#Paul Auster :: Leviatán

(…) A Sachs le interesaban más la política y la historia que las cuestiones espirituales, pero sus opiniones políticas estaban no obstante teñidas de algo que yo llamaría una cualidad religiosa, como si el compromiso político no fuese solo una forma de enfrentarse a los problemas del aquí y ahora, sino también un medio de salvación personal. Creo que éste es un detalle importante. Las ideas políticas de Sachs nunca encajaban en categorías convencionales. Desconfiaba de los sistemas y las ideologías, y aunque podía hablar sobre ellos con considerable compresión y profundidad, la acción política se reducía para él a un asunto de conciencia. Eso fue lo que le hizo decidir ir a la cárcel en 1968. No era porque pensase que podía conseguir nada con ello, sino porque sabía que no podría vivir consigo mismo si no lo hacía.(…)

#Paul Auster :: Leviatán (1992)

Leí por primera vez a Auster –hace dos o tres años– movido por los comentarios elogiosos de los compañeros del taller de literatura al que asistía entonces. Escogí un volumen de cuentos, y recuerdo que no me agradó. Lamentablemente, mi memoria es mediocre, deficiente, ineficaz en gran medida; en consecuencia, he aprendido a desconfiar de ella. Esta es la razón por la que he vuelto a acercarme a este autor, porque todo lo que sigo leyendo o escuchando en torno a su obra es siempre positivo e, incluso, laudatorio.
La primera conclusión que he extraído es que mis recuerdos, en esta ocasión, eran fiables. Lo cual es descorazonador, porque resulta más cómoda una memoria a la que podemos etiquetar de escacharrada y arrumbar en el trastero, que una que funciona de manera intermitente, obligándonos a mantener una guardia constante y agotadora.
Y la segunda conclusión es que, efectivamente, Auster es un grandísimo urdidor de historias –la tela de araña de las tramas y subtramas que se hilvanan en esta novela es apabullante–, es un eficacísimo urdidor de historias –la historia avanza impulsada por un mecanismo de relojería constituido por engranajes de diversos tamaños funcionando de manera coordinada y cuyo montaje, el montaje en sí mismo, debe ser el resultado de una planificación pasmosa–, es un luminoso urdidor de historias –en el sentido de que la puesta en escena literaria, permítaseme alambicar aún más la figura, es clara, natural, asombrosamente coherente–.
Sin embargo, tampoco he disfrutado en esta segunda aproximación. Reconozco y pondero la pericia de Auster, así como su indiscutible maestría en el manejo de las herramientas y la técnica narrativas. Pero no puedo evitar percibir, tras la armónica melodía del primer plano, un zumbido uniforme y molesto que reduce su historia a un artificio, un ejercicio de virtuosismo admirable, casi perfecto, una especie de castillo de naipes sosteniéndose milagrosamente en el aire.

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