#J. D. Salinger :: El guardián entre el centeno

(…) Pero lo que más me gustaba de aquel museo era que todo estaba siempre en el mismo sitio. No cambiaba nada. Podías ir cien mil veces distintas y el esquimal seguía pescando, y los pájaros seguían volando hacia el sur, y los ciervos seguían bebiendo en las charcas con esas patas tan finas y tan bonitas que tenían, y la india del pecho al aire seguía tejiendo su manta. Nada cambiaba. Lo único que cambiaba era uno mismo. No es que fueras mucho mayor. No era exactamento eso. Sólo que eras diferente. Eso es todo. Llevabas un abrigo distinto, o tu compañera tenía escarlatina, o la señorita Aigletinger no había podido venir y nos llevaba una sustituta, o aquella mañana habías oído a tus padres pelearse en el baño, o acababas de pasar en la calle junto a uno de esos charcos llenos del arco iris de la gasolina. Vamos, que siempre pasaba algo que te hacía diferente. No puedo explicar muy bien lo que quiero decir. Y aunque pudiera, creo que no querría.

#J. D. Salinger :: El guardián entre el centeno (1951)

A propósito de este libro tenía la referencia de que retrataba con crudeza el mundo de la adolescencia. Y me resistía a leerlo porque veía difícil poder reavivar en mi interior la llama de mi ya lejana primera juventud. Después de haberlo leído, sin embargo, debo confesar que me equivocaba. Porque la adolescencia –la angustia, la desorientación, la perplejidad– que yo he contemplado en El guardián entre el centeno trasciende a esa etapa en el desarrollo del individuo, de modo que puede hacerse extensiva a esos periodos en la vida de cualquiera de nosotros en los que nos vemos sacudidos por fuerzas que no comprendemos o que escapan a nuestro control.
Hubo una vez un tiempo anterior al virreinato de lo políticamente correcto, una época dorada que precedió a esta edad en la que sacralizamos el rendimiento y en la que cualquier camino que no constituya un atajo hacia la victoria está abocado a la maleza. Así como hubo una vez una raza que perseguía la gloria aunque desconfiara de que algo así pudiera existir.
Esta novela es una obra de aquel tiempo y de aquellos hombres y mujeres anteriores al beneficio inmediato: una pandilla de exploradores que se aventuraron en junglas a las que nadie antes había osado penetrar y que arriesgaron sus vidas para conocer ríos y desiertos vírgenes.
Lo que no acabo de comprender es el proceso merced al cual, y partiendo de aquella estirpe de pioneros, hoy día tenemos un paisanaje (literario) copado casi exclusivamente por pisaverdes y vestales entregados a los intereses mercantilistas de las grandes editoriales. Aunque tal vez haya una explicación sencilla. Sólo tal vez. Igual el secreto consiste en que a nosotros nos han seducido –convencido, persuadido, obnubilado, deslumbrado, hipnotizado, adormecido, drogado– con la especie de que la gloria, el triunfo, el éxito sí que existen. Y nos han enseñado, de una manera más que clara, exhaustiva, en qué consisten, qué forma tienen, cuál es su aroma y las coordenadas exactas del expositor en el que los podemos encontrar. Como si nuestras cochinas vidas no tuvieran más sentido que lavar el pecado original de la derrota y el fracaso con el que nacemos manchados.

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