Nocturno

    1

    Odio Buenos Aires. Lo pienso y ya me estoy arrepintiendo de haberlo formulado. Es imposible odiar una ciudad, unas calles que, apenas se encuentran, ya se alejan, una plazuela con mujeres hablando a la sombra de los jacarandaes. Por mucho que nos esforcemos, es imposible odiar el sitio en el que nacimos y crecimos, porque eso equivaldría, de alguna manera, a odiar lo que alguna vez fuimos.
    Odio los recuerdos que me trae esta ciudad: un solar en la calle Cochabamba que ya no existe porque en él han edificado un rascacielos: aquella esquina hasta la que caminábamos para ver el inicio de la pampa ardiendo bajo el ocaso incandescente, hoy convertida en un nudo más dentro del laberinto de avenidas: el parque Lavalle por el que paseaba de la mano de mi padre y que ahora sólo me recuerda su ausencia. Si pudiera arrancar de mi corazón todas las imágenes que he retenido y las fuera clasificando en gavetas ordenadas según el lugar donde sucedieron, la correspondiente al barrio de San Telmo reuniría las mejores y las peores. Si enfrentara unas y otras sobre una balanza, el fiel se inclinaría del lado de la amargura. Tal vez esta sea la razón por la que abandoné Buenos Aires. Y ahora que he regresado es como si un terremoto pusiera patas arriba los estratos en que ha ido organizándose mi memoria, de manera que vuelvo a revisar los episodios que alimentan el odio y el rencor. Revivo, una vez más, el accidente en el que falleció mi papá –mi madre murió cuando yo era muy niño y de ella sólo guardo impresiones sueltas, como fragmentos de un objeto que nunca llegamos a ver entero, pero que nos permiten imaginar hasta el último detalle de su aspecto–. Rescato el despacho del notario Arsuaga, mi madrastra sentada en un canapé junto a sus dos hijos, el día en que se leyó el testamento en virtud del cual mi padre nombraba heredera universal de todos los bienes a su segunda esposa. Vuelvo a sentir en mis ojos la carbonilla que se cuela por la ventana de guillotina mal cerrada y rememoro el traqueteo del tren, la columna de humo estirándose paralela al Río de la Plata, Buenos Aires reducida a una estampa en dos dimensiones que se aleja poco a poco.

