Scott muere

We shall stick it out to the end, but we are getting weaker of course and the end cannot be far. It seems a pity, but I do not think I can write more. For God’s sake, look after our people.
-Robert Falcon Scott-

scott

    Scott cierra su libreta. Fuera, en la nada blanca y sola del desierto antártico, el viento gime, gruesos copos de nieve percuten la lona de la tienda de campaña, el día es noche y el tiempo ha quedado detenido.
    Gira la cabeza a su derecha. Sentado como él, sujetándose las piernas con ambos brazos, Wilson lo mira fijamente. Sus pupilas inmóviles son una ventana a la que se encarama el mar de Ross como un laberinto de color turquesa surcado por témpanos de hielo a la deriva, y más allá, más al sur de los ochenta y dos grados de latitud, donde la banquisa austral se convierte en un infierno blanco en el que quedó varado el Terra Nova, más lejos incluso del último confín, donde las palabras cielo y tierra carecen de sentido porque nada hay sino una sustancia incandescente y gélida, con forma de ventisca, de escarcha, un sustrato que el trineo araña, el vaho acumulándose contra el techo de la tienda y el alarido de los músculos en tensión como jarcias sacudidas por un huracán, allí, la meta intangible del polo sur que lo reclama.
    Tumbado en el centro del habitáculo, Bowers lleva horas sin moverse. En sus mejillas fulguran algunas lágrimas congeladas. Scott quiere hablar, mas no consigue oponer ningún sonido articulado a los bramidos enloquecidos de la tormenta. Invocadas por un grito en algún lugar de su mente, a manera de un caos de pájaros negros alborotándose lejos de sus perchas se agitan todas las preguntas, las que quedarán sin respuesta, otras que despejó sin margen a la duda, aquellas que carecían de importancia y que, sin embargo, se empecinó en resolver, incluso las que contestó de manera equivocada y a las que luego, consciente ya de su error pero cegado por el orgullo, el odio, el amor, la lealtad a una bandera o a unos principios, abrasado su entendimiento por la ira o el deseo, una y otra vez, implacable, fija su mirada en algún punto del horizonte, reiteró idéntica respuesta, interpelación tras interpelación, sordo y ciego a la razón o a la ternura, al final reducido a ser el ariete que abre paso al trineo en el infinito blanco de la tempestad.
    Es seguro, piensa Scott, que ya han partido, como antes hicieron Evans y Oates, y ahora, liberados del dolor y el miedo, invulnerables al aniquilamiento y al desánimo, vuelven a ser niños en la inaccesible patria que es la muerte. Intenta imaginarla, verde y cálida, tejida con suaves colinas pobladas de árboles, rodeada por un mar sereno y sus ojos se obstinan en mostrarle la costa inglesa: rostros conocidos lo saludan desde playas y espigones, familiares, amigos, vecinos y enemigos, mujeres que amó, hombres a los que admiró y odió a un tiempo. Es el momento, decide, de iniciar la marcha y porque es un viaje tan arduo, a cuyo término llegará exhausto, debe preparar un equipaje muy liviano. Al igual que un viajero revisa su maleta antes de cerrarla, para deshacerse de aquellos objetos y prendas que no le resultarán imprescindibles en el destino, su corazón repasa los recuerdos que atesora bajo una luz nívea que los despoja de volumen y textura.
    Su cuerpo ha dejado de estremecerse bajo el trépano de las congelaciones en manos y cara. Una nueva sensación comienza a invadirlo, distinta al frío que los últimos días lo amortaja y se desploma sobre su cuerpo como una sombra hecha de hielo y silencio. Siente una presión, a manera de una caricia hecha por un cuerpo pesado y tibio, entre las pieles de foca con las que abriga sus piernas va ascendiendo por su abdomen, rodea su pecho, trepa por su cuello y se propaga a lo largo de los brazos. Lo percibe como un abrazo, pesado y tibio, se repite, sorprendido, ahora que ha arraigado en su cuero cabelludo, en córneas y vísceras.

    Scott recuerda los acantilados de su Devonport natal, los cuchillos afilados de las gaviotas que se afanan en el crepúsculo, una muralla hecha de lluvia y viento, olas batiendo empecinadas. Un chiquillo de once años, él mismo, rehace el camino a casa. El deseo de llorar le sube como un vómito de bilis hasta la faringe. Sabe que cuando traspase la frontera entre el día y la noche le resultará imposible salvar la escarpadura que lo separa del pueblo y la pleamar lo aplastará contra la rompiente. Marcha sin descanso, chapaleando en las sombras con sus miembros doloridos, el estómago contraído por la angustia y la rabia, porque es consciente de que hoy se alejó demasiado y sabe, desde el primer día en que vio henchirse el aparejo de un clíper como si fuera un corazón formidable que bombeara luz, desde aquella lejana hora en que alzó la vista más allá del bajío por el que avanza dando tumbos, y más que un pensamiento o una certeza lo siente en su pecho, consistente, agrandándose y achicándose al mismo ritmo de su corazón desbocado, que para él habrá también un ocaso, tal vez en un océano que una galerna erizará de púas, acaso en una tierra que ningún otro hombre haya pisado jamás. Ya, comprende, ahora que se reconoce en el umbral del paraje más remoto, el territorio de más difícil acceso, el único lugar que nunca nadie alcanzará.

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#Sergio Lozano Sangrador :: slsangrador@gmail.com

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