Nieve en nuestros corazones

Y así, cuando llegó la nieve, la nieve estaba ya,
desde hacía mucho tiempo, en nuestros propios corazones.
Julio Llamazares -La lluvia amarilla-

    1

    El viento se aquietó, la tarde quedó en silencio como si en algún lugar se hubiera abierto una espita y por ella hubieran escapado todos los sonidos, y comenzó a nevar. En aquella calma sofocante, bajo los primeros copos perezosos, caminamos hasta la entrada del pueblo. Echamos una esterilla sobre una gran piedra de granito y nos sentamos. Ana recostó su cabeza en mi hombro, yo rodeé su cintura. Yo sabía, y esa certeza me quemaba como un hierro al rojo vivo atravesado en el pecho, que el mismo pensamiento que se afanaba en mi mente oprimía, inexpugnable y obstinado, el corazón de Ana. También sabía que ninguno de los dos hablaría. La muerte de Peio había agostado nuestras palabras. La muerte de Peio nos destrozó la vida. Como si el accidente, más allá de la maldita hora que se llevó a nuestro único hijo, hubiera seguido repitiéndose una y otra vez, atrapándonos en un torbellino que, a cada giro, nos arrancaba parte de todo aquello a lo que alguna vez habíamos dado importancia. Hasta que llegó un día en el que nada nos quedaba, salvo el dolor compartido y la certidumbre, a manera de una semilla sepultada bajo toneladas de hielo y roca, de que nos seguíamos queriendo. Entonces, nos aferramos a un sueño alimentado durante las excursiones a Pirineos de nuestros primeros años de convivencia, nos deshicimos de todo y vinimos a Otal a renacer.
    Delante de nosotros, el camino a Broto trazaba una gran curva, entre manchas de boj y espino, brincaba sobre una quebrada y se internaba, ya en la ladera opuesta, en un bosque de abedules. Poco a poco, la nieve fue acumulándose en las rodadas que lo marcaban, se hacinó en los bordes gastados por el tiempo, trepó a las aliagas de sus costados. Finalmente, se volvió un cauce blanco entre montañas blancas y remotas, y el valle al que conducía, del cual estaríamos aislados durante meses, poco más que un recuerdo, blanco y remoto y ajeno.
nieve_en_nuestros_corazones
    Y cuando la luz se convirtió en una espiral cegadora de cristales de hielo, nos levantamos, regresamos a casa y buscamos refugio en el dormitorio. En silencio, nos desnudamos el uno al otro. Sin prisa, pues disponíamos de la eternidad que nos regalaba el invierno. Y pasamos horas acariciándonos, más suavemente que nunca antes, como si nuestras manos fueran nieve despaciosa y lánguida que caía, no en el monte o las calles desamparadas, en el bosque o en cualquier otro lugar del exterior, sino en nuestro propio lecho, sobre nuestros cuerpos ateridos. Al alba hicimos el amor y luego nos dormimos mientras a la ventana llamaban los copos de aquel primer invierno en Otal y los de todos los inviernos de esa vida que ya habíamos dejado, para siempre, atrás.