    En el año mil novecientos treinta y siete dos expediciones polacas exploraron el territorio comprendido entre las provincias de Antofagasta, en Chile, y Catamarca, en Argentina. El objetivo de ambas era ascender algunas de las cumbres más altas del continente americano, así como cartografiar aquellas tierras cuya climatología extrema había hecho inviable a lo largo de la historia el asentamiento humano. Al retornar a la civilización, los polacos informaron de la riqueza mineral de la región. Así que cuando acabó la Gran Guerra, el noroeste de Argentina era un hervidero de empresas extranjeras en busca de oro, plata y cobre.
    Yo firmé con la británica Atacama Minerals, en Catamarca. El director de la sucursal, un ingeniero de minas de Bristol que se había pasado las dos terceras partes de su vida buscando metales preciosos en la selva, me señaló la región que debía rastrear en un mapa desplegado sobre el suelo porque acababan de abrir la oficina y todavía no habían llegado los muebles desde la capital.
    Tardé una semana en llegar a mi base de operaciones, Fiambalá, una pequeña iglesia encalada rodeada de ranchitos de adobe entre el desierto y los Andes. El cacique local me alquiló una pieza en su casa y una barraca para guardar mis herramientas. Allí era el único blanco, y los niños se acercaban a rozar mi pierna mientras montaba y se disparaban tan pronto como descabalgaba, gritándome en quechua desde no menos de cinco metros.
    Mi trabajo consistía en recorrer el altiplano que en dirección oeste llevaba a tierras chilenas. Acompañado por un nativo encargado del cuidado de las mulas que componían nuestra caravana, de cazar y cocinar, trazaba itinerarios de entre veinte y treinta días. Recogía muestras de rocas que luego enviaba a Catamarca para su análisis, estudiaba sobre el terreno plegamientos y fallas, medía cerros, tomaba notas y completaba los mapas que me había facilitado el ingeniero ubicando lagos salados, cañadas y afloramientos de materiales que podrían interesar a la compañía.
    A finales de febrero, la primera nevada sobre el Cerro del Cóndor nos obligó a adelantar la vuelta. La llegada del invierno suponía el fin de la temporada de prospecciones; por lo que desmontamos el campamento y tomamos rumbo hacia Fiambalá. En las afueras del pueblo esperaba el carromato. Digo afueras y carromato, y nada de esto es exacto. Porque resultaba casi imposible establecer el límite entre el villorrio y la naturaleza que lo asediaba: la arena avanzaba libre por las estradas, saltaba las cercas alrededor de las haciendas, se acumulaba en los costados de las construcciones y sobre los pocos enseres. Y porque el artefacto más parecía una nave desarbolada por una tormenta que hubiera marchado a la deriva durante décadas hasta encallar en aquel mar hecho piedra. Había visto vehículos similares en el cinematógrafo, autobuses en blanco y negro surcando carreteras interminables por las llanuras de Texas, camionetas que dibujaban una estela gris en un cielo que yo imaginaba azul, colectivos desde cuyas ventanillas saludaban mujeres con los brazos y hombros desnudos bajo una lluvia de confeti, pero nunca hubiera imaginado encontrar uno así en la puna.
    Una figura desgarbada fijaba un afiche a escasos metros. Ordené a Dani que guardara las mulas y me acerqué a conocer al extraño. Todo en él era raído y mostraba el efecto del desgaste: los tacones desiguales de los zapatos de rejilla, el traje cruzado de dos botones con los dobladillos tazados, el sombrero borsalino sin cinta. Probablemente era viejo. Las bolsas bajo sus ojos, la papada vencida, el pelo ralo y canoso delataban su edad, al igual que el gesto derrotado de sus movimientos. Estaba solo. Como si fuera el último superviviente de una estirpe aniquilada, batiéndose en una retirada sin esperanza ni amparo.
    Le saludé sin bajar del caballo. Su mano derecha surgió de la bocamanga como una alimaña que esperara al acecho, trazó una voluta en el aire y señaló el cartel. En el fondo de sus pupilas, ese lugar profundo donde cuerpo y espíritu aún conforman la misma sustancia, prendió una llama.

