Confesión

Ipswitch, 7 de marzo de 1899

    Estimado Sr. Stephen,
    Nada más lejos de mi intención al escribirle esta carta que distraerle de sus deberes. Por lo tanto, seré breve y procuraré ceñirme al relato sucinto de los hechos que quiero poner en su conocimiento.

    Supongo que recuerda perfectamente a James Maybrick. A pesar de los más de diez años transcurridos, debe resultar difícil olvidar un caso como el suyo, que mantuvo en vilo a todo el país durante meses y que, antes, durante y algún tiempo después del juicio copó escabrosos titulares de prensa.

    Al parecer, ha recorrido diversos penales desde que usted lo condenara a cadena perpetua. Como puede imaginarse, en ninguno de ellos ha pasado inadvertido. Ya fuera por la natural animadversión que, a buen seguro, despertaba este abominable asesino en cuanto sus vecinos conocían la naturaleza de los crímenes que cometió, ya fuera porque en su interior permanecía prendido el germen que le llevara a ejecutarlos, lo cierto es que su paso por ellos ha sido un rosario de altercados, aislamientos punitivos y varios intentos de homicidio.
    Finalmente, su caso ha sido revisado a la luz de las últimas teorías psiquiátricas; de acuerdo con las cuales nos encontraríamos ante un caso de neurosis. Según los especialistas que lo han examinado, Maybrick presenta un desdoblamiento de personalidad con tendencias esquizoides muy marcadas. De acuerdo con este dictamen, ha sido ingresado en fecha reciente en la institución psiquiátrica que yo dirijo.

    No tengo por costumbre tratar directamente con los internos. Sin embargo, como estudioso que soy de las desviaciones de la mente humana me resultó imposible renunciar a conocer en persona al autor de crímenes tan horrendos y execrables.
    La entrevista fue decepcionante. Abandoné la celda de Maybrick con la sensación de haber malgastado mi tiempo intentando hablar con una máscara torva que me miraba de hito en hito, y sin arrancar una sola palabra a su boca, retorcida en una náusea permanente.
    Ya de vuelta en mi despacho, encontré sobre la mesa la carta que adjunto, enviada, al parecer, por Maybrick poco antes de que me dirigiera a su encuentro. Se la envío con la firme convicción de que será de su interés y de que, tal vez, le ayude a desvelar algunas de las claves que dejó sin respuesta el mutismo impenetrable de Maybrick durante su sumario.

    Sin otro particular y quedando a su entera disposición, reciba un cordial saludo.

Firmado, Dr. George McIwin


Ipswitch, 1899

    Muy señor mío,
    Acaso en este punto de una carta proceda una mínima introducción de la que me valiera para presentarme y manifestarle mis respetos. Pero huelga en absoluto semejante despilfarro. Mi persona es de sobra conocida en este desdichado país. Además, habida cuenta del penoso estado social en el que me hallo, mis respetos son algo que usted no aceptaría. Por otra parte, la razón que me impulsa a escribirle es apremiante y me exige la mayor celeridad.

    Yo no soy un demente. Mi afirmación le resultará peregrina considerando las circunstancias presentes. Pero debo mantenerla. Lo que nunca discutiré es si estoy o no loco. Porque, y no me cabe la menor duda, desde que el día dieciséis del mes pasado aquel comité seudocientífico decidiera hacerme ingresar en este nuevo estado psíquico, es una verdad irrefutable que yo estoy loco. Tan cierto y tan indiscutible como aquella otra sentencia, emitida un dieciocho de febrero del año mil ochocientos ochenta y nueve, en virtud de la cual el honorable señor Fitzjames Stephen me convirtió en un asesino.

    Los seres humanos somos hijos de Dios, estamos hechos a su imagen y semejanza, y se nos ha prometido una eternidad de bienestar y felicidad a poco que cumplamos algunos preceptos nada descabellados. No obstante, vivimos afligidos; tenaces como rizomas, la culpa y el abatimiento sojuzgan nuestros corazones.
    El clérigo esgrimirá la tentación y el pecado para aprehender esta ineludible paradoja. El hombre de ciencia aventurará ciertos principios, del todo intangibles, aunque matemáticamente acreditados, que obligan a todos los seres y cosas del universo. El filósofo propondrá un aforismo en el que se condensen y encuentren acomodo las incontables piezas que componen el alma humana. Yo encontré hace tiempo mi propia explicación: todos y cada uno de los actos que enlazados forman la cadena de nuestras vidas están fatalmente determinados desde mucho antes de que los perpetremos, desde mucho antes de que tomemos la determinación de cometerlos, desde mucho antes de que nazcamos siquiera. Abandonamos el lecho reflexionando sobre las acciones que tejerán el nuevo día y no nos damos cuenta de que es un esfuerzo baldío, que todas y cada una de ellas llevaban milenios ya tejidas, esperándonos como una araña espera a su presa. Entonces, cuando los acontecimientos se rebelan, cuando el castillo de conjeturas y apetitos que es nuestra vida se derrumba, desconcertados y sorprendidos, el sufrimiento abre heridas en nuestro espíritu.
    Ahora bien, intente imaginar lo que ocurriría si fuéramos conscientes de que no tenemos ninguna autoridad sobre los avatares que articulan nuestras vidas; de que todo lo pasado y lo futuro habría de ser igual independientemente de nuestra existencia. Dónde quedarían la desilusión, el desengaño, el fracaso, la pena, el orgullo, la cobardía. Dónde quedarían el miedo, la culpa y el remordimiento, los tres pilares que soportan esa deidad atocinada y monstruosa que es nuestra sociedad.
    Yo no soy ni un religioso, ni un sabio. No esperaré junto al Jordan para bautizar con mi verdad a los hombres. Tampoco fundaré una escuela donde discípulos de todo el mundo diseccionen mi verdad con escalpelos o silogismos. Empero, sería cruel conocer el secreto de la felicidad, de la falta de dolor, del equilibrio y no utilizarlo para, en la manera precisa que desde hace siglos estaba dispuesta, evitar la desdicha y la angustia a nuestros semejantes.

    En efecto, he matado a personas. Las observaba mientras paseba por los barrios más humildes de Londres, rostros apagados en ángulos oscuros, ojos sin brillo esquinados en chabolas miserables, huesudas manos implorando limosna, lejanas, consumidas, tristes, devoradas por el sufrimiento. No estaba en mis manos el mostrarles la verdad; por el contrario, sí estaba en ellas la posibilidad de agotar el cáliz de su desgracia.
 6nbsp;  Por lo tanto, y según establece la ley, fui acusado de varios asesinatos y se me encontró culpable. El vivir en sociedad te obliga a aceptar sus arbitrios.
    Sin embargo, no te obliga a aceptar sus caprichos. Desconozco de todo punto el informe que esa pandilla de cotorras con bata blanca han elaborado y que, creo no equivocarme, el responsable de mi última mudanza. Si pudiera conocerlo, rebatiría con argumentos las razones en él contenidas.
    En todo caso, señor mío, quisiera que le quedara claro que no se encuentra ante un loco. Espero que este lamentable malentendido, llamémosle así, se esclarezca a la mayor brevedad. Y espero de usted el mayor empeño en conseguir que así suceda. Hasta ese día solo podré ofrecerle, así a usted como al resto de peones de su graciosa Majestad, mi más sincera indiferencia.

    Atentamente,

James Maybrick

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#Sergio Lozano Sangrador :: slsangrador@gmail.com

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