Todas las canciones son la misma :: 1

Todo se derrumba y es tan frágil,
todos mis castillos son de arena,
todo lo que sueño es tan frágil,
todo lo que bebo es tu ausencia
Fito y los Fitipaldis -Corazón oxidado-

El día que se acabe el tiempo, cuando el sol se apague para mí.
El día de la eterna noche sin sueños, cuando por fin deje de sufrir.
El día que de madrugada la dama me visite al fin…
Ese día piensa en mí.
Descansaré en paz, amigo.
Calla, no llores por mí. He escogido mi camino.
Los suaves -Ese día piensa en mí-

Llevas tatuado en tu cabeza rapada, “Era de otro”, la única mujer que amabas.
Kortatu -Tatuado-

    1

    –¿Por qué volviste a este barrio de mierda?
    La pregunta resuena en el aire y, al igual que el resto de sonidos que hubo en la noche, los gritos y las maldiciones, los golpes y las risas, no pasa, se queda. Como si en lugar de una pregunta, en lugar de simples palabras, fueran paladas de tierra que te van tirando encima. Y sabes, por el peso de esas palabras, que ha llegado la hora de tu muerte.
    –Colega, ¿puedes oírme aún?
    La cara de Peralta, pegada a la tuya, parece una mancha borrosa en el muro lechoso de la primera luz de la mañana, un torbellino que gira muy lentamente en el agua brillante del último amanecer que penetrará tus ojos.
    –Nos queda poco tiempo, Santiago –la mano de Peralta te sujeta la cabeza por el mentón y sus ojos buscan los tuyos–. Contéstame, al menos, una pregunta. Le doy vueltas y vueltas y no consigo entender cómo no se te ocurrió otra cosa que volver a Bilbao. ¿En qué estabas pensando, colega?
    Afuera permanece la noche. Permanece la lluvia de aquella noche, estrellándose empecinada contra las hojas de los tilos. Tu sombra se arrastra por calles solitarias. Hace frío. Buscas un bar abierto, un soportal donde guarecerte, una luz encendida tras una cortina. Pero los edificios son poliedros sin puertas ni ventanas, en los muros no se abre ningún hueco por el que escapar. Y tú atraviesas la noche, herido y solo, con el puñal de la amargura desgarrándote el pecho, el eco de una canción resonando para siempre entre los pedazos de tu corazón.
    –¡Tú ganas, Santiaguito! –Peralta vuelve a gritar en tu oreja izquierda– ¡Al culo el coche y la puta mierda que hubiera en él! Ya solo quiero saber por qué cojones volviste a este barrio de mierda.
    No esperas esa pregunta. No esperas ninguna pregunta diferente a la que ellos llevan horas lanzándote. Has pasado toda la noche resistiéndote a darles la respuesta que ellos quieren obtener. Sabías cómo acabaría esta historia y conocías el atajo para alcanzar ese final, y así ahorrarte el dolor y la agonía, pero has preferido callar, has elegido perderlo todo, y para siempre, a cambio de una victoria, la única y la última posible.
    Quieres contestar a esa otra pregunta. Porque en esta noche has comprendido, a medida que las palabras que ellos empujaban contra ti revelaban que estas serían tus últimas horas, que la respuesta a esa otra pregunta condensa la fuerza motriz de tu existencia, no solo desde que aceleraste en el aparcamiento del Paraíso para dar esquinazo a los hombres del Martillo, antes incluso de aquella mañana parado en medio de la plaza, delante del bar de Miqui, sino desde la noche en que Lola te beso por primera vez y luego se alejó, bajo la noche y la lluvia, abrazada a Peralta.
    –¿En qué estabas pensando, colega? –pregunta Peralta.

[–> 2]

todas_canciones_la misma1

Etiquetado , , ,