Rescatando :: 3

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Al cabo de unos minutos, un objeto contundente impacta contra la puerta. De inmediato, un segundo golpe hace saltar astillas de la madera. Las bisagras crujen, unas manos invisibles entrechocan vasos y termos en un inopinado brindis, la bandera roja y amarilla se escora, el señor del retrato, perdido un momento el equilibrio, la serenidad, la majestad, incluso, trastabilla y cae al suelo.
A excepción de Alberto, cuya mirada persevera en las lágrimas temblorosas de la lámpara que pende del techo, los presentes corren hacia el extremo opuesto de la habitación. Ellos se acomodan el paquete. Ellas se estiran la falda.
Una tercera acometida y una bisagra sale despedida, se desliza por el suelo de parqué y detiene su carrera a escasos pasos del grupo. Soraya ahoga un grito.
–Hay que ponerse en contacto con el Presidente cuanto antes –exhorta Cristóbal–. Esto parece el asalto final.
Luis se hace sitio en la piña de brazos y piernas, caras crispadas y manos que sudan, aparta de un codazo a Pedro y aferra a Soraya por los hombros.
–Llámalo, o no lo llames, o mejor lo llamas, o tal vez luego, pero no, ahora, haz lo que te venga en gana, pero toma una decisión, ya, ahora mismo –se atropella, como si su boca fuera una aorta sajada de la que brotara un borbollón incontenible de palabras–, porque esos tipos van a entrar, mira esa puerta y dime si te queda alguna duda, así que toca decidir, ¿pedimos nosotros el rescate o nos lo imponen ellos?
Soraya mira de reojo al resto y los ve asentir compulsivamente. Respira hondo. Alarga la mano hacia el móvil que guarda en el bolso, colgado del espaldar de su silla. Demasiado tarde, no obstante, porque la cuarta embestida abre las hojas de par en par.
rescatando
En el vano de la puerta se recorta la silueta de Rajoy. Detrás suyo, unas sombras en cuyos rostros oscuros destellan dentaduras de diseño, con abultados portafolios e indumentarias negras, en un falso segundo plano, parecen empujarlo. No para que acceda a la sala ahora que el paso está expedito, sino para que diga lo que ha venido a decir. Lo único que ha venido a comunicar. Así que Rajoy levanta la mano derecha, en la mano el dedo índice inhiesto, su boca se entreabre y a los labios asoma la punta de su lengua. Sin embargo, en el último momento sus ojos se enredan en la unidad de destino en lo universal, duda y queda en suspenso. Una de las presencias oscuras se le acerca por detrás y le susurra algo al oído.
–Nosotros, Luisito, lo pedimos nosotros. Faltaba más –dispara Mariano y una sonrisa bonachona le tergiversa la jeta.
 

#Sergio Lozano Sangrador – slsangrador@gmail.com
 
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