El inmortal

Ningún sitio a dónde ir,
ninguno al que regresar.
Nada que te haga reír,
nada que te haga llorar.
El último de la fila -Dulces sueños-

    1

No tienes nombre. No tienes pasado. No tienes patria. Eres.

    2

Has recorrido galaxias. Has viajado hasta planetas abrasados por novas de helio y nitrógeno. Atravesaste agujeros negros, nebulosas fosforescentes sin nombre, territorios a los que tú diste inicio y final. Tu cuerpo en letargo ha vagado durante años. En silencio.

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    3

Arrastras un sueño. A lo largo del vacío negro perforado por miles de millones de puntos incandescentes. En tu mente se repite una misma escena.
Avanzas entre hierba alta. Un rumor ondea las briznas grises. Todo en la escena, la hierba, el cielo con una única nube de cuyo costado se desgaja el sol, un arbolillo bajo el cual se sienta una niña con un delantal, todo es gris salvo algunas flores amarillas que destacan, altas e inmóviles, en la pradera ilimitada.
Avanzas entre alta hierba gris en dirección a la niña que teje una corona de flores. Tienes miedo. Porque, aún cuando no puedes ver tu rostro y tus manos, sabes que eres un monstruo, que tu rostro no es humano y que las tuyas son manos creadas para la destrucción. Y no quieres que la niña se asuste al verte y salga corriendo. No soportarías volver a quedarte solo. Solo para siempre en aquel infinito gris.
Avanzas entre alta hierba gris en dirección a la niña que teje una corona de flores y el miedo se hunde en tu pecho como una hoja acerada y fría. Te agachas y cortas una flor amarilla para ofrecérsela a la niña. Ves el tallo doblándose sobre sí mismo y la flor agitándose, pero no puedes ver tus manos. Esas manos que ahora sienten la agonía del vegetal y que serían incapaces de percibir el tacto sedoso del pelo de la niña o el calor de sus pálidas mejillas. Buscas sus ojos. Imaginas que esos ojos son estanques de agua serena a cuya orilla te asomas. En el líquido se mece el diminuto punto de la flor, apresado en una sombra negra, negra y terrible, negra y glacial, que se extiende más allá del horizonte.
Avanzas entre hierba alta. Y el sueño recomienza. Nunca alcanzarás a la niña. Nunca le entregarás la flor. Jamás escaparás de la duda y el miedo.

    4

Asciendes por la ladera de un cráter inmenso hacia un cielo tormentoso, a merced del universo gris de tu sueño. Aunque estás despierto y no es hierba lo que hollan tus botas, sino arena y rocas. Estás asustado. El sueño es una pregunta y presientes que en la cima esperan las respuestas.

Te envuelven copos blancos. Un aguacero de nieve que estalla al contacto con tu escafandra. La tormenta no ha dado tregua desde que pusiste pie en tierra. Estás asustado. Nada tienes salvo el sueño y crees comprender que el polvo blanco licuándose en la atmósfera es la primera negación.

El ordenador de a bordo te envía por radio los resultados del espectrógrafo de masa. Ha acabado el análisis de las muestras recogidas en las cercanías del módulo. Esta lectura coincide con la de los demás aparatos. Ya no queda duda. Caminas bañado en sudor, respirando con dificultad. Has vuelto al planeta Tierra. Has llegado a tu destino. Estás viviendo el sueño, tu sueño, el miedo, compacto y veloz como una bala que ya ha sido disparada contra tí, de tu sueño.

    5

Desde la cimas ves las ruinas. Bajo un cielo ocupado hasta donde alcanza la vista por nubes densas como coágulos de sangre. Retorcidos, torturados, devastados, colosos de hormigón y acero, lenguas de asfalto que parecen olas petrificadas, un desierto de árboles agostados y edificios y calles y vehículos detenidos, sepultados por la blanca lluvia mansa y el silencio.

Desconoces el nombre de la ciudad asolada. Como desconoces el nombre de los cuerpos que el resplandor de la muerte inmovilizó para que los descubrieras, siglos más tarde, en el visor de tus prismáticos de onda corta. Ignoras cuáles eran sus deseos, qué pesadillas los atormentaban. Ignoras si alguna vez amaron, qué odio dejó en ellos la cicatriz más profunda. Los enfocas y deambulas por sus rasgos inmutables como máscaras que te contemplan sin reconocerte y te escuchan sin entender tus lágrimas.

Ves, en la tormenta sin principio ni final y la nieve, en los cauces secos y los cadáveres rígidos y apergaminados, los efectos de un ataque con bombas de antimateria. Comprendes que un ataque así solo es posible como represalia, cuando uno de los bandos considera perdida la guerra convencional. Y que una vez lanzado, no hay esperanza. Comprendes que, mientas regresabas de una misión en remotos mundos inertes, tu raza ha arrasado el planeta.

    6

Caminas de regreso a tu nave. Entrarás a ella. Entrarás a la cápsula y accionarás el mecanismo que suspende tus constantes vitales. Y volverás a la inmensidad negra y vacía. Al vértigo de la nada. Al espacio sin tiempo. Serás.

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#Sergio Lozano Sangrador :: slsangrador@gmail.com

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