Regreso a la tormenta

    1

    Algunos lobos superaron la primera línea de batida. Deberíamos haber continuado, dejando que se encargara de ellos la segunda línea. Sin embargo, el sol empezaba a declinar y no queríamos dejar pasar la ocasión de acabar con aquellas bestias que llevaban semanas diezmando nuestros rebaños. Así que nos arriesgamos, volvimos sobre nuestros pasos y penetramos de nuevo al bosque confiando en alcanzarlos antes de que llegaran los cazadores que venían tras de nosotros.
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    Al poco comenzó la tormenta. El bosque se llenó de sombras y resultaba difícil vernos unos a otros. La maleza se aferraba a nuestros miembros ralentizando nuestros movimientos. Avanzábamos dando gritos para mantener la alineación y para alertar de nuestra presencia al segundo grupo. Pero el estrépito de los truenos y las ráfagas de viento estrellándose contra los árboles ocultaron nuestras voces. Y cuando los lobos llegaron a la altura de nuestros compañeros, estos dispararon sin advertir que estábamos al alcance de sus escopetas.
    No hubo una sola noche de mi vida en la que dejara de recordar el estampido de aquella descarga. Las ramas bajas de los abetos empujadas por manos invisibles. El grito de mi hermano cuando la bala que lo mataría encontró su corazón. Los ojos de Padre, iguales a cráteres trepanados en arcilla reseca, y en ellos el cuerpo de mi hermano menor en un charco de sangre. El círculo de hombres que iba abriéndose a medida que aquella sangre embebía la nieve resplandeciente. Las manos de Padre, las mismas que dispararon la bala fatídica, incapaces para taponar la herida en el pecho, ya exánime, de su hijo.
    Madre no aceptó la muerte de mi hermano. Su mente decidió eliminar la huella dejada en el lodo de la memoria por el paso de aquella tarde. Siguió disponiendo un plato y un cubierto para él en la mesa. Se sentaba en la mecedora al calor de la chimenea y le remendaba la ropa de trabajo o le hacía confesiones mientras acariciaba su cabeza. Ella se comportaba, a todos los efectos, como si aquella cacería nunca hubiera existido. Con la excepción de la actitud que mantenía hacia Padre. No le dirigía la palabra. Si él le hablaba, ella se limitaba a contestar con un gesto de la cabeza o refunfuñando.
    Algunas tardes, al volver a casa tras acabar la jornada, la sorprendía observando a Padre desde la ventana del comedor mientras él guardaba los aperos o recogía los animales, cruzada de brazos, la mandíbula tensa y los labios apretados. Yo me acercaba y le pasaba un brazo por el hombro. Ella inclinaba el cuello y me daba un beso en la mejilla. En vano intentaba abrazarla. Ella se apartaba con los ojos llenos de lágrimas, daba un paso lateral y se escabullía en la cocina con la disculpa de que tenía que preparar la cena. Entonces, era yo el que se quedaba en la ventana, espiando la mirada turbia y vacía de Padre, sus movimientos mecánicos, la manera en que arqueaba hombros y espalda y remaba con los brazos como si los meses transcurridos desde la desgracia hubieran sedimentado en su cuerpo en forma de lustros, convirtiéndolo en un viejo senil y falto de energía.
    La intransigencia de Madre y el remordimiento desbarataron la resistencia inicial de Padre. La primera señal fue el silencio. No había manera de arrancarle una palabra. A continuación, descuidó la rutina de la granja. Se pasaba el día merodeando por la entrada del bosque o acurrucado en el rincón más oscuro del granero, mirándose fijamente las palmas de las manos. Salía de la casa antes de que despuntara el alba, y solo regresaba a ella cuando era noche cerrada y Madre y yo llevábamos horas encerrados cada uno en su habitación. Hacia mediados del verano comprendí que nos rehuía, sobre todo a Madre. Que no se atrevía a enfrentar su mirada, porque en el fondo de los ojos de ella se arremolinaba la tormenta de aquella tarde aciaga y el viento inexpugnable que alimentaba el rescoldo del dolor y la culpa.
    Muchas noches esperé echado sobre mi cama, vestido, la vista fija en el techo, a oír sus pisadas furtivas en el porche y el quejido de la puerta. Entonces, yo bajaba las escaleras y me deslizaba en silencio hasta la cocina, guiado en la oscuridad por sus ruidos de alimaña hurgando en las alacenas en busca de comida. Llegaba a la puerta, pegaba la espalda a la parte exterior del tabique y me dejaba resbalar hasta quedar en cuclillas. Y me quedaba allí, escuchándolo masticar y respirar, conteniendo el llanto, dudando si entrar y abrazarlo o correr a la habitación de Madre para rogarle que lo perdonara.
