#Antonio Tabucchi :: Tristano muere

(…) Te he buscado, amor mío, en cada átomo que de tí está disperso en el universo. He recogido cuantos de ellos me ha sido posible, en la tierra, en el aire, en el mar, en las miradas y los gestos de los hombres. Te he buscado incluso en los kouroi, en la lejana montaña de una de estas islas, sólo porque una vez me dijiste que te habías sentado en el regazo de un kouros. La ascensión no fue fácil. El autocar me dejó en Sypouros, si es así como se llama una aldea desconocida incluso para los mapas geográficos, y después quedaban tres kilómetros que recorrer a pie, subí lentamente la carretera de tierra en curva que más adelante baja hacia un valle de olivos y cipreses. Había un viejo pastor en la carretera, y sólo le dije la única palabra que importaba: kouros. Y en sus ojos brilló una luz de complicidad como si hubiera entendido, como si supiera quién era yo y a quién buscaba, que te buscaba a ti, y sin decir una palabra extendió una mano indicándome el camino, y yo recogí el gesto que me guiaba y aquella luz que brilló un instante en sus ojos y me los guardé en el bolsillo, mira, aquí los tengo, podría disponerlos sobre la mesita de esta terraza donde estoy cenando, son otras dos piedrecitas de esta pintura al fresco reducida a migajas que estoy recogiendo desesperadamente para reconstruirte, más allá del olor del hombre con el que he pasado la noche, el arco iris sobre el horizonte y este mar celeste que me angustia. (…)

#Antonio Tabucchi :: Tristano muere (2004)

Tal vez no haya mejor metáfora de la condición humana que el lenguaje. Un mecanismo que podría lanzarnos a la conquista del éter reservado a los dioses y que, sin embargo, en tantas ocasiones –innumerables ocasiones– es un arma insustituible para alimentar conflictos que nos mantienen anclados al humus. Una poderosísima herramienta diseñada para la comunicación, fragmentada en idiomas, dialectos, entonaciones, interpretaciones, jergas y retruécanos. Una luz rutilante extraviada dentro de un laberinto.
Y tal vez porque hemos sido conscientes de esa paradoja desde el principio de los tiempos, nuestra especie ha reservado un lugar junto al fuego del hogar a los artesanos de la palabra. Las historias ya estaban con nosotros antes de que formuláramos la música o descubriéramos la capacidad de representación de las imágenes. En esos artesanos admirábamos la destreza, sí. Pero también la intuición de que la vida de cada uno de nosotros era un puñado de historias.
El protagonista de esta breve novela, Tristano, encarna la voz de uno de estos artesanos. En su lecho de muerte elabora el relato de su vida a partir de dos presupuestos. Primero, que el relato será un catálogo limitado; en él no tendrán cabida todos los hechos, ni siquiera todos los recuerdos, ni siquiera los hechos tal como los recordamos. Y segundo, el escenario comprenderá –será, al mismo tiempo y en todo momento– Grecia, Italia, España y el mar que los baña. La elección de ambos presupuestos no es baladí.
Los grandes escritores –y Antonio Tabucchi es uno de ellos– son capaces de perforar el muro perimetral del laberinto. Hablan una lengua universal –si creyera en la existencia del alma humana, hubiera dicho que hablan la lengua nativa del alma–. Sus historias recorren territorios sin fronteras ni tabiques. Cada una de sus obras es un hilo de luz que avanzará libre para siempre.

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Día de Acción de Gracias :: 7

    Desperté en el quirófano. Habían apartado a un lado la mesa de operaciones, dejando espacio libre para colocar un espejo de cuerpo entero y una silla de peluquero. Yo me sentaba en la silla. Un tipo estirado vestido de negro extendía una especie de crema por mis manos ayudándose de un pincelito. A mi izquierda, el teniente Perkins no me quitaba los ojos de encima. Sus labios se abrieron y se cerraron. Se agachó y dio un paso para colocarse delante de mí. Volvió a hacer aquello con la boca.
    –¿Que tál se encuentra, Jimmy?

