pesar de que estemos hablando de un gran bazar chino, aún cuando tenga un nombre tan rimbombante como La Gran Muralla China, ocupe los bajos de la manzana más céntrica de Bilbao y ese día lo haya visitado, por lo menos, la mitad del censo de habitantes. También me quedó clarito por qué chinos y banca son conceptos pertenecientes a dos realidades irreconciliables: no necesitan ayuda para custodiar la pasta, esos jodidos chinos, se la mete en el bolsillo el que se parece a Jackie Chan y a ver quién es el chulo que se la levanta. Aún recuerdo la cara que se te quedó cuando el tipo aquel salió corriendo desde detrás de un expositor, pegó un bote y te plantó la bota en la jeta. Igual pequé de egoísta, vale, te juro que se me aflojaron los esfínteres cuando vi cómo te derrumbabas sobre el mostrador y aquel retaco con ictericia te coceaba mientras intentabas zafarte a gatas, lo único que se me ocurrió fue poner a salvo el botín. Te juro, chavalote, que fui la persona más feliz del mundo cuando regresaste al barrio y me contaste que habías salido por patas aprovechando que el karateca falló un ataque y se desbarató la pierna buena contra una columna. Por lo menos, salimos sanos y salvos. Vale, tus costillas tardaron en soldar y nos dejamos todo el dinero en implantes dentales, okay.
    El asunto de los morosos salió mejor, vas a comparar. El tipo A debe dinero al tipo B. B pide a A que le pague. B exige a A que le pague. B pierde la paciencia, por contra A sigue sin soltar la mosca. B sopesa varias opciones: puede dar por perdido el dinero, no está por la labor; puede ponerse a malas, pero bien porque A le saca dos cabezas o porque B es budista y no cree en la violencia o porque B tiene el estómago delicado, por el motivo que sea, tiene claro que esa opción no es viable; puede solicitar los servicios de unos cobradores profesionales, esta sí parece una buena solución. Sin embargo, a veces esta última tampoco es una alternativa posible, pongamos por caso, si la deuda tiene que ver con asuntos no del todo legales. En este caso, más que un cobrador profesional lo que B necesita es un cobrador discreto, discreto y eficaz. Un negocio redondo donde todos salíamos ganando: A se quitaba de encima la preocupación de que la próxima vez que te cruzaras con él cumplieras tu amenaza y demostraras que eres capaz de limpiarle el conducto auditivo con un sacacorchos: B recuperaba casi la totalidad de un dinero que ya había dado por perdido: nosotros percibíamos unos ingresos libres de impuestos. De acuerdo, sólo faltaba un detalle en la planificación del trabajo. Justamente el detalle que lo echó todo a perder. Ahora, a toro pasado me refiero, resulta fácil darse cuenta de que antes de arrugarle el traje al sujeto A de turno y de apretarle el nudo de la corbata hasta verlo ponerse lívido y que los ojos se le hinchen como si fueran a saltarle de las órbitas, antes de reventarle las lunas del coche y hundirle el capó con una maza, resumiendo, antes de que te pusieras desagradable con A hubiera sido conveniente hacernos una idea general de quién era el tipejo y/o de cuáles eran sus negocios habituales. Tal vez así no hubieras acabado de rodillas en Punta Galea, vomitando el bazo en el filo de los acantilados, mirando de reojo cómo se estrellaba tu coche contra las rocas, con el jefe de los matones enviados por A babeando pegado a tu oreja.
    –La orden ha sido clara: “Deshaceos de esa mierda”. Ahora me está entrando la duda, ¿y si se refería a ti y no a esa mierda de coche? Joder, bueno, ya está hecho, la próxima vez no hay equivocación posible.

siempre_hay_ultima_vez44

[--> Roqui & Virgil]

