Día de Acción de Gracias :: 4

    Transigí porque el plato único de nuestra cena de Acción de Gracias eran los principios activos de las pastillas. Habíamos pensado disolverlas en bourbon y luego llevarnos las botellas al Bloody Hell, que era el nombre con el que el sargento había bautizado a nuestro tanque Abrams, de ahí el mote por el que se le conocía a él mismo en el batallón. Ibamos a encerrarnos dentro, poner Black Strobe a todo volumen en la radio y beber y beber hasta olvidar este maldito cuartel, esta ciudad de mierda, esta guerra infernal, este jodido ejército y, durante unas horas al menos, nuestros propios cuerpos y la angustia y el miedo que a veces pasábamos dentro de ellos.
    Antes de acabar la comida pasó un teniente y se llevó a todos los suboficiales a la sala de mando. Sólo le faltó agarrarlos, uno a uno, por las orejas. La reunión se alargó toda la tarde. Ya estábamos en la piltra cuando volvió Bloody.
    –Hay cambios en el plan de operaciones para mañana y pasado –masculló con cara de haberse tragado una botella de tabasco de litro–. Chicos, nos han jodido la fiesta.
    –¿Quién nos ha jodido la fiesta, sargento? –quiso saber Dark.
    –George Walker Bush. Viene a celebrar el puto Día de Acción de Gracias con nosotros.

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    –¿Se han acabado los pavos en América? –Doble Dos se estiró en la litera.
    –Con el gran tipo vendrá una nube de reporteros, parece ser que viene a hacerse unas fotos –prosiguió Bloody–. Los jefes quieren que Bagdad parezca una balsa de aceite. Así que ha habido que reorganizar todas las patrullas.
    –Eso no va con nosotros, Bloody –protesté–, a nosotros nos toca descanso los próximos dos días.
    Bloody me miró fijamente y escupió al suelo.
    –Esto no es una puta fábrica, aquí no se hacen turnos ni nada por el estilo. Aquí te pegan una voz y haces el pino, ordenan que los iraquíes sientan que los tenemos más vigilados que ellos a sus hembras y nosotros a pasearnos como si nos fuera la vida en ello. O sea que no descansamos, Jimmy.
    Tocaba patrullar como cabrones. Para garantizar la seguridad del gran tipo y su séquito de senadores y lechuguinos. Y para que los lugareños se dejaran el AK-47 y los explosivos plásticos en casa, o, mejor aún, para que se quedaran en sus hogares esperando que bajara Alá a contarles qué tal trataban las huríes a sus mártires o, en su defecto, a que les llegara la señal del canal Playboy en la televisión por cable. De tal manera que los corresponsales destacados para la ocasión pudieran transmitir al resto del mundo, y en especial a los inversores que arriesgaban su pasta en este extraordinario país, imágenes de calles en paz, mercados pintorescos y plazas coloridas, además, claro, de las ya conocidas panorámicas de campos petrolíferos ardiendo como pequeñas estrellas en la noche inmensa y desvalida del desierto.

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    Nos cayó en suerte uno de los recorridos más largos. Salimos en dirección norte por Al Zaytoon hasta llegar a la intersección de la autopista Abú Ghraib, donde giramos al oeste. Pasada media hora atravesamos Khadra. En el doble de tiempo, Al Washash.
    –Seguimos hasta el Tigris –ordenó Bloody por la radio. Dark se cagó en la madre de Bush.
    A partir de aquí, teníamos que abandonar las grandes avenidas de la parte nueva de Bagdad. La velocidad de avance se ralentizaba por el menor tamaño de las calles y por la muchedumbre y el tráfico que las abarrotaba. Nos movíamos de una calleja a otra entre niños desharrapados que interrumpían sus juegos para vernos pasar, mujeres con velos que apenas dejaban al descubierto miradas de odio y viejos en chilabas de colores claros que parecían flotar en el fulgor encarnizado del mediodía.
    No eran paseos tranquilos ni nada que se le pareciera. Era como si en esta parte del mundo a la mezcla habitual de gases que constituyen el aire, al oxígeno y al nitrógeno que yo conocía de las praderas de Minnesota o los campos de entrenamiento de Jacksonville y Okinawa, se le hubiera añadido un gas diferente, que secretaban ventanas y portales en sombras, la entrada de los comercios protegidas por esteras, los algarrobos raquíticos, la chatarra apilada sobre las aceras y las pupilas negras que acechaban el paso de nuestro convoy, un componente exclusivo de estas calles que hacía que se te erizara el vello y te pitaran los oídos y sintieras cómo las gotas de sudor se abrían paso bajo el casco y bajaban buscándote la cuenca de los ojos.

