#James Salter  ::  El cine (Anochecer)

(…)Esta película que él había escrito, esta importante obra para el arte más nuevo, existía ya completa en su mente, en su totalidad. Su fuerza procedía de la castidad de su argumento, de la disciplina de sus imágenes. Era una película sobre la vaguedad, la superficie estaba en calma, con la calma de la vida cotidiana. Esto no quería decir que fuera una película sosegada. Debajo de lo visible había emociones, más intensas precisamente debido a su enmascaramiento. Tan sólo de vez en cuando, lo mismo que la punta de un iceberg que desde la nada se eleva amenazador y después desaparece de la vista, surgía el terror.

#James Salter :: El cine (Anochecer – 1988)

En este fragmento –que no llegar a ser un párrafo completo- de uno de los relatos cortos que componen este volumen, Salter parece deslizar una declaración de intenciones acerca de su manera de entender la literatura. Vendría a ser como si un pintor retratara una multitud de personas y allá, en una esquina, hacia un lado, en un plano secundario en todo caso, hubiera plasmado sus facciones en uno de los personajes anónimos.
A esta sensación contribuye el hecho, seguramente intencionado una vez conocida la obra de este autor –donde todos los detalles, todos los pocos detalles sería una expresión más exacta, tienen un sentido y abren una perspectiva–, de que el pesonaje al que hace referencia ese fragmento es un escritor que observa la filmación de un guión que él ha escrito.
Al menos, ese es el efecto exacto y certero –dos adjetivos que se ajustan como un guante al estilo de este escritor– que me han producido estos cuentos. Una escena donde, en apariencia, nada ocurre o, mejor dicho, ocurre algo cotidiano, eso que sucede habitualmente y que ahora mismo, de nuevo, igual que ayer y hace una semana, va a producirse; y, sin embargo, hay un detalle, un gesto de alguien que ayer sonreía y hoy parece circunspecto, una ventana que alguien acaba de abrir para escuchar el mar, una bombilla que de repente se funde, un acontecimiento mínimo y extraordinario que trastoca el orden ancestral de las cosas durante un breve espacio de tiempo, un paréntesis a manera de una cicatriz desgarrando esa existencia que creíamos segura, conocida, inexpugnable.

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