#Javier Cercas :: El inquilino

(…) No entendía por qué aún no le había dicho a Ginger que Berkowickz acababa de alquilar un apartamento en la misma casa que él vivía; tampoco se explicaba que Ginger pudiera humillarlo de ese modo, dando por descontado que a él, al parecer un incompetente, no le importaba ceder el puesto de director de tesis, por insignificante o meramente nominal que fuese, en beneficio de Berkowickz, cuya valía intelectual estaba, también al parecer, probada. Y más le asombraba todavía –aunque aquí quizá el asombro era sólo una forma instintiva de defensa– no haber reconocido el título del artículo que Ginger había citado; por lo demás, le resultaba imposible asociar el nombre de Berkowickz a nada que se relacionase siquiera vagamente con la investigación fonológica. Pero lo que de verdad tenía atónito a Mario era el aplomo con que había encajado la situación: ni un gesto de contrariedad, ni un gesto de impaciencia, ni un gesto de nerviosismo; era como cuando dentro de un sueño cobraba conciencia de hallarse en un sueño: todo carecía entonces de importancia salvo la certeza de que nada podía afectarle y de que en algún momento se despertaría y el sueño se habría desvanecido como humo en el aire, sin dejar huella alguna.

#Javier Cercas :: El inquilino (1989)

Acabo de leer esta novela corta y me viene, así, a bote pronto, un adjetivo a la cabeza: canónica –canónica, correcta, calibrada: no son exactamente sinónimos pero las paletas de colores de estas palabras abarcan algunos territorios cromáticos comunes–. Porque todo en ella se ajusta a la regla correspondiente: las descripciones son descripciones canónicas –perdón, pero es que de ésto va, precisamente, la cosa–, el diálogo es utilizado en su dosis justa, los personajes aparecen perfilados de manera conveniente pero sin excesos y la trama se nos presenta dividida inequívoca en los tres elementos clásicos, presentación, nudo y desenlace. Podría hablar de los puntos de giro, la tensión narrativa, el equilibrio de la narración que mezcla lo onírico y lo real… pero creo que basta con decir que todo está en su punto justo de cocción y sazón. No obstante, me ha resultado un poco insípida: tal vez porque la historia que se cuenta es de sobra conocida, porque el desenlace es un pelín fullero –alivia la tensión narrativa, tal como exige la natarrología; pero lo hace simplificando la resolución, justo en el momento en que más adversa parece la posición del protagonista, con lo que deja un regusto a algo impostado– o porque tanta corrección y tanto convenio aplanan la propia narración.
Hago un breve paréntesis y busco documentación sobre el autor. Según la Wikipedia, esta es la segunda novela –publicada, añadiría cualquier aficionado a escribir, como es mi caso– de Javier Cercas. Supongo que este dato explica el carácter canónico del libro. A mí, al menos, me sirve como explicación debido a que juego con la ventaja de conocer, por referencias, la carrera literaria y periodística posterior de este escritor. Así, concluyo que se trata del ensayo –en su acepción «acción y efecto de ensayar»– de un autor novel. Y dejo una reflexión-propósito para el final: si Cercas resolvió con tal excelencia un ensayo, quiero saber cómo ha abordado sus obras posteriores.

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El guacamayo rojo

    Mi nombre es Casiano Ángel Rus Jiménez. Casiano por mi abuelo paterno y Ángel por el materno. De haber nacido mujer me hubiera llamado Onésima Mercedes Rus Jiménez. Onésima por la rama de mi padre y Mercedes por la de mamá. Puestos de acuerdo en tener descendencia y convenido que, fuera del género que fuera, calzaría los nombres de mis mayores, las diferencias entre mis progenitores se centraron en cuál de los dos linajes iría primero en el catálogo. La contienda se prolongó durante todo el embarazo y mi padre creyó ganarla porque fue él quien acudió al Registro Civil, pero para mamá fui siempre, y ya en el momento en el que la comadrona me puso en sus brazos, Angelito, desde la primera vez que recuerdo haber percibido que me interpelaba hasta las últimas y ahogadas palabras que trató de dirigirme desde su lecho de muerte en el box número tres del servicio de urgencias hospitalarias de Basurto, su dulce Angelito, cuando aún no le llegaba a la altura de las rodillas y cuando mi padre tuvo que ingeniárselas para meter una cama de dos metros y diez centímetros de largo en mi habitación, su dulce y amantísimo Angelito, pero no su dulce y amantísimo Casianito.

