Día de Acción de Gracias :: 6

    Dark opinaba que el organismo de Doble Dos estaba descompensado. Siempre estaba con el mismo rollo.
    –Imagina una balanza con dos brazos. Uno de los brazos es la chorra. El otro, su cerebro. ¿Lo ves o no lo ves?
    –Habla claro, hermano –le seguí yo–, ¿qué quieres decir? ¿que no le funciona el pepino?
    –Claro que le funciona el pepino –repuso él–, pero de los dos pesa más el que lleva entre las piernas.
    –Joder, Dark, dependerá de lo que pongas en los platillos de tu balanza –protesté sin quitar los ojos de un bulto de metal en el lado izquierdo de la calle, unos veinte metros por delante nuestro.
    –Claro, claro. Anda, asómate. Me juego lo que quieras a que lleva puestas las gafas de visión nocturna –accionó su radio y le preguntó a Dos–. Oye, chicano, ¿qué tal ganado tenemos hoy?

dia_accion_de_gracias6

    A Dos le ponían cachondo las nativas. Ya le había pasado en el Japón y en su Wyoming natal. Pero allí no le extrañaba a nadie, era natural, incluso en el Japón, donde las niponas tenían, todas, aspecto de haber pasado demasiado tiempo sumergidas en un líquido frío de manera que esa inmersión permanecía en su mirada esquiva y en sus modales de anguilas escurridizas. Lo de las iraquíes, en cambio, no lo comprendíamos ninguno, porque iban tapadas de pies a cabeza, ni siquiera parecían seres humanos, sino cuervos o alimañas negras en cuyos ojos sólo había odio y asco.
    –Es superior a mí –se oponía Doble Dos–, si fueran en ropa interior… un vistazo rápido y se acabó el misterio. Pero vestidas así, ¿es tan difícil entenderlo?, hay que imaginárselas.
    Era una forma de hablar, con la imaginación no era suficiente. Así que Dos se calaba el visor de infrarrojos y jugaba a los recortables con el calor que emanaban aquellos cuerpos que él intuía bajo el chador y les ponía tetas y culos y muslos y vientres tersos y vertiginosos como abismos.
    El tráfico era denso. En lugar de una calle, parecía que avanzábamos por un cenagal. Dark se vio obligado a detener el Abrams. De repente, un cuerpo caliente apareció encima del montón de chatarra y la pantalla se llenó con la deflagración de un lanzagranadas. Seguramente, el fogonazo del RPG-7 fue lo último que llegó a ver Dos. Es posible que pensara, cuando sus ojos tropezaron con el resplandor del cohete mientras rastreaba anatomías, que estaba contemplando las mismas puertas del infierno, abiertas de par en par esperándolo. Bloody empezó a gritar, pero no conseguía entenderle. Parecía que hablaba con la boca llena, como si se hubiera metido a la boca un pedazo de carne demasiado grande y no fuera capaz de cerrar las mandíbulas para masticarlo.
    –¡O’Connob!, ¡O’Connob!, ¡abiba!
    Me estiré y miré por la trampilla. La granada se había llevado por delante la cabeza de Doble Dos y su cuerpo tieso se bamboleaba sujeto por el cinturón de seguridad. A Bloody se le había borrado un costado, un ojo le colgaba sobre el pómulo convertido en una pasta donde se mezclaban su propia carne y los sesos del hispano. La explosión le había amputado el brazo izquierdo y la clavícula asomaba entre los jirones del uniforme, pero se las apañaba para mantener la Browning M2 en posición horizontal con el peso del cuerpo y disparar en abanico. Alargué los brazos, liberé el cuerpo de Dos, lo empujé fuera del tanque y salí a la torreta.

dia_accion_de_gracias61

    La luz parecía haber desaparecido, como si la oscuridad de la cabina del Abrams hubiera subido conmigo, y la calle se había transformado en un túnel oscuro atravesado por millones de estrellas fugaces de siete con setenta y dos milímetros. Los Humvees de escolta barrían con ráfagas de ametralladora los edificios a los lados y un pelotón de marines se desplegaba para proteger el acceso desde los callejones laterales. La radio se había vuelto loca, órdenes y maldiciones se superponían como si en lugar de un grupo de soldados fuéramos una jauría enloquecida al olor de la sangre y la muerte. A Bloody se le acabó la cinta de munición y empezó a boquear, tal vez sólo intentaba cerrar la boca. Otro cohete pasó silbando sobre nuestras cabezas y, en seguida, un tercero impactó contra el blindaje del costado, justo en el momento en que me incorporaba para aproximarme al sargento. Salí despedido del Abrams y caí de espaldas a la carretera, mientras veía un vehículo blanco surgir de la calleja más próxima y acelerar entre las balas trazadoras en dirección a Dark y Bloody. Eso fue lo último que recuerdo haber pensado, que aquel era un coche bomba y que los había alcanzado. Me parecía que estaba contemplando la escena, no a pleno mediodía en una calle de Bagdad, sino en la pantalla de mi monitor de artillero, de modo que allí no había un carro de combate, ni proyectiles ciegos y feroces o un coche cargado de dinamita, sino manchas anaranjadas corriendo en todas direcciones y dos cuerpos escarlatas retorciéndose dentro de una bola de fuego, entre toneladas de acero y placas de carburo de boro.

