Una simple cuestión de cálculo

    Wanda no tenía la culpa de ser tu hija. La vieja no tenía la culpa de vivir en la casa contigua. Aquel negro de mierda no tenía la culpa de haber elegido el coño equivocado. Yo no tuve la culpa de haberme casado con una zorra. La vida es una simple cuestión de cálculo. Con siete mil millones de elementos deambulando en un planeta tan pequeño, es muy, muy difícil que no te pise nadie algún día.

    Catorce años estuve mascando la venganza. Visualizaba la fina columna de humo en la boca de mi browning. Al morenito desmadejado entre las sábanas revueltas. En su frente, como una negra ventana abierta al otro mundo, un orificio por el que la sangre salía a borbotones. Tus manos interponiéndose entre mi pistola y tu cuerpo, un lunar como una isla de ébano en tu vientre desnudo, el semen que resbalaba por tu muslo. Me equivoqué al cerrar los ojos y no apuntar antes de disparar sobre ti. Lanzaba preguntas al techo sucio. Cómo. Dónde. Imaginaba situaciones y métodos. Aventuraba respuestas. Sólo tenía una seguridad: tarde o temprano me iban a soltar. Entonces, sólo tenía que seguir tu rastro. Limpiaba peroles o barría el suelo del comedor, asentía al psicólogo en las terapias de grupo donde lamentábamos todo el mal de este cochino mundo, una dominada más, mis músculos aullaban, otra dominada más. Yo pensaba Te encontraré y esta vez no voy a cometer el error de darte por muerta. Esta vez, tesoro, te vas a comer todo el cargador.

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    Tras el episodio del negrito sospechaba que los viejos amigos comunes no eran tan comunes. Seguro que sentían más afinidad por ti que por mí. Pero tenía que empezar por algún sitio a buscarte. Aunque tuviera que tragar sapos y culebras. El tercer camarada al que llamé se tragó mi arrepentimiento, que necesitaba pedirte perdón, pasar página, rehacer mi vida y todo eso, o simplemente tenía ganas de hablar. Quedamos en un bar. Al cuarto gin-tonic se sentaron con nosotros tu cáncer, la quimioterapia y el desenlace fatal. Encajé como pude la noticia. Joder, puta mala suerte, se ha muerto sola, pensé. Otro par de tragos y el colega cayó en una especie de trance. Recordaba, deteniéndose en tus pliegues más íntimos. El sexto trago le estampó una media sonrisa en el hocico. Apoyé mi mano en su hombro al tiempo que el fulano vomitaba los detalles del entierro –una ceremonia civil que se celebraba la tarde del día siguiente– y dije El mundo ha perdido su culito más sabroso. Tuvo un breve momento de sorpresa, pero se sobrepuso y sus labios se abrieron en una carcajada. En el fondo de su boca estalló un relámpago. Precisamente, lo que necesitaba para fijar el blanco. Lo atraje hacia mí y descargué mi cabeza contra su jeta. Ahora sí, ahora también se acordará de mí. Por lo menos, hasta el día que consiga cagar la muela de oro.

    Dentro de tu caja de madera te embocan en la profundidad de la tierra y yo recuerdo las lecciones que la rana Gustavo y sus compañeros nos largaban desde la televisión. Cerca, lejos. Lejos, cerca. Tú me jodes, yo te jodo. Vuelvo a fijarme en el grupo que se ha acercado a despedirte y allí sigue la jovencita llorosa y desconsolada que me recuerda a ti. Una segunda oportunidad. Casi me había resignado a la idea de que te ibas a escapar. Otra vez. Y que tendría que esperar al otro mundo para rematar la faenita. Tiene tus mismas tetas, tus mismas caderas. También tiene tus labios. Ya sólo le falta un detalle a la muñeca para que sea tu vivo retrato: mi cuerpo desnudo retozando en esos ojos canela. Apostaría a que le van los revolcones tanto como te gustaban a ti. Nena, no voy a quedarme sin saberlo.
    Tenía un plan sencillo. Uno, localizarte; dos, mandarte al otro barrio. Tu muerte espontánea lo complicó. Y tuve que complementarlo: dos, seguir a tu cría y averiguar su paradero; tres, seducirla; cuarto, que pague ella por lo que me hiciste. Me gusta. Inclino lo justo el periódico y cruza la calle, apenas prisionero en unos pantalones vaqueros recortados, su trasero rumbo al instituto. Yo pienso Este segundo plan es más complejo, sin duda, pero tiene más atractivo, más firmeza y, si sale bien, doble recompensa.

