Todas las canciones son la misma :: 2

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    No me fijé en el nombre. Ocupaba el mismo local donde estuvo el bar de Miqui. Con eso me bastaba. Di un vistazo rápido a los pocos clientes y no vi ninguna cara conocida. Pedí un gin-tonic sin hielo y salí a beber a la terraza.
    De vez en cuando pasaba alguien que me resultaba familiar. Entonces, nuestros ojos se encontraban y no pasaba nada, o nos cruzábamos un saludo cohibido, un imperceptible movimiento de las cejas o la cabeza, los labios arqueándose, tal vez apenas un brillo en los ojos. Hasta que un tipo que se acercaba por la calle dio un giro brusco al ir a entrar al bar y verme sentado junto a la puerta. Me fijé en su rostro: era uno de los hermanos Fajín. Siguió de largo acelerando el paso y se metió en una hamburguesería a mitad de la calle Andalucía. Volví a entrar al bar, pedí otro pelotazo –había perdido la cuenta de los que llevaba bebidos– y regresé a mi sitio en la terraza, por fin tranquilo después de días de andar escondiéndome en vías de segunda y tercera. Estaba seguro de que había ido a avisar a Peralta.
    Yo quería ver a Peralta. Casi estaba convencido de que había vuelto para encontrarme con él. En algún momento, uno de estos últimos días, en algún cruce de caminos desierto, había llegado a persuadirme a mí mismo de que iba a ser capaz de controlar mis emociones cuando Peralta se me aproximara sorteando el desorden de mesas y sillas de la terraza, con una caña de cerveza en la mano, media sonrisa colgándole en los labios gruesos y un cigarrillo sujeto encima de la oreja. En ese mismo cruce empecé a armar la historia que pensaba contarle, un relato al que había dotado de principio y final, coherente, en el que todo lo que pudo ocurrir aún fuera posible. Pero me sentía borracho, había comenzado a ponerse el sol, la sombra de Peralta no tardaría en aparecer como una araña de patas alargadas saltando de una pared a otra de la calle y en mi cabeza todas las palabras devolvían el mismo sonido, Lola.

