Justo a tiempo

    Era un asunto sencillo y difícil. Como todo en esta vida, pensé.
    –Como todo en esta vida, chaval –mi compañero de despacho estiró la cabeza, miró a mi interlocutor de arriba abajo, me sonrió y volvió, aparentemente, a sus cosas.
    Sentado en frente de mí, el usuario 10283, Arturo González, alegaba que llevaba más de tres años apuntado al gimnasio de musculación –él decía fitness– y que, sin embargo, no le constaba haber pagado ningún recibo bajo ese concepto en los últimos meses. Tomé la cartilla bancaria que Arturo había dejado sobre mi mesa y di un rápido repaso a los asientos. Efectivamente, había cargos de su tarjeta de crédito, extractos de pagos en diversos establecimientos, anotaciones relacionadas con los recibos usuales en nuestra civilización –luz, gas, tasas municipales, pólizas de seguros…–, pero ningún epígrafe tenía que ver con el polideportivo.
    –Ningún epígrafe tiene que ver con el polideportivo –remachó mi compañero.
    Pasé hasta la primera página de la libreta y cotejé que los dígitos de su cuenta bancaria se correspondieran con los que teníamos grabados en su ficha de usuario. Bingo, resumí para mis adentros.
    –Bingo –susurró mi compañero, sin apartar las manos de su teclado, pero sin despegar los ojos del cuadernillo que manejaban las mías.


    Informé al usuario que, a causa de un error informático –en verano habíamos cambiado nuestro sistema informático y durante el proceso de migración de datos de la vieja aplicación a la nueva se habían cometido múltiples fallos, a saber, en su caso concreto, la asignación de una cuenta bancaria obsoleta que dormía el sueño de los justos en algún recóndito lugar de la base de datos antigua–, las cuotas que él echaba en falta habían sido enviadas a otra persona –hasta aquí la sencillez del problema–, una tal Kirsten Olson –en este punto se enredaba la cuestión–.
    –¿Kirsten? ¿Le habéis estado cobrando mis clases a mi ex? –su cara, la de Arturo, empezó a congestionarse– ¡Esa zorra y su abogado me van a sacar el hígado! –y rompió a sollozar.
    Mi compañero –conviene aquí apuntar que él también pasó ahora hace, poco más o menos, un año, por un trance similar, por cierto, bastante traumático, a consecuencia del cual sufre secuelas psicológicas y económicas– se puso en pie de un brinco, empujó mi silla sin ninguna contemplación para hacerse sitio y tomó las de Villadiego sin volver a opinar sobre el, a esas alturas, espinosillo asunto.
    Arturo se incorporó como accionado por un resorte. Abrió la boca, supongo que para añadir alguna explicación, acaso para desahogarse, seguramente con el firme propósito de remontarse en mi árbol genealógico hasta los tiempos del Homo antecessor, pero no consiguió articular palabra. Aproveché su silencio para intenté hacerle comprender que el hecho de que la zorra no hubiera devuelto los recibos no tenía por qué ser, en ningún caso, una mala señal. Mi segunda línea argumental consistió en hacerle ver lo fácil que resultaría demostrar, ante cualquier juez, que se trataba de una negligencia administrativa en ningún caso imputable a su persona. Pero cuando, ya con las pupilas como dos puntas de alfiler y las carótidas transformadas en ofidios prendidos a su cuello, Arturo comenzó a inclinarse lentamente hacia mí y yo retrocedí dos pasos hasta topar con la pared y él superó, a cuatro patas, el escritorio y acercó tanto su cara a la mía que yo podía oler, en su aliento, la mierda que germinaba en sus intestinos, dejé a un lado los argumentos, deseché la vergüenza, mandé a paseo el orgullo y grité suplicando ayuda.
    Mi compañero irrumpió en el exacto momento en el que Arturo, como atravesado por una descarga eléctrica, se derrumbaba entre convulsiones sobre el estante de los expedientes. Traía el desfibrilador automático de la cancha polideportiva.
    –Justo a tiempo, chaval –dijo mi compañero mientras le desabotonaba la camisa a Arturo.
    Justo a tiemo, pensé aliviado. Igual por la indisposición cardiovascular del pobre usuario. Igual porque esa misma indisposición había impedido que yo acabara, lo que son las cosas, pues eso, indispuesto.

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#Sergio Lozano Sangrador :: slsangrador@gmail.com

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