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    Se llamaba Wanda. Desde hacía unos años vivía con una familia de acogida al final de una calle de adosados iguales que algún arquitecto había diseñado con la ayuda de una escuadra, un cartabón y la tabla de multiplicar. La vecina, una ancianita con la única compañía de uno de esos perros empeñados en pringarlo todo con sus babas. No necesitaba conocer más detalles. En cambio, sí precisaba estar cerca de tu niña. Mi única oportunidad pasaba por aprovechar los mínimos resquicios que dejara su nueva parentela. No se me ocurría otra manera de ir penetrando, despacio, firme, suavemente en su vida. Aún no tenía decidida la duración del viaje. Tampoco si sería de ida y vuelta. Iba a depender, tal vez, sólo tal vez, de cómo respondiera la muñequita en la cama. Iba a depender, más bien, de lo que tardara en cansarme de su cuerpo.
    A la abuela no le impresionaron mi camisa recién planchada, ni la raya como trazada con un tiralíneas de mis pantalones. Tampoco era cuestión de lucir pectorales o bíceps. Ese número funcionaba con las jovencitas ávidas de nuevas experiencias. Por el contrario, las viejas testarudas eran poco sensibles a ese tipo de demostraciones de testosterona. La visité un par de veces para convencerla de que me alquilara una habitación. Traté de ser paciente. Incluso le conté que estaba sólo en el mundo y que la veía a ella y era como si tuviera delante a mi difunta madre. El carcamal entornaba la puerta y sus ojos se enredaban en las llamas tatuadas en un costado de mi cuello. La tercera ocasión ni siquiera abrió la puerta. Se limitó a amenazarme con llamar a la policía si volvía a verme cerca de su madriguera. Antes de que sus gritos pudieran alertar a algún angelito de la guarda me dí la vuelta y regresé sobre mis pasos. Pensaba que nunca había sido mi intención hacer daño a la maldita vieja. La misma, única convicción que me rondaba la cabeza mientras esperaba en las sombras a que el fósil regresara de sacar a pasear a su chucho. Esa misma que olvidé por completo cuando pateé al perro contra la pared del callejón en el que su dueña descansaba, al cabo de tantos años, en paz.