nocturno1
    –El Gran Orsini y su teatro de títeres. Después de recorrer los mejores teatros de Europa, en gira mundial para llevar su arte a los confines del mundo conocido. Esta noche, para deleite de chicos y grandes, de nobles y plebeyos, única función en Fiambalá.
    Continué en dirección al colectivo. Desde los ventanucos me observaban las criaturas del universo que arrastraba Orsini, atónitas, eternas, escépticas, armadas con fieltros y lanas, con ojos de baquelita indiferentes a la luz y a la oscuridad, a la alegría y al dolor, enfundadas en tafetán y lino, inmunes al deseo.
    La comunidad entera se congregó para asistir al espectáculo. El furgón hacía las veces de transporte, vivienda y escenario. El artista había acondicionado una tarima en la parte baja del autobús, la cual se extendía a modo de proscenio. Escondido en el espacio reservado a equipajes y herramientas, el Gran Orsini animaba las marionetas y manipulaba los controles de luz y sonido. De vez en cuando, como ángeles aleteando en un viento oscuro, sus manos sobrevolaban la escena en un destello de terciopelo.
    La obra se titulaba Variétés y estaba organizada en actos protagonizados por uno o dos personajes, tras cuya actuación el movimiento del telón daba paso a un nuevo decorado y a una nueva historia. El malogrado príncipe de Elsinor abrió la función, atisbando desde una atalaya de su castillo la planicie mineral. Aquel muñeco sombrío y triste provocó risas nerviosas entre los indios, que se transformaron en un silencio supersticioso cuando extrajo de un bolsillo del jubón una pequeña calavera y comenzó a recitar su monólogo. A continuación, la voz de Carlos Gardel abrazó a la audiencia y una pareja entrelazó sus cuerpos a la luz de un único foco de luz, Tony el pagliaccio desbarató unos malabares, Mae West cantó sensual contra un decorado de rostros masculinos.
    Me resultaba inverosímil emplazar aquellas marionetas en marcos como la Scala, la Opera de París o la Semperoper. Los niños sentados en esterillas sobre el suelo de tierra y los mayores de pie o en taburetes traídos de casa, los vidrios sucios, la carrocería descascarillada y con golpes, todo parecía formar parte del espectáculo. Como si los indios, las chozas levantadas entre guijarros, las montañas, el cielo inabarcable, el tiempo incluso, fueran una invención de El Gran Orsini, que los había conjurado al descorrerse el telón. O acaso, ahora estoy seguro, como si al titiritero le resultara perentoria la carencia y su supervivencia sólo fuera viable en un lugar como Fiambalá, una frontera contra la cual se abalanzaban el desierto y la nada.
    La voz en off de Orsini anunció el último acto.
    –Nocturno Opus 9 número 2 en si bemol mayor, de Frédéric Chopin.
    Un murmullo de protesta se extendió en las primeras filas. La cortina volvió a abrirse para mostrar la escena en penumbra. Un foco materializó en un lateral al pianista. El títere se desplazó hacia el centro, donde el círculo de luz se abrió descubriendo un piano de cola, giró sobre sus talones para enfrentar al público e hizo una reverencia. Súbitamente, sonaron los aplausos. Y con la ovación se desvaneció la silueta de los gigantes andinos, desapareció la llanura de hielo y piedra, los ponchos y el atardecer, suplantados por un patio de butacas y palcos suspendidos en el aire, sobre los que se derramaba la luz de una lámpara de araña colgando entre arabescos y frescos. Se hizo el silencio y las primeras notas se abrieron paso entre los asientos como regueros de un río que se desborda una vez reventados los diques de contención.
    Sentí que algo rozaba mis cabellos y volví la cabeza. A mi lado se sentaba mi papá. Cruzándose por delante suyo, una mujer se inclinaba hacia mí y su mano dibujaba sortijas en mi cabeza. Mi padre le habló al oído y ella calló mientras lo escuchaba, bajó los párpados un segundo y sus labios se entreabrieron. Luego sonrió, abrió lentamente los ojos y me tomó de la barbilla. A esos ojos se asomaba un niño, y en las pupilas de ese niño, que era al mismo tiempo el niño que yo había sido hacía tantos años y el niño que era yo en ese preciso instante, se reflejaba mi padre, distendido, mirando el escenario con el telón aún echado, el foso de la orquesta donde unas figuras lejanas afinaban sus instrumentos y la platea que empezaban a ocupar hombres de esmoquin y mujeres con impertinentes. Permanecí quieto mientras aquella mano tibia acariciaba mi mejilla, sin entender aquellas palabras que mi mamá me dirigía, pero que transmitían dulzura y cariño, fija mi mirada en el rostro de mi papá. Hasta que enmudeció el piano, la función acabó entre aplausos y vítores, y escuché las pisadas de los espectadores mientras salían del recinto, el chasquido al apagarse la iluminación, una llave girando en una puerta lejana. Entonces, me levanté y caminé a tientas entre las butacas vacías, y salí al piso de tierra, atravesé los corros de indios que charlaban en su lengua metálica y me miraban con sus ojos sin fondo, porfié con la arena hasta mi alojamiento y me dejé caer sobre el jergón acompañado por la noche más tenebrosa.
    A la mañana siguiente, me desperté sobresaltado. Pesados copos de nieve golpeaban el ventanuco de mi habitación. Me eché una cobija por encima y corrí hasta la entrada. Cielo y tierra constituían una misma sustancia, un resplandor blanco en el que la luz semejaba un fluido espeso y los volúmenes se percibían a modo de sombras. No conseguí distinguir la buseta de Orsini a un costado del pueblo. Sentado en el porche, el alcalde observaba la nieve derrumbándose sobre estancias y montañas.
    –¿El titiritero? –le pregunté.
    Se encogió de hombros y señaló con el brazo en dirección al paso de San Francisco.

