#J. M. Coetzee :: Desgracia

“Cada vez es más difícil”, le dijo Bev Shaw una vez. Más difícil, pero también más sencillo. Uno se acostumbra a que las cosas sean cada vez más difíciles, ya no se sorprende de que lo que era todo lo difícil que podía ser pueda ser más difícil todavía. Si quiere, puede dejarle al perro joven una semana más, pero habrá de llegar un momento, no hay forma de evitarlo, en que haya de llevarlo a presencia de Bev Shaw, a su quirófano (tal vez lo lleve en brazos, tal vez eso es algo que pueda hacer por él), y acariciarlo y cepillarle el pelaje a contrapelo hasta que la aguja encuentre la vena, y susurrarle y consolarlo en el momento en que, desconcertantemente, las patas cedan bajo su peso; entonces, cuando el alma haya salido del cuerpo, podrá doblarlo en dos e introducirlo en su bolsa, y al día siguiente llevarse la bolsa a las llamas y comprobar que termine quemada, requemada. Todo eso es algo que hará por él cuando le llegue el momento. De poca cosa habrá de servir, de menos aún: de nada.

#J. M. Coetzee :: Desgracia (1999)

El profesor universitario David Lurie cae en desgracia por un affaire con una alumna y pierde su empleo.
Con una prosa neta y precisa, alejada de cualquier tipo de artificio, una prosa asentada firmemente sobre la tierra, el autor nos relata la metamorfosis que se va a operar en la vida del protagonista. Un espejo en el que podemos identificar la metamorfosis radical que ha sacudido en los últimos tiempos al país de origen del escritor, Sudáfrica; así como un augur anticipando el futuro más probable para aquellas sociedades que pretenden convivir con la mentira de la segregación –sea del tipo que sea: racial, socioeconómica, política…–.
En este sentido, Desgracia es una muestra prodigiosa de técnica narrativa: una novela ensamblada con la precisión de un relojero: un microcosmo autónomo y equilibrado pergeñado por un científico atómico. Pero es que, además, es una obra conmovedora, como si las palabras de Coetzee conjuraran un escalpelo capaz de abrir cada una de las cutículas que protegen el núcleo donde albergamos la capacidad de emocionarnos –unos, el corazón; otros, el cerebro; alguno, la memoria de lo vivido–, esa parte íntima y de difícil acceso que, parafraseando a Nietzsche, nos convierte en humanos, demasiado humanos.

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