Día de Acción de Gracias :: 10

    Bush aún tardó un rato en aparecer. Llegó a la carrera, el gran hombre, con la docena de generales como moscas zumbando en torno a él y una corte de fotógrafos y asesores. Todos enseñaban los dientes. A todos les brillaban los ojos. El grupito segregaba más felicidad y buen rollo que un concurso de misses. No recuerdo que nos presentaran ni nada parecido. Me colocaron en un lado, en medio pusieron a Bush y en la derecha, al tipo grandote, más tarde supe que era Tommy Franks, el mandamás de todas las tropas destacadas en Iraq. Un cocinero sacó una bandeja con el pavo de la cena y le indicaron a Bush que la tomara. De repente, uno de los asesores, el asesor principal número uno, digo yo, porque cuando habló parecía que era el mismo Jehová despachando con Moisés en el monte Sinaí, dijo que aquel bicho pringado de salsa arrojaba brillos raros a la cara del presidente y que nadie se preocupara, que él lo había previsto. Así que sacó de algún sitio un pavo de caucho de colores mates y mandó cambiarlo por el comestible. Luego empezaron a tirar fotos mientras Bush contaba chistes picantes y él y Franks competían por ver cuál metía más escándalo al reírse.
    Yo no me reía. Ni entendía las palabras de Bush, ni conseguía entender nada de lo que estaba pasando. No podía despegar los ojos de aquel pavo, pensaba que se trataba de una alucinación. Había olvidado por completo la pistola y mi idea de volarle la tapa de los sesos al tejano. Sólo recuerdo que me costaba un esfuerzo enorme mantenerme en pie. Y las risotadas, que me daba la sensación de que sonaban en un sitio diferente al que estábamos, como si me separara de ellas un muro que se iba haciendo más y más grueso. Y los destellos del flash, también recuerdo los destellos, a manera de bombas de fósforo blanco encendiéndose en la noche que me iba rodeando.

dia_accion_de_gracias110

    Al final, me fui al suelo. Ahí se acaba la historia de aquel Día de Acción de Gracias. Me quedan la jodida foto con los dos payasos y el pavo de pega. Y la Cruz de la Armada. Joe dice que atraen clientes al local. Parece ser que hay gente capaz de hacerse sus buenos kilómetros para verlas y escuchar esta historia. Tenemos hecho un trato: cerveza y whisky gratis y unos dólares de vez en cuando; a cambio, no cruzo la calle y me ubico en los billares de Walsh.
    También conservo la Colt. Todas las noches, me planto delante del espejo del baño, la saco y la apoyo en mi sien. Cierro los ojos para ver la entrada del comedor, en Camp Liberty, a Bush en uniforme de campaña con la bandeja en brazos. Imagino que aprieto el gatillo y una detonación se abre paso entre los flashes. La pregunta, la que de verdad quiero hacer y nunca he formulado porque como interlocutor no me sirve el teniente, no me sirve el general Franks, ni Joe, ni siquiera el psicólogo que me costea el departamento de defensa, no me sirve nadie porque sólo me servirían el sargento o Dark o Doble Dos y están muertos, la jodida pregunta vuelve a ser un zumbido.

dia_accion_de_gracias10

———-

#Sergio Lozano Sangrador :: slsangrador@gmail.com

Etiquetado , , ,

Día de Acción de Gracias :: 9

    En realidad, la pregunta era otra, la pregunta que daba vueltas y más vueltas como una peonza en mi cabeza. Yo quería preguntarle si él era real, si el maquillador y el grupo de generales habían sido algo más que productos de mi imaginación, si yo seguía vivo, si todo esto era un sueño del que despertaría más tarde o más temprano para encontrarme bañado en sudor y sangre sobre el cemento de la calle Jordan. Porque seguía teniendo la sensación de que mi cuerpo estaba hecho de aire, respiraba y notaba el oxígeno empujando contra las paredes de mi cerebro. Todo en mi cuerpo parecía de naturaleza gaseosa. Incluso el bulto macizo de la pistola, como si, por asimilación a mí mismo, se estuviera transformando en vapor, por lo que iba volviéndose, poco a poco, más liviana y más caliente.
    –¿De qué presidente me habla, Jimmy?
    Levanté los ojos. Yo quería hacerle otra pregunta. Justo la puta pregunta a manera de una luz insignificante que destellaba en algún recoveco oscuro dentro de mi cráneo. Los ojos del teniente estaban clavados en mí como si no hubiera otra cosa a la que mirar. Hubiera querido preguntarle, exactamente, “Imagine que yo mato al presidente durante la cena de Acción de Gracias, ¿se consideraría una baja del conflicto?” Pero era una cuestión sin sentido. La pregunta giraba una y otra vez en mi cerebro, como si se tratara de una espiral en la que se intercalaba la respuesta del teniente: “Pero, hijo, esa pregunta no tiene sentido, ¿por qué iba usted a matar al presidente?”. Y el movimiento de giro recomenzaba. Y yo volvía a reconocer que no, no tenía ningún sentido.
    –De George Walker Bush, señor.
    –¿Y cómo demonios quiere que me imagine que muere, hijo?
    –No lo sé, señor… Podrían alcanzarlo con un SAM….
    Claro que era otra la pregunta que yo quería hacerle. La que había expresado no tenía el más mínimo sentido. Tampoco lo tenían las que había imaginado que le planteaba. Me apoyé contra la pared. Tenía la boca seca, intentaba tragar saliva y la nuez me arañaba la garganta como si fuera una bola de alambre de espino. Yo sólo necesitaba una explicación, tenía que haber una razón, una razón que mitigaría el dolor, una buena razón que le daría sentido a la muerte y a la guerra, una razón tan cojonuda como para justificar la locura. “Por qué nos han mandado a miles de kilómetros de nuestras casas a matar a unos desconocidos o a dejarnos matar por ellos”, esa sí era la pregunta.
    –Hijo –el teniente impostó la voz–, si me pregunta si mañana va a salir el sol, le contestaré que creo que sí, pero yo no puedo saberlo. Que el sol salga mañana, que el planeta gire o se detenga, ese tipo de cosas están en manos de Dios, ¿comprende lo que le digo?, y ni yo ni nadie es capaz de conocer su voluntad –apoyó la mano en mi hombro–. Pero puedo asegurarle, se lo juro por cuanto hay de sagrado, que si esos jodidos muyaidines tocaran un sólo pelo a nuestro presidente, haríamos desaparecer este país de mierda de la faz de la Tierra.

