Trepidación

Noches en Barajas a punto de partir
aviones trepidantes y ganas de vivir.
Radio Futura -Trepidación-

    El avión entra en el mar de nubes y rebasa el monte Oiz. En la cabina, el capitán gira la palanca de gobierno hasta que el aparato se estabiliza horizontalmente. Mira a su segundo y le da la orden de desplegar los flaps y el tren de aterrizaje. La aguja del altímetro se mueve, en sentido descendente, a un ritmo acompasado. Sin embargo, a falta de unos dos kilómetros para tomar tierra, el avión se detiene. Como si hubiera encallado en un inmaterial banco de arena suspendido en el aire. El momento de inercia se disipa en una sacudida mínima que pasajeros y miembros de la tripulación no tienen tiempo de advertir.

    En el cercano monte Artxanda, un padre y su hijo intentan hacer volar una cometa. Hay poco viento y el pequeño artefacto de colores cae una y otra vez al suelo. Al final, el niño se cansa del juego. Su atención se pierde en el valle que se abre a sus pies. Sus ojos lo recorren de oeste a este: el borrón azulado del mar Cantábrico, el aeropuerto con su pista como una cicatriz blanquecina, la muralla del monte Oiz. Entonces repara en el avión, que surca el aire con las luces de posición encendidas. Lo ve cabecear y dirigirse decidido hacia la pista del aeropuerto de Loiu. Desde su posición no se escucha el ruido de los motores, por lo que el niño tiene la sensación de que el avión es una cometa refulgente en el extremo de un hilo invisible. El padre lo llama a voces, pero el niño ni siquiera lo escucha. Ha entornado los ojos, intentado medir el avance de la aeronave. Ha extendido el dedo índice, a manera de una columna que une el avión y un alto edificio de ladrillo rojo en el centro del pueblo. El padre insiste en su llamada y el niño voltea la cabeza, sin mover la mano, primero hacia el adulto, luego hacia el valle: más allá de la autovía, donde los automóviles pasan veloces, más allá de la línea de ferrocarril en la que un convoy, tras haberse detenido un instante, retoma la marcha, y más cerca del cielo con algunas nubes navegando a la deriva, como un fotograma congelado que enfatiza el movimiento de su alrededor, el avión permanece inmóvil en la vertical de las casas.



    –¿Un problema en el espacio aéreo?, ¿qué clase de problema?
    A se incorpora en la butaca, apoya ambos antebrazos en la mesa y se cambia el auricular de oreja. La luz que se cuela por la ventana genera un cono oblicuo en el que se agitan diminutas partículas de polvo.
    –Comprendo. Un Airbus A340. En las proximidades del aeropuerto de Bilbao.
    Se concentra en los corpúsculos brillantes. Suben y bajan, algunos se apresuran de derecha a izquierda o planean durante una fracción de segundo.
    –Un avión con pasajeros flotando en el aire sobre una población de casi siete mil habitantes.
    En algún lugar de su mente se activa el modo pánico, una técnica de autocontrol para enfrentarse a situaciones de máximo riesgo. Sin apartar los ojos, al tiempo que visualiza un sólido de más de cien toneladas inmóvil en el laberinto de polvo y luz, lanza las instrucciones a seguir para confinar el suceso a una escala racional.

    –¿Me escucha, vuelo IB447?
    La pregunta resuena en la torre de control del aeropuerto de Loiu, atraviesa el éter en forma de onda electromagnética, rebota en un satélite, rehace su camino en la atmósfera y alcanza el receptor de radio del avión. No recibe respuesta. El capitán sigue con la mirada fija en el panel de control. El segundo oprime el conmutador del tren de aterrizaje. Y en la cabina, pasajeros y tripulantes, suspendido también el tiempo, permanecen paralizados en sus asientos. Algunos miran por las ventanillas una imagen estática conformada por polígonos de colores cálidos, rodeados y penetrados por manchas irregulares de colores fríos. Otros, con la cabeza gacha, aprietan los puños o las mandíbulas. En la parte trasera, una azafata intenta atrapar al vuelo un vaso de plástico que ha caído del carro, le ha golpeado en la rodilla izquierda y ahora se cierne a medio metro del suelo.
    –IB477, repito, es un mandato imperativo, ¿me escucha?

