El hijo de Dios

Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace.
Santiago 1:25

    Secondo Pia contaba siete años el primer día que visitó la Catedral de San Juan Bautista, en la plaza homónima de Turín. Fue el veinticinco de abril de mil ochocientos sesenta y ocho, día del evangelista San Marcos. Jamás olvidaría esa fecha, porque ese día Secondo tuvo la visión que marcaría el resto de su vida.
    Avanzó de la mano de su padre en la lenta columna que se iniciaba detrás del altar mayor, atravesaba todo un lateral de la catedral, continuaba en la escalinata de acceso al edificio y se transformaba en un hervidero de creyentes apelotonados en la plaza y calles adyacentes. Cuando entraron en la penumbra del templo, el olor de los cirios y el murmullo de las viejas oscuras que abarrotaban los escaños de madera anegaron sus sentidos y le pareció que el umbral que acababa de traspasar no comunicaba dos espacios físicos, sino dos realidades separadas, gobernadas por códigos separados, como si fueran dos personas que avanzaran paralelas por una misma acera hacia metas dispares. El frío y la humedad del lugar traspasaron su abrigo de paño y lo calaron hasta el tuétano.

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    Al cabo de cinco horas entraron en una capilla situada detrás del presbiterio. Su padre lo sujetó con ambos brazos por los hombros y le hizo arrodillarse. Ninguna imagen, ninguna estatua o fresco adornaba aquel rincón. Sólo un marco de madera sujetando un lienzo oblongo, apoyado contra la pared desnuda. La escasa luz que se filtraba desde la cúpula del pequeño oratorio apenas permitía distinguir unas manchas dispuestas longitudinalmente en el eje vertical de la tela. Secondo se arrimó a su padre y se concentró en el silencio. Nunca antes había escuchado nada parecido. Bajó los párpados y dejó que su mente se llenara con el crepitar de los ambleos, el rosario interminable batiendo como un ariete el aire casi sólido de la nave mayor, el eco sonámbulo de los pies arrastrándose desde todos los puntos de la ciudad en dirección a la capilla que guardaba el Santo Sudario. Pensó que el silencio era como caer por una sima oscura y fría, cada vez más oscura y fría, un vórtice negro hecho de hielo que le hacía sentirse escindido del resto del mundo, dejándolo a solas con aquel enigmático rastro esbozado en la tela.
    Mientras contemplaba la mortaja, Secondo creyó comprender las palabras con las que su padre le había animado al salir de casa aquella mañana.
    –Hoy vas a ver al hijo de Dios.
    Comprendió los carteles que llenaban calles y avenidas. El grabado que representaba el frontis de la catedral con dos imágenes superpuestas: la cabeza de Cristo con su corona de espinas en el centro de un haz de rayos y un rectángulo de tela con varias manchas, y las letras en caracteres góticos, con aquella palabra que Secondo nunca antes había leído o escuchado –Ostensiones de la Sábana Santa–.
    Comprendió la muchedumbre extranjera que en los últimos días abarrotaba el centro de la ciudad, el rumor que los escoltaba como si formara parte de su naturaleza, un estigma que no hubieran podido dejar atrás, en sus países de origen.
    Comprendió la fractura de la rutina diaria en el colegio y aquellas jornadas espirituales con todos los niños formados en el patio bajo la lluvia, acusando como latigazos las sílabas del Gloria in excelsis Deo que el director Michele Rua cantaba desde la tarima. Rua transubstanciado bronce, con los ojos en blanco mientras les describía la traición del pueblo judío al Mesías, todos y cada uno de los tormentos con que los mercenarios romanos castigaron al hijo de Dios camino de la muerte, los salivazos y las blasfemias de aquel atardecer interminable sobre el monte Gólgota. Los ojos de sus compañeros eclipsados por lágrimas silenciosas. Horas y horas con los cinco sentidos atentos al púlpito donde el señor director, los brazos en cruz y la cabeza caída sobre el pecho, levitaba a dos palmos del suelo.
    Y, sin embargo, cuando su padre le indicó que debían abandonar la capilla, Secondo había dejado de comprender. Mientras caminaban de regreso a casa, una duda martilleaba en su corazón.
    –Padre, ¿qué eran esas señales en la sábana?
    –Cuando bajaron a Jesucristo de la cruz, lo envolvieron en esa tela antes de darle sepultura. A los tres días resucitó y en el sudario quedó grabada su imagen.
    –Padre, ¿Jesucristo fue varón o mujer?
    Abelardo Pia sonrió y pasó una mano sobre la cabeza de su hijo.
    –Varón, como tú y como yo.
    –¿Cuándo podemos volver a ver la Sábana Santa, padre?

