Todas las canciones son la misma :: 6

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    –Lola, ahora mismo me parece sentir en mis labios el sabor a sangre y lágrimas de nuestro primer beso –confesé, sin dejar de mirarle a los ojos.
    –Eran unos animales: el desgraciado de Peralta y su pandilla de matones –dijo ella.
    La puerta del Paraíso se abrió y entraron los primeros clientes de la jornada. Lola dejó de acariciarme la cara. Me sonrió.
    –Tú eras el único que se salvaba del grupo –añadió ella, girándose para apoyar la espalda contra la barra. Había empezado a interesarse por la media docena de hombres que deambulaban por el local examinando el género.
    –Hay un lugar dentro de mi corazón –comencé a decir– donde nuestros labios nunca se han separado y tú aún no te has ido corriendo detrás de Peralta y los Fajín. El día que tú salgas de ahí no merecerá la pena vivir. Lola, todas las mujeres con las que he estado tenían ojos tristes como los tuyos, en todas sus bocas he buscado el sabor del beso que nos dimos aquella noche…
    No me dejó continuar. Me tapó la boca con la mano.
    –Lola –lo volví a intentar. Agarré su mano por la muñeca y la aparté de mi cara.
    –Llámame Dolores, Santi, ahora me llaman Dolores. Dolores. Y no me hables más de la noche de Basauri, ¿quieres? –hizo un movimiento enérgico con el mentón, señalando hacia delante–. Todas mis noches se reducen a esta.
    –Muchas veces pienso que hay una parte de mí que sigue sentada en aquel banco. Y todas las noches me parecen aquella noche, Lola, todas las canciones son la misma que tocaba Kortatu mientras tú dormías.
    Ella giró bruscamente la cabeza y enfrentó mis ojos.
    –¿Qué es lo que quieres, Santi? ¿Qué es lo que quieres ahora?
    Solté su muñeca y le aparté el pelo de la cara. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
    –No aguantaba más, Lola. No soportaba verte marchar sabiendo que ibas a encontrarte con él. Te ibas y me entraban ganas de vomitar solo de pensar que las manos de Peralta te desnudaban y yo no podía impedirlo. Llegué a pensar que no era más que un cobarde y que no te merecía. Cometí un error, Lola. Renuncié a ti y lo he pagado el resto de mi vida. Quiero que me perdones, Lola. Perdóname y vente conmigo.
    –Te estás equivocando de chica, marinero. Ya no existe aquella chica de la que me hablas. No existe aquella noche, ni aquel beso, no existe Peralta, toda esa historia… es agua pasada.
    –Esa historia sigue viva dentro de nosotros –le supliqué–, en nuestro corazón.
    –No hables por mí, Santi. En mi corazón no hay nada de eso –una lágrima rodó por su cara–. Es lo que me ha tocado aprender en esta vida, a olvidar: los malos recuerdos, porque no merece la pena conservarlos, y los buenos, para no amargarme pensando en lo que tuve un día y luego perdí.
    –Por favor, Lola, perdóname y vente conmigo –repetí.
    –¿No lo entiendes, Santi? –Lola intentó sonreír– Me estás pidiendo que vuelva a ser aquella chica que tú conociste, y eso es imposible. Ni tú ni nadie puede volver hacia atrás en el tiempo. Dime, ¿qué se conserva dentro de ti del chico tímido que se fue del barrio? –me cogió la mano, se la llevó a los labios y le dio un beso en la palma. Luego la empujó con dulzura hasta depositarla sobre la barra– Ya no queda nada, Santi. Fíjate bien. No queda nada.

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    Lola despegó la espalda del mostrador y se levantó. La seguí con la vista mientras se alejaba contoneando las caderas en dirección a uno de los clientes que fumaba en un rincón.
    –¿Me invitas a una copa, marinero? –le oí preguntar.
    No podía quedarme allí. Me puse en pie, dejé un billete sobre la barra, giré hacia la puerta del Paraíso, di un primer paso y dejé que mis pies me sacaran de allí.
    El enlace me sujetó por el antebrazo cuando llegué a su altura.
    –¿A dónde vas, tío?
    –Cambio de planes –le espeté, mirando la mano con la que me agarraba por el brazo.
    –¿Cambio de planes? –insistió, sin soltarme.
    Separé un poco las piernas para ganar estabilidad y le di un testarazo en pleno rostro. Al tipo se le dobló el cuello, estiró las piernas fuera de la barra de la banqueta y resbaló hasta el suelo. Entonces, le pisé la cabeza para impedir que se levantara.
    –Cambio de planes –le escupí.
    –¿Y la mercancía? ¿Qué cojones le cuento al Martillo?
    Yo necesitaba el coche. Necesitaba huir de allí. Escapar. En ese momento, no pensaba en nada más. La droga, el Martillo, mi vida, nada tenía sentido.
    –Estás muerto, tío –gritó el enlace a mis espaldas, cuando levanté la pierna y seguí mi camino luchando contra mi mismo para no mirar a Lola por última vez.

