#John Steinbeck :: La perla

(…)Estuvo un rato de rodillas y la falda mojada se le pegaba al cuerpo. No sentía ira hacia Kino. El había dicho “soy un hombre”, y eso significaba determinadas cosas para Juana. Significaba que era mitad loco y mitad dios. Significaba que Kino se lanzaría con toda su fuerza contra una montaña y se sumergiría con toda su fuerza en lucha con el mar. Juana, en su alma de mujer, sabía que la montaña permanecería impasible y el hombre, en cambio, se destrozaría; que el mar se agitaría y el hombre, en cambio, se ahogaría. Y, sin embargo, era eso lo que hacía de él un hombre, mitad loco y mitad dios, y Juana tenía necesidad de un hombre; no podía vivir sin un hombre. Si bien podía verse confundida por esas diferencias entre hombres y mujeres, los conocía y los aceptaba y los necesitaba. Por supuesto, le seguiría, eso estaba fuera de toda duda. En ocasiones, la condición de mujer, la sensatez, la cautela, el instinto de conservación, lograban imponerse a la condición de hombre de Kino y salvarlos a todos.(…)

#John Steinbeck :: La perla (1945)

Este breve relato ha sido, de todos cuantos he leído, el ejemplo más claro de una recomendación que he escuchado en más de una ocasión en los talleres de escritura a los que he asistido. Un consejo que va más allá de la pura técnica narrativa y que penetra en la esencia del hecho literario; y es, pues, una especie de dogma –tomemos de este término solamente su vertiente positiva– al que debe uno plegarse en el proceso de aprendizaje que lleva desde el estado de receptor más o menos pasivo de historias al más elaborado de lector y, en un estadio maduro, al de narrador.
Detrás de la construcción de una historia suele haber un proceso de elaboración difícil, a menudo intrincado, siempre tortuoso, en el que deben ser armados universos enteros a partir de la nada. Se necesita una gran maestría para evitar que ese proceso previo contagie a la narración propiamente dicha. Esta debe ser la razón por la que, en literatura, resulta tan complejo lo que, a priori, parece más sencillo: conseguir una historia sencilla, precisa, clara; una historia que se desenvuelva a semejanza de nuestras vidas, donde se mezclan sin solución de continuidad destino y azar, la mayor de las alegrías y la amargura más devastadora.
Aquí reside el mayor mérito de esta obra. Nos plantea temas de una transcedencia mayor –la fatalidad, la justicia, la lealtad– de una forma sencilla, a través de una historia muy simple en la que entran en acción personajes y fuerzas elementales.

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