Etiquetado , , ,

Siempre hay una última vez :: 3

    Roqui

    Una noche dura. Al poco de abrir, unos niñatos se empeñaron en entrar. La mitad eran menores de edad: no podían pasar. Uno argumentaba
    –Tú no sabes quién es mi papá.
    Algún otro de la pandilla hacía alusión a la función de su papá en nuestra sociedad, a lo importante que era el susodicho. Es posible que fuera el mismo panoli todo el rato, no lo tengo claro, ni ahora ni entonces. Virgil me había despertado temprano y, en lugar de echar una siesta reparadora, había pasado la tarde en una tasca del barrio vaciando cervezas mientras iba conociendo los detalles del trabajito. Al final, se me hizo tarde y no tuve tiempo para cenar como Dios manda, por lo que me trinqué una anfetamina y para la discoteca. Además, la calle estaba oscura, apenas iluminada por el letrero de neón violeta que anunciaba “Kaiser”. Y aquellos críos no dejaban de moverse, no había manera de diferenciar quién hablaba, quién berreaba y quién lloriqueaba. Cosas de la edad, supongo.

siempre_hay_ultima_vez33

    A mí aún me escocía el madrugón. En mis tripas, en mi estómago, en el intestino, el grueso o el delgado, en el cerebro, en algún recoveco de mi organismo, una espantosa tempestad zarandeaba los trozos del bocadillo de mortadela que había cenado en un océano de litros y litros de cerveza. Tenía la boca pastosa, pero no lo suficiente como para no hacerme entender.
    –A mí los superpoderes de tu papá me la traen floja, colega. Tú me enseñas la papela; si tienes dieciocho entras, si no los tienes, te piras. Siguiente.
    Más tarde, un tipo le partió la cara a su novia por cruzar la mirada con otro macho. Para cuando entré y le pedí que me acompañara, ya estaba tranquilo. Lo agarré del brazo y me lo llevé hacia la puerta. Aquel elemento me decía
    –Son todas unas zorras, tío. No se salvan ni nuestras viejas.
    A la cabeza me vino un recuerdo de pequeño. Era verano y los críos del barrio echábamos una pachanga en el patio. En un costado, sentadas en taburetes bajados de casa, charlaban las viejas del barrio, figuras oscuras en la tarde resplandeciente. Mi abuela ríe y su boca sin dientes me distrae. No puedo desviar mi vista de sus labios resecos, que se abren y pienso que aquella boca negra es un túnel dentro del túnel negro que dibuja el pañuelo en su cabeza, y por un momento me parece que el grupo de viejas son siluetas que alguien ha recortado en el muro encalado y que sus bocas negras y sus ojos sin luz son agujeros recortados en esas siluetas. Casi al mismo momento recuerdo ese mismo rostro pero el día del velatorio de mi abuela, recuerdo todas las veces que me acerqué hasta el ataúd abierto en medio de la sala para comprobar si algo en aquella máscara de plástico se había movido. Y al pensar plástico, en las yemas de mis dedos me pareció percibir la presión de una superficie fría y pulida, y el muro, el patio, los niños corriendo en pantalón corto, la claridad casi insoportable, las viejas como cuervos posados, todo se desvaneció.
    –Unas zorras de mierda, créeme.
    El menda seguía con su cantinela. Lágrimas espesas como mocos le colgaban de las mandíbulas.
    Una patrulla de la Ertzaintza no tardó en llegar a recoger el paquete. Una pava que mascaba chicle con cara de no haberse perdido ninguna película de Harry el Sucio y un señor gordito empeñado en una pelea inútil con los faldones de su camisa. La chica se nos acercó como si llevara un cohete en el culo, enganchó al matón sin mirarme y justo en ese momento mi estómago se empeñó en expulsar la mortadela, el pan, la cerveza, el café de la mañana y hasta una ración de chicharrones que había cenado la semana pasada y aún no había podido digerir. El entrenamiento no la había preparado para ese tipo de agresión: a la rubia se le atragantó el chicle, luego tomó aire y se cagó, por este orden, en mi madre, en Dios, en la Virgen, en toda la compañía de Jesús y en alguna orden más. Su compañero le dio una tregua al uniforme y la empujó al interior del coche antes de que la rubia me metiera un dedo en el ojo.
    Hacia las cuatro de la mañana, después de pasar un par de fases de sueño REM, en una de las cuales tuve una erección tan llamativa que algunas chicas salieron de la discoteca a hacerme fotos con el móvil, nada más tomar la tercera, o la cuarta, efedrina y el cuarto, o el tercer, cubata, me avisaron por el pinganillo de que había pelea en el baño de caballeros. Entré a la carrera, atravesé la pista de baile quitando de en medio zombis y esqueletos medio desnudos, sacudí con la izquierda a un fulano que salía del servicio mientras con el hombro derecho empujaba la puerta, noté cierta resistencia y solté una patada al batiente, al otro lado se escuchó un golpe seco y algo rodó, abrí la hoja de par en par justo cuando un tipo con cara de susto se escurría en una de las cabinas, por el suelo se movía un bulto a cuatro patas, lo pateé, rebotó contra la pared y aproveché el impulso para engancharlo de los hombros y arrojarlo hacia fuera, luego fui aporreando las puertas de los retretes hasta dar con el que había visto esconderse antes, hacía un minuto o una hora, la adrenalina no suele ayudar en esto de hacerse una idea real de lo que está pasando, lo sujeté por el pecho y el tipo sacó una navaja del tamaño del pene de un mono tití, así que lo agarré de los huevos y lo aplasté contra el embaldosado, alguien me golpeó en los riñones, me dí la vuelta y le arreé, probablemente, la hostia más formidable que recuerdo haber propinado en toda mi vida. Se escuchaba una voz
    –¡Ya vale, Miguel, ya vale!,