    El doctor Pia conocía al sacerdote encargado de custodiar el Santo Sudario. Ambos habían defendido la bandera tricolor cuando el Piamonte, aliado con las tropas francesas y sardas, se sublevó contra los austríacos. Tras la batalla de Palestro quedaron encuadrados en la misma compañía. Recibieron la orden de infligir el mayor daño posible a los escuadrones de húsares que se retiraban hacia el norte, dejando un rastro de puentes derruidos y pueblos en llamas. Cruzaron la provincia de Biella y el norte de Vercelli pisándoles los talones y, sin tiempo para asegurar la comunicación con el grueso del ejército rebelde, seguidos por unas pocas carretas cargadas de suministros, consiguieron empujarlos hacia el valle de Formazza.
    La madrugada del veintitrés de abril de mil ochocientos cincuenta y nueve se preparaban para atacar las posiciones de los austro-húngaros, a los cuales habían encajonado contra la muralla infranqueable de los Alpes, cuando empezó a caer una llovizna espesa que se adhería a cabellos y ropas. El cielo se oscureció en cuestión de minutos y la cellisca dio paso a una cortina de gruesos copos helados. El mundo se transformó en un coágulo blanco donde resultaba imposible distinguir aliados y enemigos. Tras cualquier sombra, en cualquier remolino de copos se agazapaba la muerte en la punta de una bayoneta. Italianos y centroeuropeos combatieron durante horas cegados por la tormenta, sin saber a qué bando pertenecía el oponente que derribaban, hacia dónde dirigían la boca de sus fusiles o en qué dirección podían replegarse. A media tarde, en cuanto amainó la tempestad, los sanitarios italianos –entre los que se contaban Abelardo Pia y el custodio de la Sábana Santa, a la sazón estudiantes de Medicina– recibieron la orden de internarse en el campo de batalla a pesar de que aún se escuchaban detonaciones dispersas. Estaban diezmados, habían agotado casi por completo los pertrechos con los que partieron de Palestro y se habían alejado demasiado de sus aliados, así que el capitán Durando tomó la única decisión posible: cargar en los carros a los compañeros heridos que pudieran ponerse en pie y evitar el sufrimiento de una larga agonía a todos los demás, amigos y enemigos. El pelotón de enfermeros avanzó entre los cuerpos hundidos en la nieve y el fango, tiritando, empuñando sables y bayonetas, esquivando la mirada de sus compañeros, sintiendo la sangre, espesa, caliente, escurriéndose entre sus dedos agarrotados, confundiendo en su mente aquellos rostros desfigurados cubiertos de barro y plasma que parecían ser todos el mismo rostro aterrado, desesperado, más allá de la locura.
    Al igual que otros muchos sublevados, al finalizar la guerra ambos se establecieron en Turín, capital del recién nacido reino italiano. La pesadilla que habían vivido a los pies de los Alpes los envolvía como una niebla perenne en la que se movían a tientas mientras se esforzaban por incorporarse a la paz. Cada uno a su manera, organizaron sus vidas para olvidar el dolor y la náusea. El doctor Pia reabrió su consulta e hizo carrera política en la administración del nuevo estado; en cambio, su antiguo camarada de armas abandonó la medicina, ingresó en el seminario y se ordenó sacerdote. Evitaban coincidir porque al encontrarse comprendían que el tiempo no era suficiente para cerrar aquella herida, que bastaba mirar las pupilas del otro para sentir la espoleta de la sinrazón y la locura, del odio y la rabia, acechando allí dentro, en algún lugar, esperando su oportunidad. Sin embargo, Secondo insistió hasta que su padre le prometió que convencería al cura para que les dejara ver la tela.
    En aquella segunda ocasión, siguió a su padre a través de una puerta lateral que daba a la sacristía. Atravesaron los aposentos privados de los religiosos y accedieron al templo vacío. Delante del sudario, Secondo esperó a que sus ojos se acomodaran a la oscuridad. Luego repitió las operaciones mentales que su imaginación había tramado hacía una semana: repasó la huella dejada en el lino por un cuerpo más de mil años atrás, partió el paño transversalmente por la mitad, superpuso las dos piezas y giró en el aire el conjunto de modo que el volumen obtenido quedara erguido. Enlazó las manos y rezó. Quería ganar tiempo, encontrar las palabras, la manera de formular la cuestión que ya había insinuado a su padre y para la que ahora, incluso menos que antes, le resultaba incomprensible la respuesta. Presentía que los dos adultos apostados en las sombras no iban a entender su pregunta, pero tenía que hacerla, no podía volver a casa con la misma duda otra vez, necesitaba comprender por qué todos hablaban del hijo de Dios si a él le resultaba evidente que las marcas impresionadas en la tela dibujaban la silueta de un cuerpo de mujer. Finalmente, decidió que era mejor esperar porque para la empresa a la que ya había decidido consagrar su vida necesitaba pruebas más sólidas que su facultad para intuir ciertas relaciones ocultas mediante las que se asociaban las formas en el espacio.