[–>]

dia_accion_gracias62

Etiquetado , , ,

#James Salter :: Todo lo que hay

(…) Algún tiempo antes había visto por casualidad algo maravilloso: cómo su madre, que entonces tenía setenta y dos años, se desnudaba de espaldas dejando a la vista unas nalgas lisas, perfectas, una cintura todavía firme. Entonces se dijo que lo llevaba en los genes y que quizá podría seguir indefinidamente. Pero un día vio otra estampa, a todas luces inocente: Karen y una amiga a la que conocía desde la época del colegio estaban tomando el sol sobre la hierba, boca abajo, con sus bañadores diminutos, conversando tan tranquilas una junto a otra. De vez en cuando se alzaba una pierna indolente en dirección al sol que calentaba sus espaldas desnudas. El leía un manuscrito sentado en mangas de camisa sobre la terraza de piedra. Por un instante tuvo el impulso de bajar hasta donde estaban ellas y sentarse a su lado, pero sintió cierta incomodidad: sabía que, hablaran de lo que hablasen, se callarían nada más verlo llegar. No intentó imaginar de qué estaban charlando, sabía que aquello era sólo dicha perezosa, algo imposible con él porque sus hábitos eran mucho menos alegres o animosos. Encendió un cigarrillo y fumó despacio mientras releía unas páginas. Las chicas se levantaron y recogieron sus toallas. Aquel día y otros muchos hubo de aceptar la realidad de su experiencia con las mujeres que había amado, casi siempre esposas, y ése fue uno de los motivos que le condujeron, pese a su posición, su inteligencia y su prestigio, al suicidio con cincuenta y tres años, meses después de que Karen y él se separasen.

#James Salter :: Todo lo que hay (2013)

(Me atreveré con un juego de palabras)
Ni más ni menos, esto es “Todo lo que hay”. Una imagen que adquiere su pleno sentido si tenemos en cuenta no solo lo que ha sido retratado, sino también todo aquello que ha quedado fuera del encuadre. También, una historia cuyos resortes están, en una medida considerable, omitidos –silenciados–, un iceberg, una silueta conocida entrevista en la niebla o una proposición apenas sugerida.
James Salter es un verdadero maestro en conseguir el efecto de mostrarnos panorámicas obligándonos a entornar los ojos. Muchos escritores tienen una prosa vibrante con la que consiguen transmitir las claves de una historia. La literatura de Salter, por el contrario, tiene la facultad de concretarse en la omisión y en el silencio. La trama avanza a dos niveles: por un lado, los sucesos narrados; por otra parte, la oscuridad donde los acontecimientos buscan su propio desenvolvimiento libres de nuestro control. Y de repente –cuando lo oculto aflora a la superficie y ambos niveles se encuentran– los acontecimientos se desencadenan y todo salta en pedazos.
Leo a Salter y busco el secreto de ese efecto. Quiero suponer que consiste en seleccionar con el mayor rigor qué se debe contar y qué puede silenciarse; es decir, saber separar la parte imprescindible de una historia antes de empezar a contarla.
Y, además, esto es “Todo lo que hay”. Profesionales acomodados que fuman cigarrillos, mujeres sofisticadas, jardínes y terrazas de viviendas espaciosas y bien amuebladas, disquisiciones en torno al amor y el deseo, vuelos transoceánicos y viajes por Europa, carreras de caballos, carreras de galgos, la Segunda Avenida, personas cruzándose diálogos de sordos. Y sexo –la dosis exacta de sexo; al fin y al cabo, al parecer, somos flores que han desarrollado apéndices–.
Nada más he encontrado en esta novela. Y para mí no es suficiente. Sigo pensando que Salter es un escritor con oficio y uno de los mejores en el manejo de la elipsis. Sin embargo, he empezado a sospechar –esta es la segunda obra suya que leo– que sus mundos no me interesan. Aún cuando estoy de acuerdo en que esta sospecha tiene mucho que ver con el tipo de ambientes que yo frecuento, el estrato social al que pertenezco y el tipo de conflictos a los que debo enfrentarme en mi día a día, de tal manera que los personajes y temas de Salter me parecen sacados de una obra de ciencia ficción.

