Tierra arrasada

Si los huesos de los muertos hablan
¿por qué vamos a callar los vivos?
Humberto Ak’abal (poeta maya quiché)

    Me llamo Tiburcio Utuy, soy hijo de la montaña. Ahorita vivo en San Antonio Ilotenango con mi segunda familia. Pero nací más al norte, en la comunidad Ilom del municipio de Chajul, como a cuatro días de camino desde aquí. Allí me crié y me hice un hombre. Allí viví con mi primera familia hasta que los milicos me la mataron. Fue en marzo de mil novecientos ochenta y dos. Lo recuerdo igual que si fuera ayer.
    Habíamos sabido que andaban gentes armadas en la selva. Dizque más allá de Tzalbal los soldados levantaban a los hombres en camiones y ninguno retornaba. Y corrían a las mujeres, ni siquiera las niñas o las viejas más entecas se libraban. Así estuvimos más días que dos semanas, sin atrevernos a acercarnos a Jua en busca de noticias.
    Una mañana vimos columnas de humo en lo alto de los cerros, para la parte de Ixcán. Nos asustamos más aún. José Sam hizo un atado con dos mulas petisas y bajó por el camino grande para dar aviso a la municipalidad. Pues que a la noche del día siguiente no había regresado, los hermanos Aburto partieron con la primera luz. Se regresaron a las pocas horas con el panamá de José Sam, que habían encontrado enganchado en una mata de huisache muy cerca del vado. Contaban del silencio en la selva. Repetían una y otra vez que la selva estaba muda, lo mismo que si guardara responso por el ánima de José.
    Pasó como otra semana, cada uno encerrado en su choza, y se nos acabó la comida. La comunidad decidió organizar un grupo que fuera al monte a buscar caña para dar de comer a las criaturas. Eramos Saturnina Ixcoy, Demetrio Selquil y yo. Esperamos a la noche para internarnos por la quebrada chica. Había luna nueva y en la espesura eramos tres sombras no más. Ya luego de cinco horas monte abajo llegamos a la ribera del Xacbal. Allí nos separamos: Saturnina y Demetrio se encaminaron aguas arriba, yo bajé con rumbo a la represa. En un descampado encontré restos de hogueras, tal que si hubieran aprestado un campamento. Aquí y allá había huellas de botas como las que usan los militares o los insurrectos. Un susto grande me subió de las tripas y salí corriendo. Ahí me agarraron, unos que estaban emboscados en la manigua.
    Quise gritar para avisar a Demetrio y Saturnina, pero me dieron recio en la cabeza, se me aflojaron las piernas y casi perdí el sentido. Me arrastraron por el suelo y yo me iba golpeando con las piedras y me arañaban los magueyes. Hasta que nos llegamos adonde estaban sus compadres. Y vino el jefe de todos ellos y mandó que me torturaran. Me taparon la boca, después amarraron mis manos y mis pies bien duro atrás, y toda mi barriga se quedó delante y mi cabeza se juntó con mis pies hacia atrás. Y fueron a traer tizones y me pusieron en los ojos, en la barriga y en los testículos. Ellos gritaban y yo entendía palabras sueltas, nada más: hijo de la chingada y chocolate, me decían. Más luego me voltearon al suelo y empezaron a apalearme con los fusiles. Me quebraron las manos y los brazos. Me quebraron el pecho. Me quebraron las costillas. Después uno me remolcó fuera del campamento, me botó una piedra grande en la cabeza y me dejó allá tirado.

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    Estaba en la mera rastra y ya creía morirme cuando me encontró Carmen Talpa, que venía huyendo con un niño de pecho. Ella me explicó que estaban laborando en la milpa cuando les sobresaltó el ruido de un helicóptero saliendo de la selva. En seguida oyeron los gritos y el tableteo de las ametralladoras. Las más corrieron a buscar a sus criaturas. Ella quedó como paralizada hasta que vio a un soldado derribar a hachazos a Luisa Caxa mientras escondía a su niño en el regazo. Corrió hasta ella, tomó al niño en brazos y agarró para la selva. Llevaba como tres días ocultándose de las patrullas militares. Quería llegar a San Antonio, adonde vivía su hermana mayor. Traía miedo. Temía por su vida y por la de aquel niño que había tomado por suyo. Aún así, se quedó a mi lado pues que yo no me valía por mis propios medios y pasar de largo era igual que dejarme allá a morir.
    En cuanto pude aguantarme sobre mis piernas Carmen me cargó a hombros y nos bajó al niño y a mí al llano. Fuimos a casa de sus parientes. Los doctores me cortaron un brazo pero sobreviví. A principios de verano empecé a andar por mi propio pie. Ya no podíamos volver a la sierra porque dijeron que aquella tierra no era más nuestra, que ya sus dueños eran ladinos de la capital. Así que durante el otoño y el invierno levantamos un ranchito de tablas de dormilón y techumbre de paja en una poca tierra que nos dejó la familia de Carmen. Y a la siguiente primavera nos casamos y formamos nuestra segunda familia.
    Han pasado más de treinta años y he vuelto a ser feliz. Todos los días doy gracias a Dios por seguir vivo y por tener a mi lado a Carmen Talpa. Pero nunca podré olvidar a mi mujer primera. Se llamaba María Sic, tejía huipiles azules y rojos, y sembraba maíz, zapallo y porotos. Los regulares del general Ríos Montt la balearon en la plaza de Ilom. Cinco hijos me dio: Faustino, Lucio, Macaria, Antonio y Almudena. El mayor tenía once años y la más pequeña, tres. A estos los mataron a machetazos por ahorrar munición. Así lo contó la vieja Eutimia Castro. Cuando el ánima de su madre se le manifestó para anunciarle que se acercaba la hora de su muerte, vino a buscarme. Ella me contó de aquel día. De la fosa que los milicos hicieron a un costado de la aldea y de la montaña de cuerpos que en ella habían echado. De cómo metieron fuego a las chozas. De las llamas arrasando la milpa y la pura tierra. La vieja Eutimia también me pidió que escuchara el nombre de su madre. Y me dijo que nuestra alma no abandona esta tierra mientras quede sobre ella una sola gente que recuerde nuestro nombre.
    Por eso es que aquí pongo sus nombres, María Sic, Faustino, Lucio, Macaria, Antonio y Almudena Utuy, José Sam, Tomás y Antonio Aburto, Saturnina Ixcoy, Demetrio Selquil, Luisa Caxa, Eutimia Castro y su madre Porfiria Chel, por que el olvido negro no entierre su historia cuando yo me haya ido.

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#Sergio Lozano Sangrador :: slsangrador@gmail.com

Entre los años 1978 y 1983 el ejército de Guatemala, bajo la dirección del general Efraín Ríos Montt, llevó a la práctica una campaña de exterminio de la población civil maya. En el año 1982 esta campaña se denominó Plan de tierra arrasada.
Este relato quiere contar una de las historias que pudo suceder en aquellos trágicos días. Algunos de los personajes que aquí se citan son reales. Mi intención no ha sido suplantar su historia. Todo lo contrario, al tener noticia de lo que allí ocurrió sentí la necesidad de aportar mi pequeño granito de arena para que aquel genocidio no cayera en el olvido.
Si alguna de las personas que se mencionan en mi relato se ha sentido dolida o molesta, le ruego que me perdone.
Fuente de información: Las heridas de Guatemala, artículo publicado en la edición digital de El País, el día 15 de abril de 2013.

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