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    En realidad, nadie me ha llamado nunca por mi nombre oficial o por cualquiera de sus fracciones. En la escuela era Rus Jiménez. En boca de mis amigos he sido Casi, Casian, Kas o Largo, según el instinto lírico de los integrantes de la cuadrilla o el tipo de música que oíamos en la edad de autos. Mi jefe muestra predilección por la expresión, pronunciada con una deliberada entonación neutra, señor Rus, aunque hay días en los que prescinde de la voz «señor» o, incluso, en los que, mostrando una economía de medios fuera de lo común, omite el nombre y se vale de un manotazo en la mesa para llamar mi atención.
    Mari Puri me llamaba Casiño. Era de Betanzos. Nos conocimos mientras cumplía el servicio militar en una base naval de El Ferrol. Ella me confesó que sentía debilidad por dos tipos de hombres: los altos y los morenos de pelo rizado. Yo reunía ambas condiciones, así que me relajé y pude concentrarme en el juego de luces y sombras que producían las luces de neón de la discoteca al escurrirse por su canalillo. Fuimos felices durante dos años, tal vez tres. Nada más casarnos aprobé una pequeña oposición en un ayuntamiento de menos de cinco mil habitantes. El puesto era insignificante, la carga de trabajo, testimonial, la responsabilidad, nula y el sueldo, exiguo. Aún así, el puestito tenía un horario excelente: salía de casa a las siete de la mañana y volvía a las tres y media. Así que teníamos toda la tarde y gran parte de la noche para hacer niños. Ensamblamos tres en treinta y nueve meses. Íbamos camino de entrar en el libro Guinness. Sin embargo, Mari Puri pareció cansarse de tanto roce y empezó a rehuirme. Dijo que los niños la dejaban agotada, argumentó que una familia de cinco miembros necesitaba diversificar sus fuentes de ingresos y se empecinó en buscar un empleo. Duramos algunos años más, mientras ella trabajaba media jornada de reponedora en una gran superficie, le salían unas horas limpiando portales o la contrataban para cambiar los pañales y limpiarle los mocos a algún fósil que gastaba pendientes de perlita. Hasta veinticuatro años más, algunos de los cuales, los quince o veinte últimos, más o menos, fueron cualquier cosa menos plácidos porque yo añoraba aquellas tardes para siempre perdidas y ella, por el contrario, aquellas mañanas de las que, muy al principio, disfrutó.
    Una noche ella no compareció en casa. Entonces me enteré, sin solución de continuidad, de que llevaba años jugando en secreto a la Bonoloto, que no me aguantaba más –delante de la jueza sollozó y recurrió a la expresión «hastiada de este fulano»–, que yo solo le inspiraba asco, lástima y tristeza –asco como pareja, lástima como amante y tristeza, grosso modo, como persona, explicitó señalándome con el dedo– y que consentía en mantener relaciones carnales conmigo –en este punto bajó la vista y cruzó los brazos delante del pecho– por temor a mi reacción frente a una posible negativa.
    Los tres chavales se fueron con ella. Fue una desbandada general. Solo quedó el guacamayo rojo que compramos en la Riviera Maya durante nuestro viaje de bodas. Mari Puri perseveró durante meses hasta que consiguió enseñarle a decir «Toma moreno», aunque nunca fue capaz de pulir la pronunciación del animal que entonaba la única «r» del sintagama como si, en lugar de nacido en las costas del Caribe, hubiera visto la luz en un burgo de la Baja Renania. Cada vez que alguien entraba al balcón –en puridad, cada vez que yo me aproximaba al balcón, ya entrara o simplemente pasara delante de la puerta en dirección a la cocina, el baño o el dormitorio–, el bicho del demonio berreaba a voz en cuello su cantinela y las dos palabras se hundían en mi pecho como si estuvieran forjadas en el más aguzado acero. Llegué a pensar que el germen de mi fracaso matrimonial ya estaba en aquellas interminables jornadas de adiestramiento, durante las cuales Mari Puri grabó en la mente del loro un mensaje póstumo para cuando llegara un final que ella, de alguna manera que yo no era capaz de comprender por más vueltas que le dara, ya había previsto. Comencé a beber: botellines de cerveza, tetrabriks de Don Simón, garrafas de dos litros de aguardiente para hacer pacharán. Y menudearon mis idas y venidas al baño. Y el pajarraco redobló su proclama. La situación se volvió insostenible. Fui a la cocina, cogí el cuchillo de veinte pulgadas de hoja y salté al balcón dispuesto a silenciar al maldito bicho. Sin embargo, resbalé con una botella tirada por el suelo, tropecé y acabé por perder el equilibrio al pisar una garrafa vacía, cayendo de costado sobre la barandilla, de tal suerte que el peso de mi cabeza tiró del resto de mi ser y me precipité balcón abajo mientras oía, como en un eco lejano, el chillido atiplado del guacamayo seguido de lo que me pareció una risotada, un risotada… humana.