    2

    A media tarde la luz se tornó blanca y comenzó a nevar. Después de comer, Ana subió al dormitorio a echarse un rato. Yo me quedé junto a la ventana vigilando el cielo. En los últimos días se había ido transformando en una charca sucia donde se estancaban las nubes, veleros grises y pesados que el viento arrumbaba sobre Otal. La luz ocre de octubre, una presencia que teñía desde las hojas de robles y hayas hasta los remansos del arroyo aquietado por el estío, la cinta inmóvil de los montes cercanos, los ángulos en sombras entre las casas, incluso la pátina de polvo acumulándose sin tregua sobre espejos y muebles, esa luz dorada y tibia que la cercanía del invierno acortaba jornada a jornada se había ido volviendo aloque, después cenicienta y, al cabo, gris, reducida ya a un rescoldo frío y duro. El alto cielo del verano había dado paso a un mosaico de cúmulos y borrones azules con bandadas de aves lejanas marchando hacia el sur. Y luego había llegado el invierno y el firmamento se había convertido en una lámina poco más alta que las copas de los árboles, el bosque, en un laberinto impenetrable y oscuro, y el pueblo, los tejados derruidos, las tapias tomadas por el musgo, las casas indefensas contra el viento y la ira silenciosa de las ortigas, sus puertas y ventanas abiertas como heridas sin cicatrizar, las cuadras vacías, los huertos invadidos por zarzas y espinos, en un ejército de cíclopes diezmados y heridos de muerte que nada esperaban salvo la llegada de la nieve para que los enterrara bajo capas de olvido y abandono.
    Cuando llegamos a Otal, la primera vez, bien porque éramos jóvenes y todavía no habíamos aprendido a mirar, o porque, precisamente, la juventud consiste en una dureza de la mirada que permite enfrentar la luz del sol sin percibir dolor a costa de la sensibilidad para los matices, bien porque aún quedaban bastantes habitantes a pesar de que los últimos años habían visto el cierre de varias casas, el pueblo quedó grabado en nuestra memoria, no así la ruina y el abandono que avanzaban, invulnerables, como una carcoma invisible que roía el núcleo de las vigas y que sólo se haría patente cuando éstas, una tras otra, y ya sin remedio, se quebrasen. Recorríamos los montes del Serrablo, en una travesía que nos llevaba desde el valle del río Gállego al del Ara, y la noche se nos vino encima a poca distancia de la aldea. Había llovido durante casi todo el día y estábamos empapados. Montar la tienda, comer algo frío, meternos en los sacos, a buen seguro húmedos, era un panorama desalentador. Poco más allá, rodeando el campanario terroso de la iglesia, desde algunas chimeneas del caserío exiguo, columnas de humo porfiaban en la noche encapotada. Ana propuso que nos acercáramos para buscar un refugio seco donde dormir. Así, fuimos de caserón en caserón, sin reparar que en muchos de ellos ninguna luz respondía a nuestra llamada, hasta que el viejo Gavín nos abrió su puerta y, luego, su corazón a medida que hilaba, sobre el silencio infinito de la noche que batía los recios muros de calicanto, sobre el quejido ancestral de la madera en el fuego bajo de la cocina, sobre la soledad como una sombra indestructible acechando en sus pupilas cansadas, la historia de aquella tierra y de los espectros que la habitaron, tal como él la había escuchado, sobrecogido, hechizado, de labios de su madre.
    El pueblo al que nosotros regresamos una tarde de primavera, tras caminar desde Broto por una pista casi cegada por la maleza y el desuso, estaba abandonado. Sólo quedaban abiertas algunas bordas, algo apartadas, de camino al collado del monte Erata, que los pastores del valle usaban en verano. Gavín había muerto hacía años y su casa estaba deshabitada, a merced de la humedad y el viento. Descargamos la mula delante del portalón y nos sentamos en el escaño de piedra desde el que el anciano nos despidió. Trabajamos duro el resto de la estación y durante el verano. Reparamos el tejado. Reafirmamos las ventanas. Desatascamos la chimenea. No necesitábamos recuperar la casa entera, no teníamos más necesidad, para el invierno crudo e inevitable, que acondicionar la cocina y una habitación.
    Y cuando llegó la nieve, como una deflagración cuyas llamas blancas cubrieron las montañas y los tejados, el hondón del río y los chopos desnudos, y una niebla trémula y glacial amalgamó cielo y tierra, dispusimos un jergón junto a la chimenea. Indiferentes al paso del tiempo, felices otra vez, vacíos y plenos a un tiempo, dejamos transcurrir las horas, los meses y los años, y una noche de invierno la sombra de Gavín y las de todos los seres que poblaban sus relatos aceptaron nuestra presencia, salieron de sus escondites y se reunieron, a nuestro lado, en torno a la lumbre.