    El hielo y la nieve del invierno empujaron a los lobos al valle. Desde mi habitación podía ver a Padre persiguiéndolos, una sombra más en el crepúsculo, un espectro entrevisto en la niebla del amanecer. A la casa llegaban sus imprecaciones y gritos, mezclados con el melancólico aullido de la manada que Padre intentaba, inútilmente, ahuyentar.
    Una mañana, mientras echaba heno en los pesebres de las vacas, vi a Padre dirigirse hacia la casa. Vaciló unos segundos delante de los escalones de acceso a la galería, la mirada gacha y los brazos extendidos a ambos lados del cuerpo. Levantó la pierna derecha muy lentamente y la posó en el primer peldaño. De nuevo esperó unos segundos, balanceando el cuerpo adelante y atrás. Luego todo sucedió rápido, como si hubiera llegado el momento exacto para poner en marcha un plan largamente planeado o como si acabara de reunir la energía necesaria para llevarlo a cabo. Movió la otra pierna, superó el resto de escalones con dos grandes zancadas y entró en la casa. Dejé la tarea y caminé hasta el portón del establo. Agucé el oído para intentar captar la posible conversación entre Padre y Madre, pero solo se escuchaba el viento silbando entre los pinos y el ruido que hacían los copos de nieve al impactar contra la pared de madera. Pasaron algunos minutos –no sabría precisar cuánto tiempo– y Padre salió de la casa con su vieja escopeta de caza en la mano. Luego saltó desde el borde del porche y trató de correr en la nieve aunque su blandura y espesor le hacían perder el equilibrio una y otra vez. Caía de un costado o del otro, parecía que luchaba para evitar que aquella blanca materia sin límite lo absorbiera. Se levantaba trabajosamente y recomenzaba su marcha hacia el bosque.
    Madre se asomó a la puerta y me buscó con la mirada. Aunque se tapaba la boca con ambas manos, yo podía escuchar sus gritos. Igual que podía ver la desesperación a manera de una garra empapada en sangre desgarrándole el pecho. De repente, Madre dejó de respirar, puso los ojos en blanco y se desmayó. Miré hacia Padre y lo vi hincado de rodillas, con el cañón de la escopeta introducido en la boca. Corrí hacia él trastabillando en la nieve. Mis piernas se vencían a cada salto, como si fueran de un material dúctil incapaz de soportar mi peso. Intentaba respirar, pero el aire penetraba hasta mi garganta y allí se hundía como un cuchillo en lugar de llegar a los pulmones. Corrí con los brazos y manos estirados hacia él, a pesar de que era un gesto inútil y sin sentido. No conseguiría alcanzarlo, nadie conseguiría alcanzarlo ya. Hacía un rato que el eco del disparo rebotaba, ciego y enloquecido, de un lado a otro del valle y se hacía añicos contra las montañas y se perdía en el cielo azul y sin esperanza.
    Entré al dormitorio de Madre aquella misma noche, después de enterrar el cuerpo de Padre junto a la tumba de mi hermano. Yo la quería y la necesitaba. Intenté que ella comprendiera que las lágrimas acabarían por agotarse, que llegaría una mañana posterior al dolor y la desesperación, y que debíamos prepararnos para acoger ese momento como si fuera el primero de nuestros días. Me incliné sobre la cama y apoyé mi cabeza en su cuerpo. Ella temblaba, con un estremecimiento que hacía crujir el armazón de madera de la cama. Su pecho subía y bajaba muy lentamente. Las horas pasaban y Madre no respondía a mis súplicas. Cuando las primeras luces del nuevo día arañaron la ventana de la habitación, me incorporé y tomé su cabeza en mis manos. Sus ojos eran dos bolas de vidrio frío, mirándome sin verme. Aquel ser que tenía en mis brazos no era mi madre, sino un envoltorio al que la desgracia había despojado de contenido. Comprendí que no podía quedarme allí, a esperar que aquella forma huera acabara de consumirse, no debía quedarme allí, tenía que escapar cuanto antes. Devolví la cabeza de Madre a la almohada, le dí un beso en la frente, metí algo de ropa en una maleta y me marché antes de que la semilla negra de la locura prendiera en mi corazón.
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    2