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    Aconsejado por su familia, Secondo estudió derecho y su apellido le sirvió para entrar en el concejo de Turín. Sin embargo, su mayor pasión era la fotografía, que le permitía hacer visibles los universos íntimos que sólo él presentía, yuxtapuestos a modo de envoltorios en torno al núcleo del mundo aparentemente unívoco que los demás percibían. Cada vez que oprimía el disparador de su cámara, mientras escuchaba cómo el obturador estrangulaba la luz y aquel preciso momento que ya había dejado de existir quedaba para siempre desgajado de la corriente de la realidad, para siempre atrapado en la emulsión de cobre y plata, Secondo fantaseaba que fotografiaba el Santo Sudario. Después, en el laboratorio, cuando el álcali conjuraba los espectros encerrados en la película, Secondo imaginaba que la tela emergía del líquido revelador como si fuera el cadáver de un ahogado que la solución devolvía tumefacto y cubierto de algas y limo.
    Treinta años más tarde de su primera visita a la catedral, la Iglesia anunció que volvería a abrir las puertas de la capilla para mostrar a los fieles el lino. Había esperado toda su vida esta ocasión. Incluso llevaba meses experimentando con bulbos eléctricos, una innovación que permitía obtener instantáneas en lugares pobremente iluminados.
    Cogió su material, la cámara de fuelle, el trípode, bombillas, y se dirigió a la sede de la archidiócesis. El obispo Ponzati accedió a reunirse con él en atención a su cargo en la municipalidad y a la fama que Secondo había conseguido retratando la sociedad turinesa. Le dejó desplegar sus utensilios en el despacho y se prestó a servir de modelo, sentado en su mesa de trabajo.
    Al tiempo que posaba, Vincenzo Jesús Ponzati escuchaba las explicaciones de Pia. Cuando era niño, en el trayecto de vuelta de la escuela se topó con un grupo de exaltados que protestaban contra la ocupación austríaca al paso de una comitiva de autoridades. Un petardo voló por el aire, rebotó contra un carruaje y acabó estallando junto a Vincenzo. Se sintió ingrávido y el mundo se transformó, durante unos segundos o por espacio de horas –nunca consiguió saberlo–, en una imagen en blanco y negro que daba vueltas. Tardó días en recuperar la audición en la oreja izquierda. Sin embargo, la explosión le perforó el tímpano derecho, dejándole en ese oído el eco de un sonido que se repetía con cada latido. El obispo asentía sonriente mientras en su mente la voz de su difunta madre, viendo el cartucho encendido sobrevolando la cabeza de su vástago, repetía incansable su nombre, Jesús. Atendiendo a las indicaciones del fotógrafo, Ponzati extendía su brazo derecho sobre el cartapacio negro y giraba la muñeca para aprovechar la claridad del ventanal, de manera que el sello obispal parecía brillar con una luz que emanaba de su interior, y el grito, Jesús, conmovía hasta la última fibra de su cerebro. De soslayo, su oreja izquierda orientada hacia su interlocutor, el prelado se concentraba en separar las palabras de éste del discurso invariable que tronaba en sus pensamientos, con un ligero sobresalto, imperceptible, cada vez que Secondo articulaba aquel vocablo que también irradiaba su oído interno.
    Una intuición se iba abriendo paso en aquella maraña de sonidos como un haz de luz que penetrara en un sótano oscuro rescatando del olvido viejos juguetes y libros hacinados bajo capas de polvo. Ponzati advirtió, porque el abogado así se lo hizo ver, las posibilidades que ofrecía aquella moderna técnica, mediante la que se podía obtener, no un dibujo como el que ilustraba los carteles anunciando la exhibición del Santo Sudario, una copia más o menos fiel pergeñada por un artista competente, sino un duplicado exacto del que se podían obtener copias suficientes como para empapelar hasta la más remota aldea del Piamonte, una reproducción perfecta que la Iglesia podría enseñar a los creyentes sin exponerse a estropear la reliquia.
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    El veintiocho de mayo de mil ochocientos noventa y ocho, unas horas antes de que la basílica abriera sus puertas a los fieles, Secondo Pia cruzó por segunda y última vez la puerta de la sacristía. Vírgenes de manos lánguidas y mejillas arrasadas por las lágrimas, el hijo de dios asaeteado por un rayo de luna, una cabeza de cabellos alborotados sobre una bandeja de plata, imágenes renegridas con un fulgor frío en los ojos inmóviles siguieron sus pasos en el silencio compacto del transepto. Ya en la capilla, acordó con los sacristanes el lugar más conveniente para colocar el sudario. Dispuso bombillas aquí y allá para conseguir una iluminación uniforme. Realizó una prueba de luz, corrigiendo la posición de alguno de los artefactos. Y mientras los religiosos sacaban la mortaja y la situaban en el lugar convenido, reemplazó los bulbos, desplegó el trípode de su máquina, insertó una placa fotosensible en el cuerpo y ajustó el objetivo.