todo_lo_que_hay

Etiquetado , , ,

Día de Acción de Gracias :: 5

    –¡El puto infierno, marines! –bramaba Bloody Hell por el intercomunicador–. Cuando volváis a casa le podréis contar a mamaíta y a papaíto que habéis atravesado el puto infierno.
    –¡Taca-taca-taca! –tableteaba Dos a su lado–. Tres demonios menos, sargento.
    Abajo, Dark y yo permanecíamos en silencio en la oscuridad sólo perforada por los espectros que se materializaban en el visor térmico. Cuando entrábamos a aquellos barrios, me sentía vulnerable por partida doble. Porque no podía sustraerme a la sensación de que el blindaje del carro me apresaba más que protegerme, de modo que era como si estuviera cautivo en una pequeña jaula que daba vueltas y vueltas dentro de esa jaula mayor que era esta ciudad de mierda. Y porque era consciente de que mi seguridad no estaba en mis manos, sino en la de mis compañeros y en las ametralladoras que ellos controlaban en sus puestos de la torreta. Aunque yo gobernaba el sistema de fuego, esto es, yo era el encargado de largarle un pepinazo a la sede del gobierno provisional de Nuri al-Maliki, reducir a escombros una mezquita o hacer puntería contra un hotel o la sede de una cadena de televisión, según las órdenes recibidas, a efectos de repeler un ataque en aquel laberinto de callejuelas los ciento cinco milímetros de calibre del cañón tenían la misma utilidad que los catorce milímetros de diámetro de mi picha.

dia_accion_de_gracias5

    Antes de mandarnos a Iraq nos tuvieron unos meses en Camp Hansen, al norte de la isla de Okinawa. Allí nos dieron un entrenamiento especializado: las tres reglas. Las repetían a todas horas. Para el tercer día eras capaz, no sólo de repetirlas textualmente, sino también de hacerlo calcando el acento y los gestos del instructor. Aún así, te seguían machacando unas cuantas semanas más. Insistían en que nuestra supervivencia en Iraq iba a depender de ellas tanto o más que de nuestra puntería con el M16.
    Una, en acción de combate el universo se reduce a dos categorías. En un lado, los amigos, nuestros compañeros de escuadrón, conocemos sus nombres, nos han hablado de su pueblo, de cómo menean el culo sus chicas cuando se les trepan encima y de las tartas de frambuesa que enhornan sus mamás todos los domingos al volver de misa. En el otro lado, todo lo demás, los objetivos, en suma.
    Dos, todo objetivo es peligroso. Sencillo. Sobre todo cuando el objetivo no es más que una mancha de contornos anaranjados en el visor térmico o un búnker a doscientos metros de distancia. Algo menos sencillo cuando su aliento te da en la cara y descubres que sus ojos te recuerdan a los de esa chica que prometió esperarte allá en Texas o Nebraska.
    Y tres, si olvidas o te haces un lío con cualquiera de las dos reglas anteriores, en especial con la segunda, tu vida valdrá lo mismo que un billete de avión a cargo del gobierno federal para que tus dolientes puedan ir a recoger una condecoración y una bandera de buen paño al aeropuerto de la base militar de Pendleton.

dia_accion_de_gracias55

    Dark, Doble Dos y yo coincidimos en Camp Hansen. Allí, Dos era un tipo muy popular. La verdad es que el jodido chicano no necesitaba esforzarse mucho para convertirse en un tipo popular. Le bastaba con bajarse los pantalones. Si un suboficial le pegaba una voz por el ser el último en la pista de entrenamiento, Dos se bajaba la bragueta.
    –Entiéndame, señor –la mano izquierda sujetando los pantalones y la derecha a modo de bandeja señalando hacia su entrepierna–, yo corro en desventaja.
    Si nos íbamos de putas, Dos preguntaba por la geisha mayor y le plantaba la polla sobre la mesita de té.
    –Veintidós centímetros –precisaba–. Como para esta talla, ¿tiene algún chochito?
    Si la noche avanzaba, el local iba quedándose vacío y nos habíamos aburrido de cantar el Semper fidelis, Dos se subía a la barra y pegaba un par de golpes de cadera.
    –Sube la música, honorable –le gritaba al barman–. Vamos a hacer que se llene el garito de conejos con ganas de juerga.
    Y el suboficial le mandaba a fregar letrinas o la profesional nos remitía a un centro especializado o el dueño del bar llamaba a la policía militar. Y el chicano se subía los pantalones, se colocaba el paquete en una posición cómoda, se ceñía el cinturón y abandonaba la escena consciente de la huella, imborrable, que había dejado en el público asistente.

[–>]

Etiquetado , , ,
Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 39 seguidores