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    Esa carcajada –o lo que fuera– me sobresalta en mi cama del hospital y me despierta por las noches. El traumatólogo insiste en que entra dentro de la normalidad que mi cerebro muestre cierta confusión. Y repite que es un milagro que siga con vida y que debo tener paciencia porque mi recuperación va a ser larga, lenta y dolorosa. Estoy preparado, le respondo, invariablemente. Larga, lenta y dolorosa, recalca el doctor y me viene a la cabeza la imagen del guacamayo rojo esperando que alguien le rellene el dosificador de comida. Confío, no tengo más esperanza, en que algún alma caritativa se apiade del pobre animal y lo cuide hasta que me restablezca y pueda ocuparme de él.

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#Sergio Lozano Sangrador :: slsangrador@gmail.com

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#Ricardo Piglia :: La ciudad ausente

Pensó en el Tano, venía escapando de Rosario, decía que era del ERP, pero ya no existía el ERP y se lo imaginó entrando y saliendo de las clínicas de desintoxicación, perdido en una realidad virtual, refugiado en las pensiones clandestinas y volviendo a caer, eludiendo los controles, viviendo en los subtes. Él era un rebelde y ella era la heroína, la Mata-Hari, un agente doble, la confidente de los desesperados. Tenía que zafar, volver a la calle; vio la pieza del Bajo donde se encontraba con el Tano. Iba a entrar en contacto, él era el único capaz de organizarle la fuga. Pero tenía que olvidar, no podría comprometer los planes. Destruyó el encuentro en el andén de Retiro, los crotos tostando el pan duro en un fueguito, el Tano y ella trepando al tren. Tenía la capacidad de borrar sus pensamientos, como quien se olvida de una palabra que está a punto de decir. No iban a poder hacerle hablar de lo que no sabía. Apareció un oficial de marina y al fondo, en el pasillo, le pareció ver gente con armas.

#Ricardo Piglia :: La ciudad ausente (1992)

Quería leer algo de Piglia y no sabía el qué. Era un autor que me interesaba, pero del que tenía una referencia vaga y, por lo tanto, me acercaba a él como quien tantea en la oscuridad para no golpearse contra el canto de un mueble. En la biblioteca municipal –dejé, salvo caprichos de coleccionista, de comprar libros el día que descubrí que podía conseguir casi cualquier libro a través de la biblioteca de mi pueblo; me declaro culpable– encontré siete candidatos. Estuve leyendo las reseñas y me decidí por esta obra porque en la correspondiente a esta novela corta se afirmaba que constituía un logro estilístico. Una declaración así supone, en mi caso, un atractivo irresistible.
Me gustan las historias. Me apasionan las buenas historias. Los años me han vuelto sibarita incluso en ésto y he acabado por aceptar que una buena historia puede contarse bien o mal. Creo que no existen buenas o malas historias, solo historias bien o mal contadas. Por lo tanto, resulta fácilmente comprensible la importancia que le doy a la manera en que se narra una historia, a la arquitectura dispuesta por el autor para vehicular su narración.
Según un compañero de un taller de escritura al que asisto, todas las historias están ya contadas. Por lo tanto, lo que las diferencia, es decir, lo que nos hace interesarnos por unas en detrimento de otras –aún a sabiendas de que ambos tipos de relatos repetirán hitos ya conocidos y lugares que hemos visitado– sería la estructura narrativa de cada una de ellas. Comparto esta opinión, aunque no al cien por ciento. Porque existe un integrante fundamental de toda historia cuya complejidad es imposible de agotar: los personajes. Pongo un ejemplo: ¿qué diferencia a las historias de amor que nos cuentan la obra que Shakespeare encarnó en Romeo y Julieta y el musical «West side story»? Se trata de la misma historia, contada utilizando configuraciones distintas y, sobre todo, contada a través de personajes distintos.
Vuelvo a la obra de Ricardo Piglia. Y, en efecto, la estructura tiene un peso notable en ella, un peso determinante. En la reseña que antes he mencionado se aclaraba, asimismo, que se trataba de un libro político. Entonces, es posible que en este caso, aparte de ser el ropaje que el autor ha elegido para su relato, la forma persiga enmascarar el mensaje o, cuando menos, darle una apariencia narrativa. Pero –hace poco asistí, por motivos laborales, que no profesionales, a un curso donde nos enseñaron técnicas asertivas y chuminadas por el estilo, e insistieron en que la conjunción «pero» invalidaba todo lo que hubiéramos dicho hasta ese momento; ya digo, chuminadas– yo he echado en falta al personaje o personajes. Uno de ellos, tal vez el principal, tal vez el único, tal vez el único realmente importante, es una máquina. Ergo, desde un punto de vista formal, una máquina debe ser un personaje, por enunciarlo de alguna manera, ausente.

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