    La opacidad de la noche me ayudó a persuadirme de que nada había cambiado. Incluso la lluvia, densa y fina, a manera de una pátina de polvo que llevara siglos depositándose calmosa, concordaba con mis recuerdos. El viento se agolpaba en la caja de la calesa, empujando contra mí olores a los que yo intentaba unir imágenes o escenas aletargadas en lo más profundo de mi cerebro.
    Un tímido farolillo me guió hasta la venta. Al acercarme, un perro comenzó a aullar y, por un momento, mi corazón se sobrecogió con el recuerdo de los lobos, sus siluetas afiladas como cuchillos emergiendo de la noche, el brillo glacial de sus pupilas acechando desde el interior del bosque. Alertado por el animal, el ventero esperaba en la puerta. Me ofreció habitación y una cena fría, pero le respondí que el largo viaje me había fatigado y que lo que precisaba mi cuerpo de anciano era asearse y dormir unas horas.
    El sueño me venció con gran rapidez. Dormí profundamente hasta que sentí una mano que rozaba mi frente. Abrí los ojos y vi a Madre, surgiendo de las sombras igual que las estrellas resaltan sobre el fondo oscuro del cielo nocturno. Sonreía, con una expresión que era, a partes iguales, de alegría y ternura. Te he echado tanto de menos, me dijo sin despegar los labios ni emitir sonido alguno, llevo tanto tiempo esperándote, hijo mío. Me incorporé para estrecharla entre mis brazos pero una ráfaga de viento abrió de par en par la ventana de la habitación, agitó las cortinas, arrojó algo al suelo en un rincón y revolvió las sombras, llevándose a Madre y dejándome, una noche más, viejo y solo, prisionero de mis pesadillas.