    2

    Odio reencontrarme con esta ciudad que parece crecer y cambiar a velocidad vertiginosa por el puro gusto de echarme en cara que me he convertido en un extraño y que nunca me perdonará el haberla abandonado, que no hay vuelta atrás en el camino que emprendí. No he regresado, en todo caso, para quedarme. Sólo estoy de paso: he venido a exhumar el principio de una historia para, así, conseguir darle un final.
    El Gran Orsini, en aquel entonces simplemente Jacob Orsini, llegó a Buenos Aires huyendo de la guerra en Europa. Este es el único dato fiable que he conseguido: embarcó en algún puerto de la Francia libre, probablemente Marsella, cruzó Mediterráneo y Atlántico y desembarcó en la navidad de mil novecientos cuarenta y uno en América.
    El resto de la historia, los antecedentes y los hechos ulteriores, permanece en la oscuridad. He buscado compañeros de éxodo entre la comunidad italiana, he indagado en teatros, en inmigración, también he recurrido a antiguas amistades de mi padre. Sólo he conseguido reunir anécdotas, sospechas, impresiones personales. Cada amanecer me sorprende desvelado en la habitación del hotel, imaginando que el techo es un tablero sobre el cual dispongo las piezas del rompecabezas, una y otra vez, una y otra noche, sin llegar a completarlo.
    Había actuado en el local de la asociación italiana Unione e Benevolenza, en pequeños teatros y cafeterías de barrio. Si bien nadie recordaba si ya entonces se hacía llamar El Gran Orsini o si usaba otro nombre artístico, sí les resultaba claro que el suyo era un espectáculo de títeres. Recordaban los tangueros, una descosida Mae West de labios grotescos, el muñeco tragicómico de Hamlet. Coincidían en la impresión que dejaba el europeo, como ese regusto que perdura en la lengua incluso horas después de digerir la comida que lo ha producido, una certeza, a un tiempo vaga y evidente, de que Orsini vivía en permanente fuga, que dejar atrás Italia y el viejo continente, más allá de la guerra y la amenaza de la muerte, no era sino consecuencia de una inercia carente de propósito originada en una probable huida inicial que nunca llegaremos a conocer. Ninguno acertó a describir el piano.

nocturno
    –Un Petrof negro, hecho a escala con chapas de marquetería. Su anchura es ligeramente superior a la que le correspondería si guardara la relación con el resto de medidas; seguramente para que quepa el teclado completo de ochenta y ocho teclas. No lleva ruedas ni pedales.
    Y si en algún momento hubieran alzado la tapa, pero era imposible que durante la función, cuando se descubría la caja de resonancia para que el sonido brotara alto y claro, nadie se acercara lo suficiente, habrían admirado las barras armónicas, el bastidor y los puentes. O si hubieran pulsado una tecla, y para ello deberían haber encontrado la maleta donde Orsini ocultaba el piano nada más cerrarse el telón, la habrían visto bajar y habrían escuchado el macillo golpeando la cuerda. Pero ninguno acertó a describir el piano. Ninguno recordaba el instrumento, ni las manos en constante movimiento, ni siquiera el vehículo parqueado cerca del local, aunque aún estuvieran vivas en su memoria las sensaciones que experimentaron durante la actuación del titiritero. Sensaciones que, a todas las personas con las que hablé, les trasladaban a la infancia, a callejones iluminados por una luz apical donde había quedado apresado el niño que todos ellos fueron alguna vez, alguna remota vez.
    Una única función y El Gran Orsini dejaba el barrio: una mañana se le vio por Lanús, más adelante estuvo en Ezeiza, algunos lo vieron días después abandonando Lobos tras haber actuado la noche anterior en un cabaré. Y un atardecer su camioneta recaló en Fiambalá.

