Todas las canciones son la misma :: 4

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    Hacía unas horas. Ayer mismo. Tal vez unos días, una semana atrás. Después de tantos años, había vuelto a ver a Lola en El Paraíso, un cubo de bloques de bovedilla a las afueras de un poblacho en la carretera de Albacete.
    Me había quedado sin escala para medir el paso del tiempo al verla apoyada sobre la barra, la blusa abierta mostrando el nacimiento de los senos y el flequillo de pelo negro sobre la mejilla izquierda. Así la recordaba, Lola caída sobre la barra del bar de Miqui, atendiendo a un parroquiano sin darse cuenta de que yo estaba parado en medio de la plaza, incapaz de decidirme por pisar a fondo el acelerador o entrar a decirle que me iba para siempre. El flujo del tiempo había quedado anulado y no tenía manera de calcular el plazo transcurrido desde aquel definitivo y nunca expresado adiós. No tenía manera de calcular el plazo transcurrido desde el único y seguro adiós.
    El sicario del Martillo se percató de mi sobresalto. Sonrió.
    –Todavía tardará. Así que si te apetece un cohete –me guiñó un ojo–, tienes tiempo de sobra para divertirte.
    –La morena de la camisa clara, ¿cómo se llama? –necesitaba estar seguro de que no me engañaba la vista.
    –Depende de la pasta, tío. Por cincuenta euros, se llama mamada. Por cien, follar. Por doscientos, el nombre lo pones tú. Pero no te preocupes por el dinero, el Martillo invita.
    El tipo rió su agudeza y bebió. Lo miré sin decir nada. No me gustaba aquel tipo. No me gustaba el antro. No me gustaba el tipo de trabajos que me había llevado hasta allí. Lo único que me gustaba de todo este asunto era que el jefe era el Martillo. No porque fuera una buena persona o un colega simpático. El Martillo era un asesino y un proxeneta, uno de esos hijos de puta a los que conviene ceder el paso si te cruzas con él en un lugar estrecho. Sin embargo, su participación lo hacía todo más sencillo. El Martillo no era amigo de las sorpresas, por lo que tenía la costumbre de establecer, desde el principio, cómo tenía que transcurrir un negocio. Tenía la habilidad de expresarse bastante bien. Además, todos los que andábamos en este negocio habíamos oído hablar de lo que ocurría cuando algún imbécil se entremetía en sus operaciones y había que alterar el guión. Por lo tanto, daba igual cómo me cayera aquel sujeto. Le miré y me limité a sonreír.
    –Dolores nosequé –algo se relajó en su mandíbula–. No acostumbro a pedirles su filiación completa a las putas, ¿comprendes?
    Cogí mi vaso, me levanté con la intención de acercarme a ella, y dudé. Por segunda vez, el paso del tiempo había sido borrado. Me pareció estar viviendo la misma duda de aquella remota mañana en que la entreví por última vez desde el coche, momentos antes de pisar el acelerador.
    Si hubiera entrado a lo de Miqui y le hubiera pedido que marchara conmigo. Si hubiera hablado con ella y le hubiera convencido de que lo dejara todo. Si la hubiera abrazado allí mismo, delante de los clientes del bar, y no, como siempre, en la penumbra culpable de una sala de cine o en el asiento trasero de un coche prestado o en una habitación de cualquier pensión barata, y le hubiera dicho que la quería, que la quería tanto que era capaz de cometer una locura, que la quería con un amor que me quemaba por dentro, que nunca nadie la amaría como yo la amaba. Tal vez no estaría allí, arrimando una banqueta, posando mi vaso junto al suyo, contemplando mi silueta adentrándose en las pupilas de Lola como si fuera un frágil velero que costea un arrecife en medio de la niebla.

