Todas las canciones son la misma :: 3

    3

    Acabé en el monte Ganguren, viendo cómo ardía el coche que había dejado caer ladera abajo y, más allá del bosque de pinos, el barrio de mi niñez. Pero mi primer pensamiento había sido volver a Portugal. Hacer las maletas, tapar los muebles con sábanas, echar los postigos, dejarle una llave a la vecina y pedirle que regara las plantas de vez en cuando. Hasta que el Martillo se olvidara de mí y de la droga.
    Luego intenté convencerme de que Lola tenía razón y que debía pasar página, debería haberlo hecho hace mucho tiempo.
    En seguida creí comprender que no se trataba más que de una escenificación. Irme o quedarme. Olvidar o alimentar la amargura. Llamar al Martillo para entregarle el coche y los cuatrocientos kilos de cocaína que transportaba para él desde Melilla. Dejar atrás la casita encalada en un costado del puerto y encerrada en ella, como un alimento perecedero que acabará por pudrirse y ser pasto de los gusanos, la esperanza de pertenecer a algún sitio que había ido amasando en aquel pequeño pueblo del Algarve.

todas_canciones_la_misma3

    Ya había vivido antes algo similar. La certeza de que no se trataba de una elección. No cabe ninguna elección cuando todo se reduce a seguir avanzando. En eso consistía mi vida desde que decidí abandonarlo todo, familia y amigos, todo lo que era y todo lo que hubiera sido, en avanzar, en recorrer una tramoya que sucedía a la anterior, una rutina sustituyendo a otra, nombres nuevos en lugar de los ya conocidos y, a veces, en contadas ocasiones, en el espejismo de que empezar desde cero era posible, como si ciertos decorados encerraran la facultad de alumbrarnos por primera vez a este mundo, vacíos y plenos, vírgenes y feraces, libres de máculas, antecedentes y horizontes.
    Di un volantazo en alguna intersección con una carretera local y me limité durante días a enlazar vías de segunda y tercera, encadené gasolineras y apartaderos al borde del arcén, atravesé pueblos y paisajes anónimos que se desvanecían en el parabrisas con velocidad de espectros. No me dirigía a ningún sitio. No quería llegar a un lugar en concreto. Ningún destino tenía sentido. Huía, aunque sabía que no había escapatoria. No había manera de escapar a lo que había dejado atrás, en el taburete que Lola abandonó para ir a ofrecerse al desconocido que fumaba en un rincón, en las sábanas sucias donde manos extrañas ajarían su cuerpo, en las lágrimas que llenaban sus ojos cuando me dio la espalda. En Basauri, una noche de lluvia y frío, mucho tiempo atrás. Hace tan poco tiempo, en la penumbra del Paraíso.

[–> 4]

Etiquetado , , ,