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    Yo flotaba. Sentía que mi cuerpo era ingrávido. En el espejo veía la silla de peluquero, con la mesa y algo de instrumental quirúrgico detrás. Si hubiera visto un módulo espacial recortado contra un cielo negro lo habría encontrado natural.
    –Jodido, claro –se contestó a sí mismo.
    Mis ojos siguieron a los suyos y descubrí el cabestrillo, el vendaje del hombro y las tiritas y rasguños de mi cara.
    –Espero que no sienta dolor –el teniendo ladeó la cabeza–. Ha acabado con nuestras reservas de morfina, marine. Han hecho un buen trabajo con usted: tenía la escápula y el húmero izquierdos hechos fosfatina… También le han extraído unos kilos de metralla. Pero sobrevivirá –me guiñó un ojo–. Lo mandaremos a casa y olvidará esta guerra.
    Alargó el brazo y acercó una silla. Sus ojos volvieron a los míos.
    –En pocos días va a estar de regreso en Saint Paul y dejará atrás este desierto del demonio. Sólo le pido un último esfuerzo. ¿Me sigue, Jimmy?
    El tipo estirado se dio la vuelta, rebuscó en un maletín metálico lleno de frascos y me miró de soslayo. Luego se paró delante del espejo y estuvo examinándose un grano en la sien derecha por espacio de media hora. Giró sobre sus talones. Se arrimó a mi costado y empezó a embadurnarme la jeta con una crema parecida a la que antes había untado en mis manos.
    –¿Va todo bien, Jimmy? –insistió el teniente–. Escuche atentamente. A alguien se le ha ocurrido que sería una buena idea que usted se sentara junto al presidente para celebrar la cena de Acción de Gracias.
    El teniente se encogió de hombros.
    –El gran tipo viene a darnos ánimos y, hoy por hoy, usted es la persona que más necesita esos ánimos en Camp Liberty.
    Bajé la vista. El teniente echó el cuerpo hacia delante.
    –Los putos muyaidines nos dieron bien por culo ayer –hizo una pausa y posó su mano en mi rodilla–. No le voy a engañar, hijo, sus compañeros… el sargento Taylor, Miguel y Louis han muerto.

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    En ese preciso momento comprendí que se trataba de una pregunta, el zumbido dentro de mi cabeza. No conseguía recordar cuándo había empezado, pero estaba allí. Tampoco recordaba en qué momento se había tornado inteligible. Había comenzado como un ruido carente de sentido que, a fuerza de repetirse a lo largo de los meses que llevaba destinado en Iraq, había ido adquiriendo la apariencia de fonemas, luego de palabras y, al final, al mismo tiempo que en mi cerebro el coche blanco volvía a impactar contra el costado del Bloody Hell, por cristalizar en una pregunta martillando mis sesos.
    –Tenemos que irnos, hijo, nos están esperando –el teniente se levantó y miró hacia la puerta–. Le van a dar unas anfetaminas para despabilarlo un poco. Luego lo acompañaré al comedor del batallón, donde vamos a esperar al presidente. ¿Necesita que lo ayuden o puede caminar usted solo?
    Hicimos una parada en el barracón para que yo recogiera algunos efectos personales y continuamos despacio hasta el comedor. El cuartel estaba desierto: los que nos estaban patrullando por Bagdad estaban metidos en el comedor esperando al gran jefe de Washington. Mi mano derecha temblaba. Me costaba la vida misma mantener la cabeza erguida.

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Día de Acción de Gracias :: 6

    Dark opinaba que el organismo de Doble Dos estaba descompensado. Siempre estaba con el mismo rollo.
    –Imagina una balanza con dos brazos. Uno de los brazos es la chorra. El otro, su cerebro. ¿Lo ves o no lo ves?
    –Habla claro, hermano –le seguí yo–, ¿qué quieres decir? ¿que no le funciona el pepino?
    –Claro que le funciona el pepino –repuso él–, pero de los dos pesa más el que lleva entre las piernas.
    –Joder, Dark, dependerá de lo que pongas en los platillos de tu balanza –protesté sin quitar los ojos de un bulto de metal en el lado izquierdo de la calle, unos veinte metros por delante nuestro.
    –Claro, claro. Anda, asómate. Me juego lo que quieras a que lleva puestas las gafas de visión nocturna –accionó su radio y le preguntó a Dos–. Oye, chicano, ¿qué tal ganado tenemos hoy?