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#Afonso Cruz :: Jesucristo bebía cerveza

A Ari le gusta jugar al fútbol, pero lleva unos zapatos demasiado grandes, para ocultar que sus pies son minúsculos. Otro pastor llamado Pula sabe chutar el balón con tal fuerza y precisión que a veces se distrae matando gatos y gallinas con remates fatales. Ari no tiene una destreza especial. El se limita a chutar hacia delante con esperanza. Mira sus remates como un padre mira a su hijo. Sabe que tiene una voluntad y un destino propios, pero no puede evitar esperar lo mejor, esperar un gol soberbio e imparable, aun cuando ha hecho un movimiento en falso al rematar. Cada vez que chuta el balón, Ari tuerce la boca, esperando un milagro. Pula, en cambio, siempre sabe adónde irá el balón, por eso nunca piensa en el futuro ni en milagros, porque para él todo es una certeza.

#Afonso Cruz :: Jesucristo bebía cerveza (2012)

Tengo una intuición –perdón, Martin Luther King–. Sospecho que la novela marcha al encuentro del cuento. Es decir, sospecho que la novela evoluciona hacia un producto que va a participar de algunas de las características que, hasta hace poco, eran más propias del relato corto.
Existe una razón sociológica –perdón, sociólogos del mundo–. Es una razón que tiene que ver con uno de los paradigmas de nuestro tiempo: mínima inversión, máximo beneficio. Una razón que yo ligo a la pérdida de ciertos valores –esfuerzo, perseverancia, paciencia– producida por la transfiguración de esa idea nefasta en ley indiscutida e indiscutible. Visualizo “Los hermanos Karamazov” en las manos de la persona que se sienta en frente de mí en el metro, en cuyos ojos titilan los iconos de colores brillantes de su teléfono inteligente, y comprendo que se trata de una quimera. No porque a esa persona le podría atemorizar la extensión de la novela de Dostoievski, sino porque carece del tesón necesario para enfrentarse a su densidad. Este hecho empuja al lector del nuevo tiempo hacia el cuento.
Existe, asimismo, una fuerza que actúa en el sentido opuesto. Una razón de índole editorial –perdón, editores del mundo–. Como se trata de una cuestión cuantitativa, supongo que incluso un matemático mediocre sería capaz de elaborar un teorema que redujera lo que quiero comentar a números. Yo me limitaré a enunciarlo: resulta más rentable un librito de 300 páginas que uno de 12 páginas –incluidos gastos de publicación, difusión y promoción, claro–. El negocio del nuevo tiempo, en resumen, sigue precisando novelas.
Ahora bien, imaginemos uno o dos personajes principales a través de una serie de historias, cada una de las cuales empieza y acaba antes de dar paso a la siguiente –no estoy hablando de subtramas, por tanto–. Imaginemos un escenario, tal vez vasto, un continente, acaso reducido a un pequeño pueblo del Algarve portugués, y un tiempo comunes para todas esas historias. Entonces, yo pregunto: ¿qué imaginamos?, ¿una novela?, ¿un volumen de relatos?
Afonso Cruz responde a esta pregunta. No deja lugar a la duda. Y es posible –lo digo con humildad y, también, con satisfacción– que él comparta mi intuición.

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Día de Acción de Gracias :: 3

    El alcohol era cosa de Doble Dos. Un colega de su pueblo, un villorrio en alguna remota esquina de Wyoming, uno de esos pequeños y entrañables lugares que sólo aparecen en las fotos de los satélites meteorológicos, era cabo en el servicio de intendencia. Es decir, podía agenciarnos cualquier cosa que pudiera cambiarse por un puñado de dólares. Desde un paquete de preservativos hasta un helicóptero Apache firmado por el mismo Dick Cheney.
    –Pedro quiere una invitación –dejó caer Dos mientras comíamos–. A cambio, la priva es gratis.
    –Cojonudo –dijo Bloody.
    –Ese colega tuyo es el mayor gilipollas que he conocido –opiné yo.
    –Yo me apunto venga quien venga –dijo Dark.
    –¿Qué cojones te pasa, Jim? –se me encaró Doble Dos–. ¿Te debemos algo los chicanos?
    –A mí me la pela que sea sudaca –me revolví–. Tú eres un jodido mestizo, ese, un negro de mierda y los papás del sargento se encargaban de arrancarles las muelas a los judíos antes de empujarlos al horno de Auschwitz. ¿A tí te parece que yo tengo problemas para relacionarme con escoria?
    –Tranquilo, Jimmy, el hispano lo ha pillado –intervino Bloody.
    –Si no hay invitación no hay bourbon –remachó Dos y se encogió de hombros.