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Todas las canciones son la misma :: 5

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    Eran las fiestas de Basauri. Kortatu tocaba en la plaza Arizgoiti. La música me atravesaba como un arco voltaico estremecedor pero inofensivo. A cada salto, el corazón parecía que iba a estallar en mi boca. Estaba empapado en sudor. Botaba sin cesar, pegado a los altavoces de un lado del escenario. Aunque gritaba con todas mis fuerzas, no conseguía oír mi voz. Chocaba una y otra vez contra siluetas oscuras y tipos con cresta que no conseguía enfocar. Bailaba. Botaba. Gritaba. No podía parar.

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    Alguien me sujetó por la cintura y tiró de mí. Dejé de brincar. Era Lola, que había tropezado y se había agarrado a mí para evitar rodar por el suelo. No conseguía mantenerse en pie, así que la sujeté por la cintura y salimos a un lateral de la plaza.
    Lola estaba mareada y me pidió que la acompañara a un lugar tranquilo hasta que se le pasara la borrachera. Eché un último vistazo a la masa de cuerpos que bailaban frenéticos. Era inútil intentar localizar a Peralta o a alguien de la cuadrilla. Bajamos por la calle Nagusi y nos sentamos en uno de los bancos del mirador sobre el río.
    La música del concierto llegaba lejana, amortiguada por el rumor del agua, y yo no podía evitar taconear siguiendo el ritmo.
    –Te he fastidiado el concierto –se disculpó.
    El relente subía en oleadas desde el río. Lola tiritaba. El pelo, negro y húmedo de sudor y rocío, le caía sobre la cara y los hombros desnudos. Se le había corrido el rímel y una lágrima tiznada le bajaba hasta el pómulo.
    –No te preocupes, preciosa –le pasé el brazo por la espalda para darle calor–. No cambiaría nada por estar aquí, contigo.
    Ella se acurrucó a mi costado. A los pocos minutos, su respiración se hizo regular. A lo lejos, la guitarra de Muguruza armaba el riff de entrada a la canción “Tatuado”. No pude evitar repetir el estribillo: llevas tatuado, en tu cabeza rapada, era de otro la única mujer que he amado. En voz baja, para no despertar a Lola.
    Empezó a llover, pero no me moví. Me quité la chupa con cuidado y la eché por encima de sus hombros. No me importaban la lluvia ni el frío. Había fantaseado tantas veces que tenía el cuerpo de Lola en mis brazos, que ella recostaba la cabeza en mi hombro y yo le apartaba el pelo de la cara y le decía en un susurro que estaba loco por ella.
    De repente, escuché los gritos de Peralta llamándola. Mi primer impulso fue levantarme y avisarle de que ella estaba conmigo, pero supuse que él ya nos había visto porque venía directamente hacia nosotros por el medio de la calzada. Peralta daba grandes zancadas, con los puños cerrados. Lo seguían los hermanos Fajín, unos metros por detrás, abiertos a los costados.
    –¿De qué palo vas, colega? –me espetó, dándome un manotazo en la sien.
    Le miré a los ojos. Tenía las pupilas dilatadas. Se pasaba la mano derecha una y otra vez por la cabeza. En ese momento, Lola se revolvió y la solté.
    –¿De qué palo vas, colega? –repitió, detrás de mí, uno de los Fajín y me pegó en la coronilla.
    –Se sentía mal y no quise dejarla sola –me puse en pie y dí un paso adelante para salir del alcance de los mellizos–. Hemos venido directos desde la plaza. Te lo juro, Peralta. De la plaza a este banco, no nos hemos movido de aquí.
    Peralta me miró de arriba abajo. Luego le miró a ella.
    –No te pude encontrar… Al primero que vi fue a Santi –había carne de gallina en sus antebrazos–. El me ha cuidado.
    Peralta volvió a mirarme de arriba abajo. Dejó caer el brazo derecho a lo largo de su cuerpo al tiempo que se me acercaba aún más. Agachó la cabeza hasta tocar mi nariz con la suya. Sus ojos tenían el mismo brillo que un charco justo antes de ser pisado, ese mismo brillo que desaparecerá en cuanto mi bota entre en él. De improviso, sentí un rodillazo en los testículos y caí de rodillas al suelo.
    –Si vuelvo a verte cerca de mi chica, te corto los huevos, ¿has oído?
    –¡Que si has oído! –repitió uno de los hermanos, al tiempo que me pateaba las costillas.

