#Pedro Juan Gutiérrez :: El triángulo de las pitonisas (Trilogía sucia de La Habana)

(…)El amor es una mentira, el dinero un pájaro volando, la salud se arruina en un minuto. Así estoy. Regresando de muchos caminos. Vives en la utopía y la utopía se desmorona. La culpa no la tiene la utopía. En definitiva, siempre proponía la salvación para el futuro, para la próxima generación, para mañana. Tú tampoco tienes la culpa. Es un karma colectivo. Simplemente. Pero de todos modos sucede. Y entonces te dices: ¿qué hago? Puedo escapar o puedo quedarme y sobrevivir entre los escombros. Insistir. Rehacer. O hacer algo nuevo, distinto. Sólo escapan los vencidos. Así. Me lo tomo a pecho. Pero todo es la locura de un mariguanazo en el cerebro. Tienes el humo del maní metido en los pulmones. Te das un par de buches de aguardiente y sigues metiendo humo hasta que ya no puedes pensar en el derrumbe de la utopía y en tu propio derrumbe y en qué más podrías hacer ahora para renacer. Piensas que tal vez Dios puede ayudar. Pero el camino de Dios no se encuentra fácilmente. A veces se presiente. Hasta ahí. Lo presientes y te dices a ti mismo: “Oh, puedo recuperar mi fe”. Y bueno. Es algo. Un cabo que aparece en alta mar, en medio de la tormenta, mientras todos se canibalean sobre la balsa rodeada de medusas.

#Pedro Juan Gutiérrez :: El triángulo de las pitonisas (Trilogía sucia de La Habana – 1998)

Me presentaron esta obra comparando a Pedro Juan Gutiérrez con Charles Bukowski. Creo recordar que me dijeron algo así como que, de haber nacido Hank en La Habana, bebería ron en lugar de whisky y hubiera escrito esta recopilación de cuentos que tiene trazas de novela y que, a ratos, parece una crónica. O un diario. O un exabrupto, un desahogo, una descarga, una manera de aliviar el alma y efectuarle unas abluciones al bulbo raquídeo.
Apenas he leído un libro del escritor norteamericano, así que no tengo claro si creérmelo o no. Reconozco paralelismos entre ambos autores. Podría citar el estilo directo, el lenguaje descarnado, el realismo en la descripción de escenas y sucesos… Sería poco original y, además, nada honesto conmigo mismo. Porque yo creo que todo ello no son más que el síntoma externo de lo que verdaderamente tienen en común: estos dos tipos están enfermos: son morbosos. Se ve que les gusta escarbar la mugre camuflada bajo la alfombra, prefieren las funciones fisiólogicas propias de las vísceras, el intercambio entre personas que de verdad les va es el de fluidos –a poder ser, fluidos pegajosos–, del lector persiguen la mandíbula, el bazo, el plexo solar, los riñones, las cejas… cualquier punto vital. Son un par de malditos hijos de zorra y saben –vaya que sí saben– dónde debe encajarse un buen directo para dejarte aturdido.
A mí me gusta esta manera de contar las cosas. Vale, me crié en un barrio conflictivo y, en efecto, hago un repaso rápido entre los niños de mi barrio y cuento más muertos por sobredosis de heroína que titulados universitarios. Pero no creo que esto baste para explicar que lea con gusto este tipo de obras. Aunque sea cierto que ese antecedente me haga más inteligible este tipo de aproximaciones a nuestro pasar por el planeta. Al fin y al cabo, alguno de esos amigos que ya no están contaban sus historias, poco más o menos –aunque con inflexiones y giros diferentes, porque ellos tampoco habían nacido en La Habana y no eran, por supuesto, escritores–, como Pedro Juan. Entonces, yo leo los relatos del escritor cubano y me parecen honrados y, además, tengo la certeza de que algunas realidades y situaciones requieren ser formuladas tal y como él lo hace. Sin quitar ni un punto ni una coma.

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