Día de Acción de Gracias :: 9

    En realidad, la pregunta era otra, la pregunta que daba vueltas y más vueltas como una peonza en mi cabeza. Yo quería preguntarle si él era real, si el maquillador y el grupo de generales habían sido algo más que productos de mi imaginación, si yo seguía vivo, si todo esto era un sueño del que despertaría más tarde o más temprano para encontrarme bañado en sudor y sangre sobre el cemento de la calle Jordan. Porque seguía teniendo la sensación de que mi cuerpo estaba hecho de aire, respiraba y notaba el oxígeno empujando contra las paredes de mi cerebro. Todo en mi cuerpo parecía de naturaleza gaseosa. Incluso el bulto macizo de la pistola, como si, por asimilación a mí mismo, se estuviera transformando en vapor, por lo que iba volviéndose, poco a poco, más liviana y más caliente.
    –¿De qué presidente me habla, Jimmy?
    Levanté los ojos. Yo quería hacerle otra pregunta. Justo la puta pregunta a manera de una luz insignificante que destellaba en algún recoveco oscuro dentro de mi cráneo. Los ojos del teniente estaban clavados en mí como si no hubiera otra cosa a la que mirar. Hubiera querido preguntarle, exactamente, “Imagine que yo mato al presidente durante la cena de Acción de Gracias, ¿se consideraría una baja del conflicto?” Pero era una cuestión sin sentido. La pregunta giraba una y otra vez en mi cerebro, como si se tratara de una espiral en la que se intercalaba la respuesta del teniente: “Pero, hijo, esa pregunta no tiene sentido, ¿por qué iba usted a matar al presidente?”. Y el movimiento de giro recomenzaba. Y yo volvía a reconocer que no, no tenía ningún sentido.
    –De George Walker Bush, señor.
    –¿Y cómo demonios quiere que me imagine que muere, hijo?
    –No lo sé, señor… Podrían alcanzarlo con un SAM….
    Claro que era otra la pregunta que yo quería hacerle. La que había expresado no tenía el más mínimo sentido. Tampoco lo tenían las que había imaginado que le planteaba. Me apoyé contra la pared. Tenía la boca seca, intentaba tragar saliva y la nuez me arañaba la garganta como si fuera una bola de alambre de espino. Yo sólo necesitaba una explicación, tenía que haber una razón, una razón que mitigaría el dolor, una buena razón que le daría sentido a la muerte y a la guerra, una razón tan cojonuda como para justificar la locura. “Por qué nos han mandado a miles de kilómetros de nuestras casas a matar a unos desconocidos o a dejarnos matar por ellos”, esa sí era la pregunta.
    –Hijo –el teniente impostó la voz–, si me pregunta si mañana va a salir el sol, le contestaré que creo que sí, pero yo no puedo saberlo. Que el sol salga mañana, que el planeta gire o se detenga, ese tipo de cosas están en manos de Dios, ¿comprende lo que le digo?, y ni yo ni nadie es capaz de conocer su voluntad –apoyó la mano en mi hombro–. Pero puedo asegurarle, se lo juro por cuanto hay de sagrado, que si esos jodidos muyaidines tocaran un sólo pelo a nuestro presidente, haríamos desaparecer este país de mierda de la faz de la Tierra.

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    Bebí el bourbon. Un buen trago a la salud de todas las respuestas.
    –Gracias, señor –le alargué el botellín–, eso es lo que quería saber.
    Devolví la mano al bolsillo. La pistola seguía allí. La aferré como si fuera una rama al borde del abismo. El calor del alcohol se iba extendiendo en oleadas por mi vientre y mi pecho y me llegaba hasta los testículos.

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#Alberto Méndez :: Los girasoles ciegos

En el colegio, Franco, José Antonio Primo de Rivera, la Falange, el Movimiento eran cosas que habían aparecido como por ensalmo, que habían caído del cielo para poner orden en el caos, para devolver a los hombres la gloria y la cordura. No había víctimas, eran héroes, no había muertos, eran caídos por Dios y por España, y no había guerra porque la Victoria, al escribirse con mayúscula, era algo más parecido a la fuerza de la gravedad que a la resolución de un conflicto entre los hombres.

#Alberto Méndez :: Los girasoles ciegos (2004)