dia_accion_de_gracias9

    Bebí el bourbon. Un buen trago a la salud de todas las respuestas.
    –Gracias, señor –le alargué el botellín–, eso es lo que quería saber.
    Devolví la mano al bolsillo. La pistola seguía allí. La aferré como si fuera una rama al borde del abismo. El calor del alcohol se iba extendiendo en oleadas por mi vientre y mi pecho y me llegaba hasta los testículos.

[–>]

Etiquetado , , ,

#Alberto Méndez :: Los girasoles ciegos

En el colegio, Franco, José Antonio Primo de Rivera, la Falange, el Movimiento eran cosas que habían aparecido como por ensalmo, que habían caído del cielo para poner orden en el caos, para devolver a los hombres la gloria y la cordura. No había víctimas, eran héroes, no había muertos, eran caídos por Dios y por España, y no había guerra porque la Victoria, al escribirse con mayúscula, era algo más parecido a la fuerza de la gravedad que a la resolución de un conflicto entre los hombres.

#Alberto Méndez :: Los girasoles ciegos (2004)

En un blog como este, dedicado a la literatura, parecería lógico aproximarse a los aspectos literarios de esta novela. Entonces, explicaría que esta obra gira, a la manera de un girasol incapaz de encontrar el sol —Los girasoles ciegos, una metáfora extraordinaria–, en torno a la calamidad de la guerra, concretada en la historia de cuatro derrotados por la guerra civil española. Cuatro historias, pues, cuyo eje vertebrador reside, más que en el tema común, o en la coincidencia de época y espacio, en la mirada que nos conduce a través de todas ellas. Y opinaría que, sin lugar a dudas, el mayor acierto del autor consiste en despreciar los juicios, los mensajes subliminales, la intención moralizante o pedagógica; de manera que su narración busca el único apoyo de los hechos desnudos, la cadena de circunstancias y sentimientos de unos personajes condenados, ya desde el inicio del relato, por su condición de vencidos.
Esta estrategia resulta tan eficaz que podemos llegar a creer que leemos una crónica basada en hechos reales –al estilo de la novela «Noticia de un secuestro» de Gabriel García Márquez–, cuando, en realidad, se trata de una obra de ficción.
Regreso, pues, al inicio. Porque, si bien esta obra es correcta –mucho más que correcta–, sólida –sobradamente sólida– y, desde un punto de vista estrictamente literario, hermosa –triste y hermosa, con esa hermosura privativa de ciertas expresiones de la tristeza–, su verdadera potencia reside en los sucesos narrados y en la perspectiva que nos proporciona para poder observarlos, comprenderlos y, al fin, hacerlos nuestros.
Quizá la mejor manera de explicar esta afirmación que hago sea contar una anécdota. Oí hablar de este libro en una charla y decidí que su lectura podía ser interesante. Así que comprobé que existía un ejemplar en la biblioteca de mi localidad, tomé nota de la signatura y me acerqué a conseguirlo. Sin embargo, fui incapaz de encontrarlo. Pregunté a la bibliotecaria y me condujo a la sección de literatura histórica.
Parece mentira tener que afirmar, transcurridos más de setenta y cinco años del final de la guerra civil española y a cuarenta años de la muerte del dictador que ganó aquella contienda y de iniciarse la desarticulación del régimen que éste impuso a sangre y fuego, que son necesarias más obras del estilo de «Los girasoles ciegos» para poder revisar aquel enfrentamiento que aún divide a los españoles. El único camino para acabar de cerrar las heridas que abrieron la guerra y el periodo de represión posterior es contar la verdad de lo que pasó. Este y no otro es el tema de «Los girasoles ciegos».

los_girasoles_ciegos

Etiquetado , , ,
Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 44 seguidores