    Michele Rua, ahora un octogenario de pelo cano y expresión cansada, recibió al antiguo alumno en su celda. Las campanas llamaban a los monjes para que rezaran el Angelus, pero Michele estaba dispensado de participar en los oficios religiosos debido a lo avanzado de su edad. Los últimos días, además, una neumonía lo mantenía postrado en el jergón. Secondo extrajo una lámina de su portafolio, la colocó sobre el torso de Rua y acercó una vela que se estremecía en un rincón.
    Vincenzo Ponzati enarcó una ceja, un débil temblor zarandeaba su mentón. Pia estableció un símil entre el esqueleto de una persona y una esencia hecha de luz bajo todos los objetos que era capaz de percibir nuestra vista. Precisamente, esa especie de osamenta de las cosas era lo que quedaba grabado en la placa fotosensible, con la particularidad de que las zonas luminosas quedaban registradas como superficies oscuras, tanto más oscuras cuanta más luz reflejaran, y las opacas, como territorios transparentes en aquel mapa lumínico que capturaba el negativo de un instante.
    –Los rastros dejados en la tela se corresponden con las zonas que estuvieron en contacto con el cuerpo. Por lo tanto, lo que nos muestra el negativo de la fotografía que yo he obtenido es, por decirlo de alguna manera, todo lo que falta ahí, una imagen casi completa de la persona que estuvo envuelta en ese sudario. En este caso, el cuerpo de Jesucristo es un positivo y la Sábana Santa, un negativo; por lo tanto, el negativo fotográfico es una imagen positiva asombrosamente nítida.
    Secondo se echó hacia adelante y su dedo índice dibujó unas trayectorias sobre el papel. Ponzati corrigió la orientación de su cabeza, su barbilla parecía a punto de dislocarse.
    –Su Ilustrísima advertirá, como hago yo, que esos pechos no son los de un hombre, ni tampoco esa cadera.
    El viejo profesor alargó su brazo derecho y buscó la mano de Secondo porque la niebla volvía a cerrarse sobre él. Ya no podía saber si se trataba de una ilusión o de un episodio real de su niñez, el sueño que barría su conciencia como una ola batiendo sin cesar.
    Rua ve una loma herbosa por la que desciende un zagal de quince o dieciséis años –tal vez él mismo–. Uno de los caloyos del rebaño se había extraviado y el pastorcillo ha tenido que volver sobre sus pasos para buscarlo. Ha encontrado al animal en el portillo que da acceso a los pastos altos, enredado en un espino, balando asustado. Lo ha tomado en brazos y ahora regresa con prisa porque se le ha hecho tarde: el sol ha comenzado a ponerse y las primeras casas del pueblo quedan aún lejos. Las cimas cercanas perfilan sombras alargadas contra el valle. En el aire vibra la llamada de un halcón invisible. El sendero se adentra en un bosquete de abedules donde ya reina la oscuridad. El viento agita las copas de los árboles que forman la linde. Allí se detiene el niño, del lado de la escasa luz, los ojos fijos en el camino que se precipita en un abismo de sombras y alimañas al acecho. Un susurro recorre la espesura, como un arco voltaico que se propagara de rama en rama, hoja a hoja, un escalofrío que resbala por su columna vertebral. Rúa querría echarse a correr hasta alcanzar la seguridad de la aldea, pero es como si sus pies estuvieran anclados a la tierra. Más allá de los árboles, en el valle aún distante comienzan a estirarse columnas de humo y en algunas casas han prendido las primeras luces, y aunque el aliento de los picos nevados hace preso en su cuello y en sus brazos y piernas desnudos, incapaz de dar un solo paso para entrar al bosque, Rúa cae de rodillas abrazado al animal y comienza una plegaria.
    Tras un silencio que a Secondo le pareció que se prolongaba durante muchos minutos, la mano derecha aferrando la fotografía, la mano izquierda reptando sobre el escritorio como una serpiente que midiera la distancia hasta el cuello de su presa, Ponzati disertó sobre las Sagradas Escrituras, la Santísima Trinidad, el Dogma, la Fe y, ya con la boca pastosa y saliva reseca en la comisura de los labios, le pidió tiempo. Tiempo para comprender esta revelación, le pidió a Secondo. Tiempo para restablecer el orden sagrado de las cosas, pensó para sus adentros.