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    –Te fuiste –me dijo y tomó el cigarro que le ofrecía, mirándome a los ojos.
    O si hubiera entrado y le hubiera dicho adiós. Nada más, adiós. De modo que todo hubiera quedado expresado, todas las palabras que pueden cambiarse dos personas de una vez y para siempre gastadas con esa única, inmutable palabra, adiós.
    –Sigues siendo la chica más bonita de la galaxia –mentí.
    Lola inclinó la cabeza para prender el cigarrillo en la llama de su mechero y luego la echó hacia atrás. El mechón de pelo se plegó sobre su sien. Había rubor en sus mejillas maquilladas.
    –La vida, ¿se ha portado bien contigo, Santi? –en sus labios pintados se agolpaban los brillos del garito.
    –Vivir castiga mucho, Lola.
    Me devolvió el mechero y su brazo derecho quedó sobre la barra. En su mano estaba el paso del tiempo. En la piel arrugada bajo la que se transparentaban los vasos sanguíneos, en los pliegues blanquecinos y secos entre los dedos pulgar e índice, en las uñas mal cortadas y la cutícula descuidada. Puse mi mano sobre la suya.
    –No esperabas encontrarme en un sitio así –dijo ella–. Ya somos dos, marinero. Yo tampoco esperaba volver a verte en un sitio como este.
    Había sentido el impulso de acercarme a ella tan pronto como había creído reconocerla. Pero ahora no sabía muy bien qué decir. Pasé mi mano por debajo de la de ella y nuestras palmas se tocaron.
    –Hay sitios donde no quieres encontrarte con nadie. No es por vergüenza –continuó Lola. Aprovechó el gesto de llamar al camarero para retirar su mano–, ¿lo comprendes? En este tipo de lugares no es fácil saber si tengo que preguntarte por la salud de tus padres o será mejor que me desabroche otro botón de la camisa.
    El tiempo nos había convertido en dos extraños. Dos desconocidos que buscaban a tientas la salida del túnel. Nos habíamos acostumbrado a la soledad, creíamos habernos resignado a nuestra suerte, que no era otra que avanzar sin más sentido que llegar a un punto que desconocíamos y al que habríamos de llegar no por convicción o deseo sino porque no teníamos alternativa, porque habíamos olvidado que cabía otra posibilidad, porque un día dejamos de creer que existían más posibilidades, porque un día, anterior a ese otro, renunciamos a todas las demás opciones para quedarnos solos chapaleando en la ciénaga oscura del túnel y, de repente, en medio de la oscuridad, sentíamos el roce de una piel ajena en nuestras manos.
    –Ya sabes cómo funcionan estos garitos –Lola se giró y apoyó los antebrazos en el mostrador. El telón de pelo negro volvió a ocultar su cara–, ¿qué vas a tomar?
    Pedí un gin-tonic. Lola no me dejó acabar la frase.
    –Sin hielo –dijo ella, yo asentí–. Sigues siendo un chico de pocas palabras. Menos mal que tus ojos aún hablan por ti.
    Cerré los ojos.
    –Demasiado tarde, marinero. He tenido tiempo de ver que en ellos no hay hielo, sino fuego.
    Reímos los dos. Luego dejamos que los minutos pasaran mientras fumábamos y bebíamos mirándonos en silencio. En algún lugar de aquel rostro que yo amé, a manera de un estrato aplastado bajo las pestañas postizas y la base de maquillaje seca y cuarteada, la blandura ya invencible en ojos y mejillas, los labios gastados y la piel arrugada y flácida del cuello, debía encontrarse la imagen que yo había guardado todos estos años. Yo me preguntaba si acceder a ella y recuperarla eran la misma cosa. Necesitaba creer que exhumar un recuerdo e insuflarle vida bastaba para que volviera a tejerse, en torno a él, la trama de acontecimientos que se desgarró con su extinción.
    –¿Por qué te fuiste? –preguntó, de pronto, sin prevenirme con la mirada, la cara vuelta hacia mi mano, aún sobre el mostrador como si fuera una prenda que alguien hubiera olvidado.

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    No tenía respuesta para aquella pregunta. En realidad, carecía de respuestas para casi todas las preguntas. Renuncié a ellas desde el mismo momento en que bajé el freno de mano, embragué, metí primera y pisé el acelerador a fondo. Allí, delante del bar de Miqui, habían quedado todas las respuestas, como hojas marchitas caídas de los plátanos de la plaza, a la espera de que la noche y el viento vinieran a borrar hasta el último eco del lamento que hacían al resbalar sobre el pavimento.
    –Todos estos años, Lola… hay una pregunta que me he hecho una y otra vez…
    Ella levantó la mano y acarició mi mejilla. Detrás del pelo negro, sus labios se movieron.
    –Al fin del mundo, Santi, hubiera ido contigo al fin del mundo.
    Bajé los ojos al piso. Eran las palabras que siempre acababa por descartar. En carreteras iguales que llevaban hacia cualquier sitio. Rodeado por horizontes ajenos y sin sentido. En tantas habitaciones de hotel donde mataba las horas interminables fumando solo, echado sobre una cama sin deshacer, ensayando frases posibles mientras el humo del cigarrillo se desparramaba por el techo, seleccionando miradas con las que sofocar el recuerdo. El recuerdo y la ira y el dolor. Jamás podría volver a aislar mis recuerdos en el laberinto de la ignorancia. Acababa de perder la coartada que me permitía mirar para otro lado cada vez que sorprendía en el espejo, a manera de un relámpago que brillaba solo en la órbita de mis ojos, el reflejo de Lola corriendo hacia mí en la noche y la lluvia, haciendo a un lado la melena negra con su mano y adelantando el cuello, los labios entreabiertos, para que nuestras bocas se encontraran.

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