Todos los besos del mundo

    Le bastaba con cerrar los ojos. Como velas prendidas en la noche por una mano invisible, la negrura comenzaba a poblarse de margaritas. La oscuridad se transformaba en una pradera verde llena de flores blancas y amarillas bajo un intenso cielo azul en el que trazaba piruetas una golondrina, unos pocos árboles alineados en torno a un río que corría manso, un grupo de niños corriendo tras una pelota, unas voces de adultos que tejían la sobremesa a la sombra del porche. Tumbada de espaldas sobre la hierba fresca, ella estiraba las piernas. Movía la cabeza para buscar el ojo ardiente del sol y se lo quedaba mirando fijamente, con los párpados entornados, al tiempo que llevaba la cuenta de los segundos que aguantaba mientras su campo visual iba oscureciéndose hasta quedar reducido a un punto incandescente que flotaba en un universo vacío y negro. Luego, sentía el tacto de una mano tapando su cara.
    –Si sigues con ese juego tonto, un día vas a quedarte ciega, mi niña. Anda, ve a jugar con tus primos.
    Con las mejillas llenas de lágrimas como ascuas despaciosas, ella se incorporaba y estiraba los brazos.
    –Vale, pero ¿me darás un beso, papá?
    Ya daba igual que abriera los ojos o no. Porque, a modo de un mecanismo de relojería al que se ha dado cuerda, aquella escena infantil seguía representándose en su mente y en su corazón, ajenos ambos a la realidad. Y entreveía, enturbiada por los destellos que abrasaban sus pupilas, como un busto aislado del resto del mundo por el raso cielo azul, la cara de su padre, sonriéndole con sus dulces ojos castaños.
    –¿Cuántos besos quiere la niña más bonita del mundo?
    –Muchos, papi, todos los besos del mundo.



    Ninguna otra memoria guardaba del padre que aquella misma tarde abandonó el límpido cielo azul, el herbazal y la caseta junto al río, y se marchó para siempre, abandonándolas, a ella y a su madre. Cada vez que quería evocar ese único recuerdo, orientaba su rostro al firmamento y dejaba caer los párpados, tomaba aire e inventaba formas, rasgos, conversaciones, al tiempo que imaginaba que la brisa abriéndose paso entre sus cabellos eran las manos de su padre.
    A la niñez le siguió la pubertad. Su cuerpo mudó, se pobló de aromas y formas. Más tarde dejó su casa y marchó a la capital a estudiar. Cambiaron sus palabras y su mirada adquirió dimensiones y matices. Aprendió a sumergirse en el océano oscuro y tibio, a dejarse mecer por las olas, a entregarse plena al placer del amor. Se esforzó en olvidar el dolor del desamparo mientras acariciaba cuerpos cuyo calor moría en su piel sin traspasar la escarcha que envolvía su corazón.
    Hasta que una noche soñó que caminaba por un parque solitario y encontraba una golondrina aleteando agonizante entre la hojarasca. Al recogerla no pudo evitar un gesto casi automático y miró en derredor en busca de ayuda, y sólo vio estatuas que lloraban en silencio. Una echadora de cartas le advirtió que el sueño simbolizaba una pena de amor y que el pájaro moribundo era su corazón, que se consumía por la melancolía. Ordenó sus asuntos y, guiada por el inmarcesible recuerdo de los ojos castaños, partió en busca del padre perdido.

    A merced de la brisa que el Caribe precipitaba contra palmeras y malecones imperturbables, a merced de la distancia, a merced de la añoranza como una lepra consumiendo su vientre. Preguntó a hombres con aros de filibustero en las orejas, que la miraban con deseo y le enseñaban tatuajes donde prometían amor eterno a tantas mujeres ya olvidadas. Indagó entre negras de anchas caderas y vistosos vestidos floreados, cobijadas en la sombra, rodeadas de niños chillones, solas, yermas, desiertas, abandonadas. Recorrió puertos donde buscaban amparo los corazones solitarios en las interminables noches que el Trópico convertía en amargos sudarios, aldeas destartaladas haciendo equilibrios en las faldas de cerros selváticos, bulliciosas callejas talladas en la noche por las que deambulaban, como infatigables luciérnagas a la deriva, las prostitutas, asilos de techos derruidos donde seres extinguidos arrumbaban sus desdichas. Buscó por parques y playas, por avenidas plenas de coches y personas avanzando en todas direcciones, con prisa, por plazas recoletas a la sombra de cuyos tamarindos la observaban vigorosos ojos de amantes entrelazados, grises ojos consumidos en singladuras interminables por los despiadados, voraces mares del sur, verdes ojos compasivos de mujeres que contaban historias de amores desgraciados, ojos siempre forasteros, siempre advenedizos, tan distintos de aquellos ojos castaños del padre perdido.
    Cruzó el país varias veces. Esperanzada al principio, animosa y resuelta, desesperada luego, empecinada, exhausta, casi aniquilada cuando cada nuevo indicio le conducía hasta una pared oscura y desconchada al fondo de un callejón sin salida.