En un blog como este, dedicado a la literatura, parecería lógico aproximarse a los aspectos literarios de esta novela. Entonces, explicaría que esta obra gira, a la manera de un girasol incapaz de encontrar el sol —Los girasoles ciegos, una metáfora extraordinaria–, en torno a la calamidad de la guerra, concretada en la historia de cuatro derrotados por la guerra civil española. Cuatro historias, pues, cuyo eje vertebrador reside, más que en el tema común, o en la coincidencia de época y espacio, en la mirada que nos conduce a través de todas ellas. Y opinaría que, sin lugar a dudas, el mayor acierto del autor consiste en despreciar los juicios, los mensajes subliminales, la intención moralizante o pedagógica; de manera que su narración busca el único apoyo de los hechos desnudos, la cadena de circunstancias y sentimientos de unos personajes condenados, ya desde el inicio del relato, por su condición de vencidos.
Esta estrategia resulta tan eficaz que podemos llegar a creer que leemos una crónica basada en hechos reales –al estilo de la novela «Noticia de un secuestro» de Gabriel García Márquez–, cuando, en realidad, se trata de una obra de ficción.
Regreso, pues, al inicio. Porque, si bien esta obra es correcta –mucho más que correcta–, sólida –sobradamente sólida– y, desde un punto de vista estrictamente literario, hermosa –triste y hermosa, con esa hermosura privativa de ciertas expresiones de la tristeza–, su verdadera potencia reside en los sucesos narrados y en la perspectiva que nos proporciona para poder observarlos, comprenderlos y, al fin, hacerlos nuestros.
Quizá la mejor manera de explicar esta afirmación que hago sea contar una anécdota. Oí hablar de este libro en una charla y decidí que su lectura podía ser interesante. Así que comprobé que existía un ejemplar en la biblioteca de mi localidad, tomé nota de la signatura y me acerqué a conseguirlo. Sin embargo, fui incapaz de encontrarlo. Pregunté a la bibliotecaria y me condujo a la sección de literatura histórica.
Parece mentira tener que afirmar, transcurridos más de setenta y cinco años del final de la guerra civil española y a cuarenta años de la muerte del dictador que ganó aquella contienda y de iniciarse la desarticulación del régimen que éste impuso a sangre y fuego, que son necesarias más obras del estilo de «Los girasoles ciegos» para poder revisar aquel enfrentamiento que aún divide a los españoles. El único camino para acabar de cerrar las heridas que abrieron la guerra y el periodo de represión posterior es contar la verdad de lo que pasó. Este y no otro es el tema de «Los girasoles ciegos».

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Día de Acción de Gracias :: 8

    En la entrada del comedor nos esperaban unas cuantas caras que no había visto nunca por Camp Liberty. Se les veía incómodos, la chatarra que llevaban colgando en los uniformes debía pesar una barbaridad. El teniente se puso tieso, su mandíbula adquirió la misma consistencia que el pudín de la ración de campaña, les saludó y me empujó hacia una esquina. Un tipo grande y pelirrojo paseaba nervioso de un lado a otro, cinco pasos al este, cinco al oeste. Debía ser un pez de los gordos porque su uniforme tenía más estrellas que la jodida bandera. Estuvo un rato largo dando vueltas, me recordaba a un coyote que había visto de niño en el zoológico de Minneapolis, que trotaba sin parar en su jaula de cinco metros de largo por tres de ancho, golpeándose el hocico contra los barrotes. De repente, se paró delante de mí. Su cabeza giró como si tuviera un resorte dentro, se inclinó y leyó la etiqueta de identificación de mi uniforme.
    –O’Connor. Siento mucho lo de su unidad –intenté ponerme firme y el dolor hizo que se me saltaran las lágrimas–. Esos jodidos bastardos lo pagarán, se lo juro como que hay Dios en el cielo. No vamos a largarnos de este puto arenal hasta que hayamos acabado con todos, le doy mi palabra.
    El mecanismo de su cuello volvió a funcionar. Dio una zancada hacia el grupo de mandos y le susurró algo al oído a uno de ellos, si bien no lo suficientemente bajo como para que el resto no lo oyéramos.
    –Joder, parece que el alfeñique se retrasa. Igual está dando vueltas en su F16 sobre nuestras cabezas, sacando fotos de Bagdad o algo así.
    –¿Quién pilota el caza, Tom? –bromeó otro–, ¿Bush?
    –¡Joder! –el pelirrojo se golpeó el muslo con la palma de la mano–, cómo no lo he pensado antes, a que se ha liado y nos anda buscando por las calles de Kabul.

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    Se miraron unos a otros y salieron de estampida hacia el centro de comunicaciones. Nos quedamos sólos el teniente y yo.
    Me dolía todo el cuerpo. Mi mano seguía temblando. Recordé que había subido a la primera planta del barracón y había entrado en nuestra habitación. Recordé que abrí mi taquilla y la Colt estaba donde creía haberla guardado. Recordé lo difícil que me había resultado introducir el cargador y luego deslizar la corredera con una sola mano temblorosa y, por el contrario, lo fácil que había pasado la primera bala del cargador a la recámara, como si conociera el camino o como si ese fuera el único camino o como si ese paso estuviera determinado por una ley física, del estilo de la fuerza de la gravedad. Recordé que Dos se había dejado abierta la taquilla. La cerré empujando la puerta metálica con el cañón de la pistola y bajé a la calle, donde me esperaba el teniente. Antes de salir del cuarto, liberé el seguro de la pistola con el pulgar y la guardé en el bolsillo derecho de mi pantalón. Metí la mano en el bolsillo. Allí seguía la pistola. Pasé el dedo índice por la empuñadura.
    Alcé la cabeza. El teniente había encendido un cigarrillo. Me miraba de reojo. Cada bocanada de aire que inspiraba, podía sentir el polvo en suspensión bajando por mi garganta y depositándose en las paredes de los bronquios.
    –Me tiene preocupado, hijo. ¿Se encuentra usted bien? –me preguntó.
    Se veía claro en su sonrisa que estaba dispuesto a darme cuartelillo.
    –Un trago no me vendría mal.
    Me alargó una petaca.
    –Bourbon de Kentucky. Después de la teta de su madre, no ha probado nada mejor.
    –Señor –aproveché que hizo el gesto de acercarse para pasarme la petaca–, hay algo que me gustaría preguntarle.
    –Claro, hijo –tiró el cigarrillo y lo pisó.
    –Me preguntaba, señor, imagine que el presidente muriera en este viaje –desvié la mirada hacia el suelo–, ¿se consideraría una baja del conflicto?

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