    3

    Y la nieve, por fin, comenzó a caer sobre Otal. Cuando, a primera hora, salí de casa para limpiar las hojas que taponaban la balsa, pensé que había templado. Sobre la cresta del Pelopín, la luz se deshilachaba en regueros de sangre penetrando la masa cuajada de nubes oscuras y detenidas que cubría, por completo, el cielo. El viento había amainado y no acercaba al pueblo los pocos sonidos del bosque o el rumor del río. Mi única compañía era el eco de mis pisadas sobre los viejos adoquines, amortiguadas por la hierba y el musgo que los ocultaba. En el aire se barruntaba la presencia de la nieve, como si fuera un animal salvaje que esperara, hambriento y receloso, vigilando desde el hayedo, el embozo de las sombras para asaltar la casa y nuestros corazones. Mientras trabajaba en la balsa la luz cambió y, por un momento, la superficie del agua resplandeció salpicada de hojas ambarinas. De inmediato, los primeros copos se estrellaron contra el líquido y el silencio se desvaneció, desplazado por los estallidos infinitos de los copos al golpear contra la tierra, los viejos muros abatidos, los troncos de los frutales descuidados. Dejé la azada apoyada en la represa y me apresuré para volver a casa.
    Tumbada en la cama, Ana miraba la nieve desplomarse tras la ventana. Me acerqué a ella y tomé su mano. Una lágrima bajó, lentamente, por su mejilla, alcanzó la comisura de sus labios, dudó un instante y se deslizó hacia el mentón. Meses atrás, cuando empezó a sentirse mal, le pedí que bajáramos al valle. Insistí al comprobar que su estado empeoraba con el paso de los días. Llegué, incluso, a suplicarle, a montar en cólera, le increpé y le llamé egoísta. Igual que la luz del otoño, igual que Otal y esta casa, igual que estas montañas, día tras día, su cuerpo se consumía, la piel de su rostro se tensaba, marcándosele los pómulos y las quijadas, la luz en sus pupilas se volvía opaca, perdió el apetito y pasaba horas echada en la alcoba. Cuando se quedó sin fuerzas para levantarse de la cama, hice un último intento para convencerla de que me dejara marchar en busca de ayuda, a Escartín o Basarán, antes de que el hielo nos acorralara. Ana me atrajo contra su pecho, me besó en la frente y, mientras acariciaba mi cabeza, me pidió que no la dejara sola hasta que la nieve acudiera para guiarla en el camino hacia la oscuridad y el silencio.
    No me moví de su lado hasta que murió, aquella misma noche. El ritmo de su respiración se fue haciendo más y más lento, luego bajó los párpados, su mano dejó de estrechar la mía y, al fin, el corazón se aquietó en su pecho.
    Por la mañana, con las primeras luces, envolví el cuerpo de Ana en una manta y salí a la calle con ella en brazos. Había nevado durante toda la noche y la pizarra de los tejados, las ramas de los árboles, las piedras, el suelo, las zarzas, nuestra sombra avanzando por la calle bajo el manto gélido del aguanieve, todo era blanco. No había más sonido que el trueno del hielo coagulándose. Fuera del pueblo, ladera arriba, junto a un gran roble en cuya sombra nos sentamos tantas tardes de verano mientras nuestras miradas y nuestras palabras bajaban por el barranco y se enredaban en los rabiones del arroyo o se lanzaban al vuelo y viajaban en el viento hasta la cima del Tozal de Guara, aparté la nieve acumulada, levanté la hierba con cuidado y la dejé a un lado, y cavé la fosa. Desde el interior del hoyo, arrastré su cuerpo sin vida hasta el borde, lo sujeté con ambos brazos y lo dejé caer dentro. Ya en el exterior, lo cubrí de tierra, al principio, puñados que echaba con ambas manos, y luego, cuando su forma no era más que un relieve oscuro en aquella materia áspera y fría que la tapaba por completo, con la ayuda de la pala. Después, recoloqué los tepes de hierba escarchada sobre la tumba y me senté a esperar que la nieve la cubriera. Para entonces, la nieve volvía a caer sobre Otal, puntual y fiel, definitiva y perentoria, ya sin memoria, sin pasado, sin recuerdos, libre por fin de pesadillas y afanes.

———-

#Sergio Lozano Sangrador :: slsangrador@gmail.com

About these ads
Etiquetado , , ,
Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 27 seguidores