    Aferrada al último rastro llegó a una ciudad de provincias varada para siempre en el límite de la selva. Cayucos, papagayos y mariposas gigantes, indios descalzos, bicicletas orinientas, bazares de chinos en la calle principal a modo de un tronco desde el que se desgajaban, unas sobre otras, chozas de adobe. Vagó por las callejas mirando a aquellos extraños a los ojos, duros y ausentes, sin saber qué pregunta hacerles, con el único recuerdo del inmenso piélago azul en el que singlaba una cara de rastros imprecisos, con la referencia, a un tiempo ambigua y cierta como la marca que imprime un hierro candente, de unos labios entreabiertos próximos a su mejilla que le ofrecían, dulces, entregados, un beso, todos los besos.
    Le atrajo la música que despedía una pulpería situada en el extremo de la calle que miraba hacia el mar remoto contra el que se abalanzaba formidable el río Orinoco. Los sábados por la noche, le informaron, servían en ella ron de caña y las parejas bailaban al son de una orquestina. Entró a la sala como una crisálida se encierra en el capullo para convertirse, al cabo de aquella misma noche, pensó, en una mariposa que volaría de vuelta a casa, superada una etapa, desdeñado el padre huido, ya olvidado, ya muerto, acaso siempre imaginado. Entre hilachas de humo que danzaban lánguidas, entre parejas besándose en los ángulos de sombra, entre hombres solos que se tocaban el sombrero y le ofrecían asiento. Sin detenerse, se dirigió hacia la barra improvisada.
    La india vieja que regentaba el local no le preguntó qué quería, no la miró siquiera, se limitó a alargarle un vaso lleno de ron. Comprendió que era una persona anónima más de entre las que llegaban desde el interior de la selva a sacudirse la soledad y el silencio, una mujer ni extraña ni cercana que acudía desde algún cabezo próximo a conjurar el abandono, un navegante sin nombre seducido por los haces de luz que la música despedía en la negrura creciente del ocaso. Así que vació el vaso y se lo devolvió a la vieja, sin mirarla, sin despegar los labios. Y esperó con el brazo estirado a que aquella mujer consumida colocara otro vaso a su alcance. Encendió un cigarrillo y decidió entregarse a la noche, acodada en el mostrador, de espaldas al escenario donde la orquesta remataba una pieza que no había escuchado. Bebió aquel segundo ron y, siguiendo un ritual ya aprendido, esperó hasta sentir el contacto, frío y lejano, del vidrio en la yema de sus dedos, y a un tiempo abrasador, del líquido deslizándose por su garganta.
    Decidió que debía dar por terminada la búsqueda, que debía trasponer, por fin, el umbral de la amargura. Acabaría su bebida, apagaría el cigarro y saldría a la noche para, al igual que hizo su padre, dejar atrás la tristeza, el desengaño, todo lo que su vida tenía de absurdo y baldío. Como si, hasta ese preciso instante, toda su existencia no fuera más que un poso que la india arrojaría al suelo de arcilla antes de servir el siguiente vaso de ron. Se reconcentró y apretó las mandíbulas. Para reafirmar la decisión tomada, a manera de despedida y exorcismo, necesitaba invocar la figura del padre por última vez. Cerró los ojos y comenzaron a abrirse florecillas en la oscuridad mientras la orquesta tocaba los primeros acordes de un bolero. Recorrió la cinta de agua, los árboles en hilera, el grupo de niños, el porche, hasta detenerse en aquellos dulces ojos castaños y una voz dijo “Bésame, bésame mucho” en el escenario y en lo más profundo de su corazón.

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#Sergio Lozano Sangrador :: slsangrador@gmail.com

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