#Martin Amis :: La casa de los encuentros

Déjame decirte lo que me encantó del 4 de agosto de 1953, cuando nos plantamos cogidos del brazo. Cuando nos pusimos en pie y nos enfrentamos al Estado y su torbellino de hierro. Yo había llegado a la meta de la filosofía: sabía cómo morir. Y los hombres no saben cómo hacer eso. Podría ser, incluso, que todos los esfuerzos realmente importantes de los varones, tanto grandiosos como ruines, vinieran dados por esta sola incapacidad. A ningún otro animal se le pide que adopte una actitud ante su propia extinción. Ello resulta terriblemente difícil para nosotros, y cabe pensar que mitiga en parte nuestra mala reputación general… Necesitamos la emoción de masas para saber cómo morir. Necesitamos ser como todos los demás animales, e ir con el rebaño. La ideología te da emoción de masas, y ésa es la razón por la que a los rusos siempre les ha gustado la ideología. Yo he hablado mucho de la tuya. Y durante toda tu vida he tratado de interesarte por la mía: la ideología de la no ideología. No es una mala ideología, la tuya; pero es una ideología. Y es lo único que veo en ti que sigue siendo imperfectamente libre.

#Martin Amis :: La casa de los encuentros (2006)

Si tuviera que resumir mi opinión sobre esta novela en una frase de tres palabras, diría: una obra impecable. Si se me permitiera la licencia de irme hasta la docena de palabras, entonces, añadiría: estaría orgulloso de haber escrito una novela como esta. Y si alguien preguntara el por qué de tal afirmación, en ese caso, me extendería. Puedes apostar por ello.
Esta novela es una obra fría, hecha con cálculo, premeditada en todos sus extremos para solventar alguno de los rompecabezas más formidables con los que hay que enfrentarse al ir a contar una historia. Y el resultado es… impecable.
Amis nos cuenta la misma anécdota en tres planos diferentes: un triángulo amoroso que implica a dos hermanos, el confinamiento de ambos hermanos en un campo de trabajos forzados, y la deriva que toma la nave soviética, con la llegada de Stalin al poder, hacia la demencia y el desastre. Ninguno de ellos tapa o se superpone a los otros dos. Al contrario, funcionan como tres lupas de diferente aumento que encuadran un mismo objeto. Lo que quiere conseguir el autor no es solo que lleguemos a apreciar hasta el último detalle del objeto estudiado, sino que lleguemos a ese conocimiento tras recorrer –solo tras recorrer– unas etapas que él ha planificado.
El narrador elegido contribuye de una manera efectiva, convincente, contundente, a conseguir ese efecto. Se trata de uno de los dos hermanos que protagonizan el libro, un superviviente de la segunda guerra mundial y del gulag, que vuelve de visita al campo de trabajo, hace años convertido en parque temático para turistas. Este hombre, ahora, es un anciano. Ha regresado a morir y antes de hacerlo repasa las experiencias que han dejado más profunda huella en su vida. Un repaso que adquiere la forma de un discurso agónico –una última carta a su hija, una confesión, un pliego de descargo, una declaración postrera– en el que no hay respeto para el orden cronológico o el anclaje geográfico, como tampoco lo hay para el remordimiento o el dolor o la justificación. Al fin y al cabo, ya se ha dicho, nuestro hombre va a morir, y desde ese umbral la perspectiva no sólo es objetiva –carente de matices–, sino que es cruda y ya, seguro, unívoca.
Esta novela no me ha soprendido, no me ha emocionado, ni siquiero puedo afirmar que comparta en un porcentaje suficiente su visión del fenómeno soviético o su diagnóstico sobre la naturaleza humana. Entonces, ¿qué tiene?, preguntará alguno. La respuesta es fácil, muy fácil: es sólida, es creíble, es de naturaleza orgánica –una raíz alojada en un terreno rico en restos en descomposición–, está muy bien escrita, está escrita por alguien con un amor propio desmesurado. Es audaz.

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