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    El primer destino en suelo iraquí de Pedrito, el de Wyoming, había sido el penal de Abú Ghraib, de ahí que muchos le llamáramos Abú. Corría el rumor de que había trabajado en el correccional de Sing Sing antes de enrolarse en los marines. Al parecer, en Abú Ghraib necesitaban gente bregada. Cuando la CNN emitió las fotos de una morenita, sonrisa socarrona y cigarrillo humeante en la boca, apuntando con su dedo índice a prisioneros desnudos, maniatados y con bolsas en la cabeza, y el escándalo de las torturas en la prisión estalló, los implicados salieron despedidos por la onda expansiva. Algunos recalaron en Guantánamo. A otros les fletaron un avión de regreso a la patria, donde los esperaba un consejo de guerra con los brazos abiertos y medallas para después del sermón. Los más irreductibles rodaron por las cuatro esquinas de este desierto. Abú vino a parar a Camp Liberty.
    –¿Qué problema tienes con Abú? –me preguntó Dark.
    –Le gusta ser el puto centro de la fiesta –Bloody y Dos se miraron y rieron– y no es más que un bocazas sin gracia.
    –Colega, no pasas ni una, tú –dijo Bloody–. No me puedo creer que no te hayas reído oyéndole contar historias del penal.
    –¿Qué historias? –volvió a preguntar el hermano.
    Bloody deslizó el culo fuera del asiento y gesticuló con un brazo como si se estuviera clavando algo por el mismo ojete.
    –Los consoladores, Dark –le contestó–. ¿Nunca le has oído contar lo de los consoladores?
    Dark negó con la cabeza y Bloody y Dos le contaron la maldita historia.
    –Vale, hermano, la prisión de Abú Ghraib –empezó Bloody Hell–. Llegaba un camión con un montón de sarracenos. Les obligaban a quitarse la ropa y los hacían formar. Entonces, se paseaban entre ellos dándoles culatazos para que fueran comprendiendo que aquello no era una especie de campamento de verano.
    –Pedro solía quedarse un poco al margen. Su tarea consistía en detectar al que tragaba más saliva, ¿lo pillas? –aclaró Dos.
    –Total, que acababan sacando a uno del grupo y se lo llevaban a una sala de interrogatorios. Imagina la sala –el sargento hizo una pausa para dejar que Dark se pusiera en situación–: Abú con dos o tres compañeros, un intérprete, el puto moro y un flexo sobre una mesa, alumbrando un consolador como de la talla del coño de Jenna Jameson. Entonces, Abú decía “Mira, hijo, te vamos a hacer unas preguntas. Contestas y se acabó todo, vuelves con tus colegas. Pero si no contestas…”
    –Aquí empezaba a traducir el intérprete –completó Doble Dos–, “Si tú no contestar…”
    –Abú cogía el consolador.

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    –Y el intérprete decía “Taca-taca”. Como quiera que se diga eso en el idioma de Mahoma, claro.
    –Y luego seguía “Y cuando tengas el culito a tono, te sacamos al patio para que te la enchufe un camello”.
    –Y el intérprete decía “Luego camello en patio”, mientras movía la cadera adelante y atrás.
    –La parte más graciosa es cuando cuenta cómo empezaban a untar el chisme con vaselina y al colega se le movían los ojos como si fueran pelotas en un partido de tenis, se le ponía la misma cara que a Sadam Hussein cuando amenazaba a toda la galaxia con el fuego vengador de Alá –Bloody Hell imitaba el gesto del de Wyoming– y berreaba la filiación completa de todos los tipos con los que se había cruzado en su vida.
     Esperé hasta que el dúo acabó de reírse.
    –Genial, tíos. Precisamente, la historia que más me toca los cojones.
    Dos me dió un manotazo en el hombro.
    –¿Sabes cómo te lo explicaría el intérprete de Abú Ghraib?
    –No invitación, no bebida, no fiesta –contesté. 

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