siempre_hay_ultima_vez3

    como una bandera que alguien agitara en la penumbra del retrete, entre el olor a orines y alcohol, un fulano calvo y con traje estaba plantado en medio del servicio enseñándome la palma de las manos, lo enganché de la cabeza y se la encajé en un urinario, la voz
    –¡Tranqui, tío! ¡Se acabó!,
    resbalaba sobre el vaho que cubría los azulejos y los espejos rayados y los mensajes escritos en las puertas de tablero fenólico, una bandera que giraba y giraba como accionada por un automatismo que se hubiera vuelto loco.
    –¡Miguel!, ¡Miguel!, ¡vamos!, ¡mírame cacho cabrón!
    Me giré a tiempo de ver a un tipo con la nariz rota y sangre goteándole barbilla abajo atacándome con una banqueta.

[--> Virgil]

Etiquetado , , ,

#Agustín Fernández Mallo :: Nocilla Dream

    93
No existe espacio si no existe luz. No es posible pensar el mundo sin pensar la luz [lo dijo Heráclito, lo dijo Einstein, lo dijo el Equipo-A en el capítulo 237, lo dijeron tantos]. Y sin embargo dentro de cada cuerpo todo es oscuridad, zonas del Universo a las que la luz jamás tocará, y si lo hace es porque está enfermo o descompuesto. Asusta pensar que existes porque existe en ti esa muerte, esa noche para siempre. Asusta pensar que un PC está más vivo que tú, que adentro es todo luz.

#Agustín Fernández Mallo :: Nocilla Dream (2006)

Agustín Fernández Mallo es licenciado en Ciencias Físicas y ejerce en el ámbito de la física de las radiaciones nucleares con fines médicos. La reseña biográfica que introduce este libro dixit. Sin lugar a dudas, recapacitas al poco de empezar a leer este libro. Porque el conocimiento científico está presente en todas sus páginas.
Uno, desde un punto de vista estrictamente literario. A modo de referencias y citas de diversos autores. Y a modo de metáfora en el papel de un desierto representando el espíritu que anima la actividad científica –la curiosidad y la osadía imprescindibles para adentrarse en lo desconocido–.
Y dos, desde un punto de vista metaliterario. En la voluntad que inspira la estructura del relato: acontecimientos mínimos aparentemente estancos, conexiones solo posibles por la globalización, seres marginales de existencia estéril…, la certeza científica, una vez más, para corroborar que este planeta, el fenómeno de la vida, todas y cada una de nuestras historias son contingentes y transitorias e insuficientes para alterar las fuerzas que gobiernan el Universo al cual pertenecemos. Incluso como actitud: esta novela es, en puridad, un experimento que nos permite reflexionar sobre ciertos límites de la literatura relacionados con la arquitectura del relato –presentación, nudo y desenlace frente a entropía; es decir, tramas y subtramas frente a bits de información–, sus posibles temáticas –la anécdota humana frente a los proyectos de vanguardia–, y, en último término, tal vez, solo tal vez, con su propia decadencia.

nocilla_dream

Etiquetado , , ,
Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 27 seguidores