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    A Dos le ponían cachondo las nativas. Ya le había pasado en el Japón y en su Wyoming natal. Pero allí no le extrañaba a nadie, era natural, incluso en el Japón, donde las niponas tenían, todas, aspecto de haber pasado demasiado tiempo sumergidas en un líquido frío de manera que esa inmersión permanecía en su mirada esquiva y en sus modales de anguilas escurridizas. Lo de las iraquíes, en cambio, no lo comprendíamos ninguno, porque iban tapadas de pies a cabeza, ni siquiera parecían seres humanos, sino cuervos o alimañas negras en cuyos ojos sólo había odio y asco.
    –Es superior a mí –se oponía Doble Dos–, si fueran en ropa interior… un vistazo rápido y se acabó el misterio. Pero vestidas así, ¿es tan difícil entenderlo?, hay que imaginárselas.
    Era una forma de hablar, con la imaginación no era suficiente. Así que Dos se calaba el visor de infrarrojos y jugaba a los recortables con el calor que emanaban aquellos cuerpos que él intuía bajo el chador y les ponía tetas y culos y muslos y vientres tersos y vertiginosos como abismos.
    El tráfico era denso. En lugar de una calle, parecía que avanzábamos por un cenagal. Dark se vio obligado a detener el Abrams. De repente, un cuerpo caliente apareció encima del montón de chatarra y la pantalla se llenó con la deflagración de un lanzagranadas. Seguramente, el fogonazo del RPG-7 fue lo último que llegó a ver Dos. Es posible que pensara, cuando sus ojos tropezaron con el resplandor del cohete mientras rastreaba anatomías, que estaba contemplando las mismas puertas del infierno, abiertas de par en par esperándolo. Bloody empezó a gritar, pero no conseguía entenderle. Parecía que hablaba con la boca llena, como si se hubiera metido a la boca un pedazo de carne demasiado grande y no fuera capaz de cerrar las mandíbulas para masticarlo.
    –¡O’Connob!, ¡O’Connob!, ¡abiba!
    Me estiré y miré por la trampilla. La granada se había llevado por delante la cabeza de Doble Dos y su cuerpo tieso se bamboleaba sujeto por el cinturón de seguridad. A Bloody se le había borrado un costado, un ojo le colgaba sobre el pómulo convertido en una pasta donde se mezclaban su propia carne y los sesos del hispano. La explosión le había amputado el brazo izquierdo y la clavícula asomaba entre los jirones del uniforme, pero se las apañaba para mantener la Browning M2 en posición horizontal con el peso del cuerpo y disparar en abanico. Alargué los brazos, liberé el cuerpo de Dos, lo empujé fuera del tanque y salí a la torreta.

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    La luz parecía haber desaparecido, como si la oscuridad de la cabina del Abrams hubiera subido conmigo, y la calle se había transformado en un túnel oscuro atravesado por millones de estrellas fugaces de siete con setenta y dos milímetros. Los Humvees de escolta barrían con ráfagas de ametralladora los edificios a los lados y un pelotón de marines se desplegaba para proteger el acceso desde los callejones laterales. La radio se había vuelto loca, órdenes y maldiciones se superponían como si en lugar de un grupo de soldados fuéramos una jauría enloquecida al olor de la sangre y la muerte. A Bloody se le acabó la cinta de munición y empezó a boquear, tal vez sólo intentaba cerrar la boca. Otro cohete pasó silbando sobre nuestras cabezas y, en seguida, un tercero impactó contra el blindaje del costado, justo en el momento en que me incorporaba para aproximarme al sargento. Salí despedido del Abrams y caí de espaldas a la carretera, mientras veía un vehículo blanco surgir de la calleja más próxima y acelerar entre las balas trazadoras en dirección a Dark y Bloody. Eso fue lo último que recuerdo haber pensado, que aquel era un coche bomba y que los había alcanzado. Me parecía que estaba contemplando la escena, no a pleno mediodía en una calle de Bagdad, sino en la pantalla de mi monitor de artillero, de modo que allí no había un carro de combate, ni proyectiles ciegos y feroces o un coche cargado de dinamita, sino manchas anaranjadas corriendo en todas direcciones y dos cuerpos escarlatas retorciéndose dentro de una bola de fuego, entre toneladas de acero y placas de carburo de boro.

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