    Mi llegada provocó en el vecindario el mismo efecto de otras ocasiones. Es una ley natural que no está escrita en ninguna ordenanza, pero que casi todos acatamos. Los caballeros me ven como un ariete que batirá las corazas con las que han intentado aislar a sus doncellas durante años de misas puntuales y colegios de monjas. Ellas pronto se aperciben de mi capacidad para apreciar, como se debe, el género. Bien sabes que al mirar a una mujer yo puedo transmitirle que mi intención no es medir la longitud de sus piernas, sino que es el deseo de acariciar la piel de sus muslos lo que arde en mis pupilas.
    El día siguiente al de mi mudanza el papi putativo de Wanda vino, acaso, a interesarse por mi salud. Yo lo recibí con una camiseta interior de lycra. Los machos de la especie humana son capaces de ponderar, con bastante precisión, la potencia muscular partiendo del indicio visual que proporciona el grado de tensión de una prenda elástica. Comentó el buen tiempo que hacía y le seguí la conversación, simpático y socarrón. El había venido a saber si yo era autista, el típico cerebro de chorlito embutido en una carrocería deportiva. Así que me esforcé para convencerle de que, más que una amenaza, tenía un íncubo rondando su castillo. Le alargué mi mano al despedirnos. Procuré no apretar.
    A la tercera o cuarta semana la que se acercó fue la mamá. Nos habíamos cruzado en varias ocasiones. Al principio, ella saludaba y retiraba su mirada; yo engastaba mis ojos en sus piernas, en su escote, en su boca, y me hacía a un lado. Si le atraía el juego conseguiría abrir una primera brecha, así como encubrir mi verdadero objetivo. La vi acercarse por la vereda de gravilla y supe que venía a jugar. Alegó que debía hacer un informe para sus compañeras de canasta. Coqueteamos como adolescentes mientras tomábamos un café en la cocina. Al marcharse, le sugerí Dígales que soy un chico malo, ellas entenderán. Se alejó meneando el culito.
    A pesar de que no pasaría de las dieciséis primaveras, la genética había equipado a Wanda como para protagonizar los sueños eróticos de todos los varones del barrio con una edad comprendida entre doce y ochenta años. La miraba a los ojos y en ellos no había duda. No había miedo ni ansiedad. Sabía que en mis retinas se formaba la misma imagen que sus formas dibujaban en los espejos. No hay defensa más efectiva. En su caso, sólo me quedaba sentarme en el atrio y saludarla al pasar. Hacer ponche en el jardín y guiñarle un ojo mientras le digo No, cariño, no, a tu edad hay que beber agua mineral. Cruzarme con ella al doblar una esquina, acariciar la cintura de mi rubia acompañante y proclamar, afirmando cada una de mis palabras como si fueran puntales de una galería ¿Es o no es una verdadera preciosidad? En cuanto madure un poco, ningún hombre va a querer morder otra fruta. Esperarla regando el seto vivo, amenazarla con la manguera, ver como pierde una sandalia en su huida, recogerla y revelar Voy a guardarla en mi cofre del tesoro.
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    Y una tarde de agosto sus tutores se van al cine. La nena pasa el fin de semana en casa de alguna amiga y mi convecino ha decidido que no hay peligro. Yo saco al jardín una hamaca y una caja de cervezas. Wanda apenas tarda media hora en aparecer. Encima de sus labios entreabiertos, el sol parece un orificio de bala perforando los cristales espejados de sus gafas. No se detiene al llegar a mi altura. Se limita a arrebatarme el botellín y continúa hacia la casa. Ya de espaldas a mí dice Voy a recuperar mi sandalia. En el salón me desafía a que le quite la cerveza y forcejeamos sobre el sofá. Wanda ríe, yo la volteo sobre los cojines, aprisiono sus brazos con mi mano izquierda, me interno en sus ojos y digo en un susurro Tú ganas, Wanda, ahora te la traigo. Ella separa las piernas y con ellas ciñe mis caderas. Yo respiro hondo. Desde algún sitio me alcanza el olor a tu cuerpo, el recuerdo de tus pezones oscuros me reclama bajo esta blusa que ya desabrocho, fuego en la yema de mis dedos que bajan por tu vientre y se adentran en el vello púbico, el sabor de tus besos en esta lengua extraña que explora y busca y se vuelve acero y ahora es una caricia y luego me golpea como un látigo.
    Tumbado en la cama yo pienso Pura dinamita. Te pudras donde te pudras, ya puedes sentirte orgullosa. La observo mientras busca el sujetador. Yo le espeto No lo vas a encontrar, lo he escondido porque quiero que vuelvas otro día a buscarlo. Salta y se sienta a horcajadas sobre mí. Wanda dice Te cuento un secreto si prometes guardarlo. La respuesta es obvia y yo la formulo Claro, nena, guardar secretos es mi especialidad. Agacha la cabeza hasta rozar con sus labios mi oreja y dice El martes cumplo catorce años; tú eres mi regalo de cumpleaños.

    En efecto, todo se reduce a una simple cuestión de cálculo. Wanda me hace girar la cabeza para mordisquearme el cuello y yo pienso Este pendón puede ser hija mía. Mis ojos advierten las sábanas en desorden y en mi cabeza se agolpan imágenes a una velocidad de vértigo, tu cuerpo y el del africano cubiertos de sudor, las partículas de polvo meciéndose en la luz amarillenta, la sangre como una alimaña saltando de la cama al suelo, y yo decido Mi hija o una mulata con muy poco color o la hija del carnicero de la esquina o del pringado del diente dorado o de cualquiera de los que te pasaste por el arco del triunfo. Me la saco de encima de un manotazo, me incorporo y aferro con ambas manos su cuello. A mí qué cojones me importa quién fue el papá.

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#Sergio Lozano Sangrador :: slsangrador@gmail.com

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