#Jean Echenoz :: Correr

En el kilómetro treinta, sin aliento y destrozado, se detiene junto a una de las mesas instaladas a lo largo del trayecto, sobre las que hay cubos de agua, esponjas y bebida. Emil se rocía abundamentemente, bebe medio vaso de agua, examina la carretera pareciendo dudar, refrena lo que le resta de un primer arranque para retomar la carrera, apura el vaso y sale. Pero sale ya como un títere desarticulado, zancada rota, cuerpo dislocado, mirada extraviada, como si su sistema nervioso lo hubiera abandonado. Aguantará así hasta el estadio pero, derrotado, al llegar sexto en la última línea derecha, Emil cae de rodillas, hunde la cabeza en la hierba amarillenta y permanece en esa postura varios minutos durante los que llora y vomita y se acabó, se acabó todo.

#Jean Echenoz :: Correr (2008)

Durante cuarenta años, Emil Zápotek, la locomotora checa, se enfrenta a rivales mejor dotados técnicamente, o más jóvenes, o con mayor experiencia, apenas equipado con una voluntad férrea, Emil bate, una y otra vez, los récords mundiales en todas las pruebas de media y larga distancia, a pesar del aislamiento al que lo somete su propio gobierno, aunque su heterodoxo estilo debería condenarlo al colapso físico según la clase médica, Emil asombra al mundo entero surcando bosques y pistas de atletismo, ciudades y estadios con la misma determinación de una flecha que ya ha sido lanzada y atraviesa limpiamente la invasión nazi de su patria de origen –Checoslovaquia–, la segunda guerra mundial que aquella preludiaba y la consecuente reacción del ejército rojo y una segunda y definitiva ocupación por parte de las tropas soviéticas que se personan en la noche de Praga para detener el paso del tiempo mientras Emil corre, imparable, más determinado ahora que empieza a conocer el sabor de la derrota y siente el óxido depositándose sobre sus músculos de acero y escucha el lamento, lamento ya para siempre, de sus articulaciones, Emil corre hasta el último aliento, hasta la extenuación, hasta agotar por completo sus fuerzas. Hasta la línea de meta, Emil corre.
Una metáfora inteligente. Una prosa de una limpieza extraordinaria, sazonada con la medida justa de ironía. Un texto cuyo protagonista indiscutible es el ritmo: el mismo ritmo –cualquier otro tratamiento hubiera sido un error– de una carrera de fondo como solo puede serlo la vida misma, con sus calmas chichas y sus imprevistos golpes de mar.

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