    El operativo de emergencia consume las primeras horas en evacuar a toda la población en un radio de dos kilómetros. Bajo la sombra acechante de la aeronave, detenida sobre dos urbanizaciones, una escuela infantil y la plaza del mercado, dotaciones de bomberos, militares, policías y personal sanitario participan en la operación.
    Al haberse prohibido el tráfico rodado en todas las vías que cruzan el valle, los habitantes del pueblo y los trabajadores del polígono industrial cercano abandonan la zona afectada a pie. Quien más quien menos piensa en la mujer de Lot, que quedó convertida en estatua de sal por mirar atrás mientras abandonaba Sodoma, así que todos caminan con los ojos fijos en el suelo. Además, deben hacerlo en silencio. De hecho, si bien las luces de los vehículos de emergencia están activadas, no se escucha ninguna sirena, ningún megáfono desgrana consignas o mensajes. Al parecer, los miles de millones de átomos que constituyen la aeronave, incluidos los de pasajeros y equipajes, así como los de todos los cuerpos, sea cual fuere su estado, contenidos en el vehículo habían empezado a vibrar, resultando una tensión intermolecular capaz de compensar todas las fuerzas a las que estaba sometido el avión, entre ellas, la fuerza de atracción gravitatoria y el movimiento que lo acercaba a la pista de aterrizaje. Y el sonido, al no ser sino una onda producto de una vibración, podría alterar el sumatorio de fuerzas y provocar un fatal desenlace.
    –Es la única explicación lógica para este fenómeno –un señor de bigote, el representante del partido de la oposición en el gabinete municipal de crisis, sufre un ataque de tos al escuchar el sintagma explicación lógica, y el eminente físico de la universidad hace una pausa y se queda mirándolo fijamente–. Si quieren un nombre, pueden llamarlo trepidación.
    –Si he comprendido bien, usted nos está diciendo que el avión tiene –el alcalde mira con el rabillo del ojo al señor del bigote, afianza la voz y adelanta la cabeza– el baile de San Vito.
    El erudito mira, uno a uno, a los miembros del gabinete. Toma aire.
    –Efectivamente, el avión tiembla. Y tiembla tanto que sus moléculas se han separado lo suficiente como para que la gravedad no vea un objeto compacto, sino una multitud de pequeñas partículas, cada una de las cuales tiene un peso tan ínfimo que escapan a la fuerza de la gravedad. Estamos hablando a una escala microscópica, por eso nuestros sentidos siguen percibiendo un avión con sus alitas y todo.
    –¿Cuánto puede durar… ahí arriba? –pregunta el concejal opositor a pesar de la mirada reprobatoria del resto.
    El científico se quita las gafas, pliega las patillas y se las guarda en un bolsillo de la chaqueta.
    –Hasta que se canse de temblar. En cuanto se pare uno sólo de los átomos, esta historia se acabó y, cabe suponer, las leyes fundamentales de la física volverán a imponer su criterio.

    El padre se ha unido a su hijo. Mudos uno junto al otro, contemplan, en la pantalla panorámica del valle, las columnas de personas que avanzan entre ráfagas de luces azules y amarillas. La luz ha empezado a declinar y la sombra que el avión proyecta se mueve hacia el este, como contagiada por el laborioso tránsito que tiene lugar a ras de tierra. A escasos metros de ambas figuras, la cometa se arrastra sobre la hierba, impulsada por la brisa que llega desde poniente.

    En el tablero de control se escucha un crujido. El radioaltímetro se pone en marcha. El capitán repasa el resto de relojes, cruza su mirada con la de su segundo y éste confirma que el descenso se está realizando a una velocidad adecuada. Empuña el timón y siente, extrañado, una sensación de entumecimiento en los hombros.
    –Ha oscurecido –piensa–, ha oscurecido de repente.
    Echa un vistazo por la ventanilla lateral, pero Derio queda ya atrás, por lo que no puede apreciar la escena que allí tiene lugar. Fuera de su alcance queda, también, la cima del monte Artxanda, una mole verdosa más de las que delimitan el valle, y en ella un niño que regresa a casa de la mano de su padre arrastrando una cometa.
    –¿Está bien la radio? –pregunta al copiloto, porque acaba de darse cuenta de que no les llegan las habituales instrucciones desde la torre de control.
    –Ahí abajo ocurre algo –le responde el segundo sin escuchar la pregunta.
    El capitán levanta la vista del panel y sus ojos chocan contra las luces de la pista, encendidas en su totalidad, incluidas las reservadas para los casos de emergencia, y contra el centelleo de los vehículos de bomberos del aeropuerto.
    –Según el radar, somos el único objeto que se aproxima a Loiu, capitán.
    Se miran el uno al otro. El capitán enarca las cejas y ladea la cabeza, toma el aparato de radio, oprime el pulsador y dice, guiñando un ojo a su copiloto:
    –Aquí vuelo IB447 preparándose para tomar tierra; esa fiesta que tenéis ahí abajo, ¿es privada o podemos participar?

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#Sergio Lozano Sangrador :: slsangrador@gmail.com

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