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    –¿Qué fue de Lola? –le pregunté en cuanto se dejó caer en una de las sillas de plástico del bar.
    Peralta me miró desde detrás de sus gafas de cristales ahumados. Cruzó la pierna derecha sobre la izquierda y manoteó desganado el bajo del pantalón y su bota campera.
    –¿Te acuerdas de Lola, Peralta? –insistí, mirando el final de la calle.
    –Vas a tener que ayudarme, Santi. Enróllate y dame alguna pista.
    –Teníamos dieciocho… veinte años. Ella era algo mayor que nosotros. Trabajaba en este bar.
    –Claro que me acuerdo de Lolita –Peralta se llevó el cigarrillo a la boca y le prendió fuego–. Es imposible olvidar un culo como el suyo, colega –sonrió, bajándose las gafas.
    Un Seat León rojo se acercó por la calle Andalucía. Estacionó en frente de la hamburguesería, pero el conductor no paró el motor.
    –Se dio el bote poco después de que tú desaparecieras. Hice una apuestita con los gemelos: yo decía que os habíais ido juntos –continuó–, y ellos que no, que tú no tenías cojones de levantarme la chica.
    Le miré a la cara. Peralta se quitó las gafas y las guardó en un bolsillo de la camisa.
    –Lástima. Me gustaba la idea de que el final de mi bonita historia de amor fuera el principio de otra bonita historia de amor –Peralta sonrió, bajó la pierna y volvió a sacudirse los pantalones–. Ya me jode que me ganen ese par de cabrones.
    Peralta apuró su cerveza de un trago y se puso en pie.
    –Dichosos los ojos, Santi, ¿dónde te has metido todos estos años? Habrás visto millones de cosas. Vamos a dar una vuelta y me lo cuentas todo.
    No me moví de mi sitio. Acababa de alcanzarme la intuición de que Peralta lo sabía todo. El sabía que Lola y yo éramos amantes, aunque nunca lo demostró. Al menos, nunca me lo demostró a mí. Me concentré en esta idea mientras cogía mi vaso: nunca me lo demostró a mí. Ninguno de los dos, ni él ni yo, hicimos nunca nada que hiciera pensar al otro que había algo entre Lola y yo. Ella, tampoco. Apreté el vaso con todas mis fuerzas y repetí para mis adentros: Lola, tampoco.
    –¿Qué fue de ella?, ¿qué cojones le pasó? –le grité.
    –¿Estás sordo, colega? Te he dicho que se largó. La echaron del bar, se metió a monja, emigró a América, se estampó contra un árbol en una carretera de montaña… yo qué sé, me importa una mierda qué pasó con ella. Tú eras mi amigo, te fuiste, yo conseguí sobrevivir; ella era mi novia, dejó de serlo, después de ella ha habido otras. Moraleja: la vida sigue; da igual que te empeñes en lo contrario, colega, la vida sigue.
    Peralta hizo una seña con la mano. Fajín salió de la hamburguesería y caminó hacia el coche.
    –Despabila, colega –alargó el brazo y me quitó el vaso–, vamos a buscar un sitio tranquilo. Tenemos que hacerte un par de preguntitas.
    Quería decirle que yo la quería, decírselo aguantando su mirada, como si le estuviera escupiendo a la cara, que ella estaba enamorada de mí y que la única razón por la que seguía con él era por miedo. Quería elegir las palabras precisas, como quien elige un cuchillo examinando la calidad de su filo, para explicarle por qué ella dejó el barrio una vez que yo me fui, cuando ya no tenía sentido mantener la farsa para protegerme. Sin embargo, me limité a levantarme y seguir a Peralta hasta el coche. Siempre había pretendido que Lola, al igual que yo, tuvo su oportunidad, de modo que nada de lo que ella hubiera hecho con su vida tenía que ver conmigo. La otra noche, cuando Lola dejó mi mano sobre la barra y se giró para perderse en la penumbra del Paraíso, me vi obligado a reconocer algo que me había a negado a mí mismo en muchas ocasiones, que mi vida dejó de tener sentido el día que me fui y la perdí. Y en ese momento, mientras Peralta me empujaba al interior del coche, comprendía que su vida, el curso que tomó la vida de Lola desde mi huida, era, también, consecuencia de aquella misma acción.
    Al otro lado de la ventanilla, la luz, primero roja y luego gris, iba apagándose como si fuera una voz de la que fuera alejándome poco a poco. No podía apartar el sentimiento de culpabilidad de mi mente. Peralta y los Fajín me hablaban, pero yo no contestaba. Nunca podría borrar ese sentimiento.
    Ni siquiera me di cuenta de que paramos delante de un viejo almacén abandonado. Empecé a comprender cuando entré detrás de Peralta. Varios tipos fumaban al fondo, en torno a un bidón metálico en el que habían encendido un fuego. No podía distinguir qué anunciaban sus rostros, apenas veía sus siluetas estremeciéndose a la luz de las llamas.
    –Este es el trato –empezó Peralta–: tú me dices dónde está el coche y yo te dejo marchar. A mí me interesa la pasta, paso del mosqueo que ha pillado ese tipo contigo. Piénsalo un par de minutos.
    –¿Cuánto valgo, Peralta?
    –Bastante dinero, colega.
    –¿Cuánto? –volví a preguntar.
    Peralta sonrió y se dio la vuelta. Me respondió de espaldas, caminando hacia el fondo de la nave.
    –Un kilo, Santiago, un kilito. Y el coche, otro medio kilo. Se ve que te había cogido más cariño a ti que al coche.
    –¿Y qué piensas contarle al Martillo?
    –Relájate, Santiago. Tú solo tienes que decirme dónde has puesto el cochecito –Peralta retrocedió y se paró delante de mí–. De todo lo demás, del Martillo, las explicaciones… del trabajo duro nos encargamos nosotros.
    La vida es un túnel: una vez has entrado por uno de los extremos solo queda avanzar hasta llegar a la salida. Una frase redonda. Se me ocurrió alguna noche de speed y alcohol, o la escuché por ahí. Me gustó y me quedé con ella para ponérmela cuando hiciera juego con la situación. La vida me había enseñado que todo puede acabar cuando menos lo esperas y necesitaba un mantra al que aferrarme cada vez que veía el extremo de salida acercándose a toda velocidad. Las pupilas de Peralta eran el final del túnel. El haz de luz que lanzaban los faros del coche a través del boquete por el que habíamos entrado a la nave y las sombras que las llamas aplastaban contra la chatarra oxidada. Había llegado al final del túnel.

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    Di una última calada al cigarrillo y lo dejé caer al suelo.
    –El Martillo no es de ese tipo de personas que se dejan engañar –contesté.
    –Como prefieras, Santi –las sombras se pusieron en movimiento–. Vamos a sacarte dónde has escondido el coche aunque tengamos que arrancarte el corazón.

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