Sin salida

    Silencio. Un niño traga saliva, algún otro solloza. Unos pasos livianos de niño atraviesan el silencio.
    Levanto mi pierna derecha, equilibro mi cuerpo y la adelanto hasta que se posa en el suelo. Camino por el centro del aula. Los pupitres ordenados en hileras a ambos lados del pasillo central son los bordes del abismo.
    Sentada en su mesa, la señorita Irene espera. Ella aprieta la boca y dos latigazos marcan los maxilares en sus mejillas del color de la luna. Una sombra le divide la frente en dos cráteres, secciona sus labios y se le hunde en el busto.
    Ella ha dicho. Ahora vamos a cerrar los ojos y a inclinarnos sobre nuestros escritorios hasta ocultar la cabeza entre los brazos. Ha recogido su falda con la mano y se ha sentado cruzando las piernas. No vamos a movernos de aquí hasta que aparezca la pluma. Miraba por encima de nuestras cabezas, una línea como una guillotina suspendida del techo del aula, sobre nuestras cabezas.
    No tenía otra salida.

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    No existen la una sin la otra. La señorita Irene pasa lista y su pluma certifica. O corrige un ejercicio y la estilográfica estampa. O rastrea entre las cabezas gachas y la plumilla selecciona.
    La señorita Irene se pone en pie. El movimiento delata el contorno de sus caderas. Pero, en seguida, el cuerpo se desvanece bajo el rectángulo de lana basta del saco y solo queda la palidez de su rostro emergiendo del agua negra de la pizarra, un brazo estirado hacia nosotros y una mano rematada en la uña metálica de la pluma señalándome. Y yo empujo hacia atrás la silla. Me levanto. Camino hacia el encerado atravesando el arco voltaico del silencio de mis compañeros. La ecuación que ella ha planteado se revuelve en mi cerebro como una rata atrapada en una trampa. Sé que no voy a poder resolverla. Y conozco las palabras y el castigo, mis lágrimas sumergiéndose en sus pupilas como insectos detenidos de improviso por una tela de araña que no han podido detectar, la mañana transformándose en una luz viscosa y tibia arrojada contra los cristales.
    Ella apoyará la pluma en mi sien izquierda. Escucharé la corredera en su camino de retorno desde la roca y el hielo, el proyectil resbalando hasta alojarse en la recámara como un bloque de granito que cae en un pozo oscuro, el chasquido con el que el gatillo iniciará su movimiento. El viento se filtrará a través de las paredes. Las ventanas serán una noche opaca. El suelo temblará bajo mis pies. Escucharé el percutor a manera de un trépano enroscándose en el hueso temporal de mi cráneo.
    La misma pesadilla. Vigilias iguales con la primera luz arrastrándose como un espectro sobre nuestras literas. Al acecho en los ángulos oscuros y en el fondo de los espejos. Esperando. Renovada en el terror de las pupilas, en el residuo agrio que dejan las palabras acalladas, con cada inspiración y cada latido.
    No tenía otra salida.
    La señorita Irene posiciona el señalador de cartulina granate en la lección que daremos mañana y cierra el libro. Agrupa las tizas en la esquina derecha de la bandeja bajo el encerado. El jersey de paño le esculpe ondas en el vientre. Con la blancura de un relámpago paralizado en un cielo hecho de sombras, un jirón de piel asoma tras una carrera en sus medias de algodón.
    Luego alza los brazos, se saca las gafas de la cara, las dobla sujetándolas por las patillas y las introduce en una funda de tela. Las aguas de su vientre se agitan, formando remolinos. Su mano derecha repta sobre el escritorio. La señorita Irene busca su pluma.
    Ella ha gritado. No salgan del aula cuando acaben las clases, esperen a que yo llegue. En el fondo de sus ojos, como un puñal fraguándose entre llamas frías. Hay un ladrón entre ustedes, ha dicho. No habrá castigo. No habrá castigo si la pluma aparece.
    No tenía otra salida.
    Así que me pongo en pie, despacio, como si fuera una alimaña a la que un olor extraño en el bosque ha puesto en alerta. Y avanzo buscando la protección de la espesura, con todos mis músculos en tensión, lentamente. No tengo miedo. Me concentro en las señales que llegan a mis sentidos. Puedo sentir cómo se endurecen los tendones que sujetan mis piernas a cada paso que doy hacia la mesa donde espera la señorita Irene. El calor de su cuerpo llega hasta mi piel en oleadas.
    Ella también es un animal salvaje. Con los ojos cerrados, ventea el laberinto del bosque. Sabe que me estoy acercando. La yugular se arquea en su garganta como una serpiente al acecho. Los pelos de su antebrazo derecho se erizan, un impulso eléctrico contrae sus párpados, estira el brazo, aferra mi muñeca izquierda y comienza a despegar sus labios. Pero por encima de su boca, esa boca crispada cuyos labios parecen formados de vidrios a punto de astillarse, en la que empieza a armarse mi nombre, dominando las aletas de su nariz por las que resbalan minúsculas gotas de sudor cada una de las cuales me devuelve el terror sin límite de mi rostro, en lo más profundo de sus retinas como ventanas abiertas de par en par a la más oscura de las noches fulgura la plumilla, convertida en un cuchillo que mi mano derecha, una y otra vez, entierra en su corazón.
    No tenía otra salida.
   Unos pasos livianos de niño regresando a su pupitre. Algunas gotas de lluvia golpean en los cristales. Silencio. De nuevo, silencio.

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#Sergio Lozano Sangrador :: slsangrador@gmail.com

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