    Preparé una mula con provisiones y una tienda de campaña, y ensillé una segunda montura para mí. Sin la nieve, ni siquiera hubiera pensado en la posibilidad de alcanzar a Orsini; pero en las condiciones que debía encontrarse el paso de San Francisco, le resultaría muy complicado franquearlo y llegar a Chile. Yo calculaba que no podría ir más allá de las primeras rampas del puerto, de modo que se vería obligado a acampar entre Cortaderas y Cazadero Grande.
    La rodada desaparecía en Las Angosturas. Allí, los animales hundían por entero los cascos en la nieve. Apenas corría viento y los copos habían dejado de caer, pero la nieve acumulada dificultaba la progresión. Fuera de la época de invierno, se tardaba poco más de tres horas en recorrer la quebrada; sin embargo, en aquella ocasión aún no había rebasado el paraje cuando empezó a caer la oscuridad. Monté un vivac y pasé la primera noche.
nocturno0    Al día siguiente arreció la nevada. Antes de salir al valle de Chaschuil tuve que bajarme de la mula y proseguir a pie. Por las laderas de la cordillera de San Buenaventura desfilaban grupos de vicuñas que me observaban en la distancia y continuaban valle abajo siguiendo el río en dirección contraria a mi avance. Ya estaba oscuro cuando alcancé los barracones de Cortaderas. Mientras derretía nieve para hacerme una sopa caliente intentaba convencerme a mí mismo de que El Gran Orsini estaba cerca.
    –Mañana le daré alcance –me repetía. Aunque en aquella vasta extensión oscura que se abría ante mis ojos la mía era la única columna de humo.
    Durante la noche creí escuchar la llamada del piano. Como un espectro que vagara por la planicie, solo y atrapado entre los contrafuertes andinos, arrastrando el secreto de su condena en aquel desierto amordazado por la nieve. Soñé con el teatro Colón, con la escalinata de acceso cubierta por una alfombra roja de terciopelo, con una balaustrada recorrida por voces distantes, con un telón echado que agitaban formas moviéndose del lado del escenario, con un mundo encerrado en unos ojos brillantes en cuyo interior la mano de mi mamá resbalaba por mi cara. Finalmente, exhausto, me dormí.
    El tercer día amaneció bajo una luz irreal. Las nubes se habían dispersado y en el cielo raso lucía el sol. Montañas y valle estaban cubiertas por un manto blanco infinito. El tiempo parecía haberse detenido. Me incorporé y descubrí el colectivo dos o tres kilómetros más adelante. Debía de haber patinado en la carretera helada hasta precipitarse por el talud lateral.
    De la puerta entreabierta del conductor partía un rastro de sangre que se perdía en la ribera. Lo seguí y encontré el cuerpo de Orsini, casi cubierto por la nieve, tumbado boca abajo en el lecho del río. En su rostro se confundían los cristales de hielo y las astillas del parabrisas que se le habían clavado en el accidente. A través de la ropa desgarrada se apreciaba un ancho hematoma en el pecho. Su brazo derecho era un amasijo de huesos y cartílagos. La mano izquierda aferraba el asa de una maleta aplastada que contenía el piano destrozado. Rebusqué en el surco dejado por Orsini en su huida definitiva, la que le conducía a ese territorio de paz donde se sofocaría la llama que ardía en lo más profundo de sus ojos, rebusqué en los pozos helados, en torno a la camioneta, entre marionetas y restos de atrezo despedidos durante la caída, en el portaequipajes.
    A media tarde, los círculos de los zopilotes eran tan bajos que algunos tocaban con la punta de sus alas la parrilla del autobús y las mulas bufaban nerviosas, tironeando enloquecidas de las correas que las mantenían sujetas. Envolví el cadáver en una lona de hule y lo oculté bajo la nieve. Resignado, guardé en una caja de cartón los fragmentos del piano que había conseguido reunir, liberé a las caballerías y me alejé valle abajo, aprovechando la huella que yo mismo había abierto por la mañana.

    3

    El buque se adentra en el océano Atlántico. Desde la cubierta busco las luces de Buenos Aires, y más allá Monte Caseros, Sunchales, Charata, los Andes como cíclopes custodiando el paso de San Francisco, las etapas del trayecto que siguió Orsini y que yo he recorrido, en vano, desde que hace un año abandonara Fiambalá. Reconstruí el piano pero no he conseguido invocar su música. Estoy solo.
    La quilla del barco revela en las aguas la línea vacía que a cada segundo me acerca a Europa. En algún lugar, una aldea o una capital, el taller de un artesano o un bosque en medio de la estepa, espera la llave que me permitirá volver a abrir el teatro Colón, donde me aguardan mis seres queridos y el tiempo que murió con ellos, esa vida ya pasada fuera de la cual nada tiene sentido.

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#Sergio Lozano Sangrador :: slsangrador@gmail.com

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