    3

    El ventero intentó disuadirme de que subiera a la montaña. Se avecina tormenta, me advirtió, y es muy fácil perderse por estos parajes. Yo le contesté que no se preocupara. Me crié en estas montañas, le tranquilicé, conozco la región.
    Tomé el mismo camino que recorrí, en sentido inverso, hacía más de cuarenta años. El día había amanecido con cúmulos de bordes brillantes colgados de las cumbres más altas. Al poco de dejar la aldea las nubes se llenaron de manchas grises y se levantó viento del norte. Casi había llegado al río, más allá del cual empezaban el bosque y la heredad de mi familia, cuando el cielo se cerró por completo. Un gañido resonó en la cresta que dibujaban los montes, quedó suspendido unos segundos sobre mi cabeza y cesó tan repentinamente como había aparecido. Entonces, la luz se transformó en una materia consistente y gris, y empezó a llover. Busqué el vado, crucé el río y corrí a refugiarme al interior del bosque.
    El follaje me protegía de la lluvia, pero impedía el paso de la luz. Sentí reavivarse mis miedos infantiles, cuando mi hermano y yo nos desafiábamos a entrar en aquel mundo oscuro que nuestra imaginación poblaba de monstruos y yo caminaba apretando párpados y puños, mientras escuchaba voces que me murmuraban al oído amenazas en lenguas incomprensibles y sentía ojos fríos recorriendo mi garganta y percibía el tacto áspero y tibio de sus garras bajándome por la espalda.
    La galerna arreciaba a medida que me adentraba en el bosque. El viento arremetía contra las laderas de los montes como una bestia furiosa que quisiera escapar de su encierro. Comencé a vacilar y pensé en darme la vuelta y regresar a la posada. Sin embargo, una débil voz interior me animaba a seguir adelante. Esta es tu tierra, susurraba en mis oídos con cada latigazo del viento en la copa de los árboles.
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    Caminé a tientas apoyándome en los troncos de los abetos para no tropezar y rodar por el suelo. Empapado y aterido, llegué a la linde del bosque. La penumbra apenas me permitía adivinar las modestas tumbas sin estela que yo había cavado para Padre y mi hermano. Salí a campo abierto y corrí zarandeado por la lluvia y el chubasco. Atravesé los campos de labor, ahora descuidados y tomados por la maleza y las malas hierbas. Gruesas gotas resbalaban por mis sienes y se escurrían por mi frente, buscándome la cuenca de los ojos. Alcancé los corrales desvencijados y el granero, en el cual entré a protegerme del chaparrón. Sentía una opresión en el estómago, un peso que me aplastaba el pecho y me dificultaba respirar. Al crepúsculo impuesto por el aguacero se sumó el final del día: hubo un leve temblor de la poca luz y luego me envolvieron las tinieblas. Debía de haber estado horas vagando por el bosque, intentando orientarme en aquel laberinto extraño y familiar a un tiempo. Reuní mis últimas fuerzas y me dejé guiar por el silencio sepulcral en torno a la que fuera mi casa.
    Uno de los muros laterales se había derrumbado, arrastrando parte del tejado. Profundas grietas hendían la fachada principal, a manera de una trama de venas renegridas en la piel acartonada de un anciano. Un amasijo de zarzas y ortigas cegaba la puerta de entrada.
    Rodeé la casa y me asomé a una ventana para ver el interior. En ese preciso instante estalló el primer relámpago. Desaparecieron las sombras y los escombros, y la luz violácea conjuró el comedor que yo recordaba de los días de mi niñez. Por un instante mis ojos reconocieron los visillos de lino, la mesa de madera con un florero de vidrio sobre un tapete amarillento, retratos familiares en tonos sepias repartidos por los anaqueles del aparador, la canastilla con la labor de Madre sobre una silla. Agucé todos mis sentidos, pero la noche volvió a cerrar su zarpa. Solo se escuchaba el bramido animal del viento. Un segundo relámpago materializó el crujido incansable de la mecedora junto a la chimenea y un rectángulo de luz en el vano de la puerta que daba a la cocina. El corazón martilló en mi pecho. Pero volvió la oscuridad y con ella se esfumó la ilusión. Me encaramé al alféizar y salté adentro. Tropezando con restos de muebles y cascotes, intenté avanzar hacia la cocina.
    El siguiente rayo que desgarró la noche me descubrió, ya sin lugar a dudas porque me encontraba en frente de la puerta, un candil encendido junto al fogón y un susurro lastimero que ahogó el siguiente trueno. Contuve la respiración y esperé a que volvieran el silencio y la noche. Luego di un paso y entré a la cocina.

    4

    Madre miraba por la ventana hacia el bosque. Tenía los brazos pegados a sus costados y las palmas anudadas a la altura de la boca. Rezaba en voz baja. Afuera, la tempestad, el vendaval y los gritos de los animales se confundían en un magma que nos envolvía como un sudario.
    Comencé a llorar. Un sollozo ahogado, un gemido como un puñal de fuego atravesándome el pecho, un mar de lágrimas rompiendo contra mi corazón. Ella se giró sobresaltada y me alargó los brazos. Hijo mío, preguntó mientras sus manos ansiosas recorrían mis mejillas, por qué habéis tardado tanto en volver. Me besó en la frente. Temblaba. Estaba tan asustada, me dijo mirándome a los ojos. La atraje hacia mí y la abracé con todas mis fuerzas. No tenga miedo, madre, le contesté, ya estamos aquí, nunca más volverá a estar sola.

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#Sergio Lozano Sangrador :: slsangrador@gmail.com

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