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    Me arrastré por el suelo intentando zafarme de las patadas. Lola le rogaba a Peralta que dejaran de golpearme, pero ellos no paraban. La paliza cesó en cuanto ella rompió a llorar.
    –Es suficiente, chicos, la parejita lo ha entendido –dijo Peralta. Me cogió del pelo para que lo mirara a la cara–. A ver, colega, la próxima vez que mi chica te pida que la cuidas, ¿qué es lo primero que va a pasar por tu cabecita?
    –Buscarte –respondí entre toses.
    –Lo has entendido. Ahora, colega, solo falta que no se te olvide –y me estampó la cara contra el piso.
    Luego oí pasos alejándose, un coche pasó calle abajo y hundió la luz de sus faros en el fondo de mis retinas, las gotas de lluvia se estrellaban contra las hojas de los tilos y me salpicaban la cara y las manos. Tomé aire y concentré mis energías en subirme al banco. Alguien tiró de mí. Alcé la vista, era Lola.
    –Me llevaba tu chamarra –me cubrió el cuerpo con ella y la remetió por detrás de mis hombros–. Siento tanto lo que ha pasado. De verdad que lo siento. ¿Me perdonas?
    Quise decirle que no había nada que perdonar, que ella no tenía la culpa de nada, y que, mientras ella dormía en mis brazos, aquella había sido la noche más feliz de mi vida. Pero me temblaba todo el cuerpo y no fui capaz de modular mi voz.
    –Lo siento tanto, Santi –repitió Lola, mientras me limpiaba las mejillas con ambas manos.
    Se oyó un silbido. Ella giró la cabeza hacia Peralta y los gemelos. Caminaban de vuelta a la plaza.
    –Tengo que irme –susurró y echó a andar hacia ellos–. Te llamaré, te lo prometo.
    Sin embargo, al cabo de unos pasos se dio la vuelta y regresó corriendo. Cuando se agachó y apartó a un lado el mechón de pelo negro que le tapaba el rostro, se me erizó la piel y sentí un vacío súbito en las tripas porque me dí cuenta de que había vuelto a besarme.

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#Mario Cuenca Sandoval :: Los hemisferios

El taxi que lo conduce a casa –un Peugeot, aunque no reconoce el modelo, de formas tan curvas y futuristas– dispone de una pantalla en el salpicadero con un mapa tridimensional de las calles que van atravesando. Hipnotizado por los gráficos y la voz femenina que guía al conductor, la ciudad no le parece ahora una ciudad, sino una gigantesca red de información, un sistema nervioso. El París de nubes y buhardillas de Cortázar se ha convertido en una abstracta maraña de destellos, conexiones de metro y autobuses, en una aterradora red sináptica. La electrónica ha desmoronado el velo de Maya y la ciudad aparece como una telaraña en extraño equilibrio. Hilos, conexiones sutiles, líneas de transporte. Su delgada materialidad. Todo pierde sustancia. Inhabitable. Información circulando y nada más que eso. Una red por la que la gente corre como cobayas.

#Mario Cuenca Sandoval :: Los hemisferios (2014)

Todos conocemos la historia. Una persona quiere transmitir una idea original –original, novedosa en el sentido de personal, propia, íntima– que lleva un tiempo dando vueltas en su cabeza. Necesita: uno, un vehículo para efectuar esa transmisión (un bisonte pintado en una pared de la cueva, una canción rimada, una obra de teatro, un poema épico, una novela, una película, una performance…); y dos, un territorio donde puedan coincidir su idea y los receptores posibles (la epopeya, real o ficticia, en cuyo núcleo irradia la idea).
Sin embargo, nuestra especie lleva el suficiente tiempo sobre este planeta como para haberle sacado chispas al catálogo posible de vehículos y como para haber alambicado todo tipo de tramas. Todo está inventado, concluimos. Repasamos la cartelera y los grandes estrenos son meras revisiones de éxitos antiguos, la programación televisiva se llena de series –es decir, de productos que pretenden estirar una idea exitosa hasta conseguir extraerle el último aliento–, o las obras literarias más leídas –no resisto la tentación de mencionar el nombre anglosajón de este fenómeno de nuestros días, best-sellers, por la claridad que aporta– responden a un esquema de construcción idéntico, a la manera de barajas de cartas que se diferencian por el orden en el que se nos presentan los naipes. Nada nuevo bajo el sol, concedemos en esas épocas, como lo es la actual, que parecen empeñadas en demostrar que, efectivamente, el caudal de nuestra inventiva ya ha sido agotado.
Mario Cuenca Sandoval no se ha resignado. Cree firmemente que hay terrenos inexplorados en los que podemos internarnos utilizando los viejos y conocidos vehículos. Su propuesta consiste en usarlos de una forma muy personal: mezclar cine, literatura y fotografía; articular la novela en dos novelas unidas por pasarelas que las confrontan y las diferencian, las singularizan y las comunican; asentar la historia sobre el exceso –exceso en la longitud, en la arquitectura que la sustenta, en su aproximación a lo orgánico o a lo conceptual despreciando el espacio intermedio entre ambos extremos, en el lenguaje hipnótico y, a ratos, psicodélico–; trasladarnos a escenarios reconocibles –reales– que resultan imposibles.
No resulta fácil leer un libro así, por descontado. Si escribirlo es asumir un riesgo, leerlo es realizar una apuesta. Hoy en día, todos lo sabemos, no está de moda –no fuera del ámbito deportivo– ni lo uno ni lo otro.
En correspondencia con la honestidad del autor, yo también voy a asumir un riesgo: ‘Los hemisferios’ no es una novela, es un sistema; como tal, tiene la coherencia –en su arquitectura– que le demanda el conflicto –la idea– que busca desplegar delante de nuestras (asombradas) narices.

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