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    La noche ha llegado, plena de voces materializadas en chasquidos, organismos que se arrastran, pisadas en la hierba húmeda. El joven Michele aún reza. Lágrimas secas cuelgan de sus pómulos. Cuatro surcos de sangre brillante desgarran su brazo derecho, que le cuelga a lo largo del costado. Unos pocos metros detrás suyo, en el centro de un círculo de babas y jirones de lana ensangrentados, los despojos del cordero humean bajo el rocío. En la noche aún flota el olor de la jauría de lobos, la luz de sus pupilas como escalpelos, el trépano de su aullido. Desde el valle, cada vez más cercanas, dentro del bosque, desde laderas y prados llegan voces que lo llaman. A esas voces se unen las palabras del extraño.
    –Maestro Rua, obtuve permiso para realizar una fotografía del Santo Sudario que se custodia en la catedral de San Juan Bautista. La cámara ha fijado detalles que en el original no somos capaces de apreciar.
    Secondo orienta la estampa para aprovechar la luz que se agolpa en el ventanuco. Se postra junto a su viejo profesor y le habla al oído.
    –Tengo dudas, maestro. Esta tarde me entrevisto con el mitrado Ponzati y debo enseñarle esta misma lámina.
    Michele Rua gira la cabeza y Secondo sabe que ha conseguido captar la atención del moribundo.
    –Maestro, esta fotografía demuestra que el sudario no envolvió el cadáver de un hombre, sino el de una mujer. Es decir, o esa tela no cobijó a nuestro señor Jesucristo, tal como afirma la Iglesia, o debería reescribirse la Biblia para corregir el género de la persona que murió en la cruz para limpiar todos nuestros pecados. ¿Debo enseñar esta imagen al obispo?, ¿la destruyo y le confieso a Ponzati que no manipulé correctamente la máquina y malogré la fotografía? ¿Cómo reaccionará la Iglesia? Maestro, estoy asustado.
    Secondo abandona la sede del arzobispado. La ansiedad aún agita su mente, por lo que decide dar un rodeo en lugar de volver directamente a su residencia. Camina hasta la plaza de San Juan Bautista, rodea la catedral y se detiene en el costado de la capilla Guarini. Allí parado, le parece rozar con su mano un filamento invisible que parte del interior del templo, cruza la calzada y se aleja tras doblar la esquina. Una tensión creciente atiranta el hilo. Lo prende y se deja conducir como si fuera la guía que le permitirá escapar del laberinto de dudas y temores en el que se ha enmarañado desde que positivara la instantánea. Camina por las callejas que desembocan en la plaza San Carlo, recorre la carrera de Maria Vittoria, rebasa la plaza Vittorio Veneto que a esas horas parece una isla de granito resplandeciendo en la inmensidad de la noche y se aproxima a la orilla del río Po. La caminata hace su efecto y empieza a notar cansancio físico y entumecimiento, las secuelas inequívocas que deja la inquietud cuando afloja su abrazo angustioso. Sin embargo, en su cerebro permanece el eco de la última pregunta de Ponzati.
    –¿Quién más ha visto esta fotografía?
    –Su Ilustrísima y yo, nadie más.
    Parado en el centro del puente Vitorio Emanuelle I, Secondo observa las aguas que el deshielo trae crecidas. Junto a los pilares se forman remolinos en los que algunos objetos atrapados por la corriente son arrojados una y otra vez contra la piedra. Unos pasos rápidos se acercan por su espalda. En torno a sus hombros el aire se encoge en un bucle. Un cuchillo atraviesa su costado como un viento helado. Herido de muerte, Pia se tambalea sobre el pretil y cae al río. Mientras se hunde en las aguas, los labios marchitos de Rua le hablan al oído con su último aliento.
    –Santiago uno veinticinco, hijo mío.

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#Sergio Lozano Sangrador :: slsangrador@gmail.com

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