#Mario Cuenca Sandoval :: Los hemisferios

El taxi que lo conduce a casa –un Peugeot, aunque no reconoce el modelo, de formas tan curvas y futuristas– dispone de una pantalla en el salpicadero con un mapa tridimensional de las calles que van atravesando. Hipnotizado por los gráficos y la voz femenina que guía al conductor, la ciudad no le parece ahora una ciudad, sino una gigantesca red de información, un sistema nervioso. El París de nubes y buhardillas de Cortázar se ha convertido en una abstracta maraña de destellos, conexiones de metro y autobuses, en una aterradora red sináptica. La electrónica ha desmoronado el velo de Maya y la ciudad aparece como una telaraña en extraño equilibrio. Hilos, conexiones sutiles, líneas de transporte. Su delgada materialidad. Todo pierde sustancia. Inhabitable. Información circulando y nada más que eso. Una red por la que la gente corre como cobayas.

#Mario Cuenca Sandoval :: Los hemisferios (2014)

Todos conocemos la historia. Una persona quiere transmitir una idea original –original, novedosa en el sentido de personal, propia, íntima– que lleva un tiempo dando vueltas en su cabeza. Necesita: uno, un vehículo para efectuar esa transmisión (un bisonte pintado en una pared de la cueva, una canción rimada, una obra de teatro, un poema épico, una novela, una película, una performance…); y dos, un territorio donde puedan coincidir su idea y los receptores posibles (la epopeya, real o ficticia, en cuyo núcleo irradia la idea).
Sin embargo, nuestra especie lleva el suficiente tiempo sobre este planeta como para haberle sacado chispas al catálogo posible de vehículos y como para haber alambicado todo tipo de tramas. Todo está inventado, concluimos. Repasamos la cartelera y los grandes estrenos son meras revisiones de éxitos antiguos, la programación televisiva se llena de series –es decir, de productos que pretenden estirar una idea exitosa hasta conseguir extraerle el último aliento–, o las obras literarias más leídas –no resisto la tentación de mencionar el nombre anglosajón de este fenómeno de nuestros días, best-sellers, por la claridad que aporta– responden a un esquema de construcción idéntico, a la manera de barajas de cartas que se diferencian por el orden en el que se nos presentan los naipes. Nada nuevo bajo el sol, concedemos en esas épocas, como lo es la actual, que parecen empeñadas en demostrar que, efectivamente, el caudal de nuestra inventiva ya ha sido agotado.
Mario Cuenca Sandoval no se ha resignado. Cree firmemente que hay terrenos inexplorados en los que podemos internarnos utilizando los viejos y conocidos vehículos. Su propuesta consiste en usarlos de una forma muy personal: mezclar cine, literatura y fotografía; articular la novela en dos novelas unidas por pasarelas que las confrontan y las diferencian, las singularizan y las comunican; asentar la historia sobre el exceso –exceso en la longitud, en la arquitectura que la sustenta, en su aproximación a lo orgánico o a lo conceptual despreciando el espacio intermedio entre ambos extremos, en el lenguaje hipnótico y, a ratos, psicodélico–; trasladarnos a escenarios reconocibles –reales– que resultan imposibles.
No resulta fácil leer un libro así, por descontado. Si escribirlo es asumir un riesgo, leerlo es realizar una apuesta. Hoy en día, todos lo sabemos, no está de moda –no fuera del ámbito deportivo– ni lo uno ni lo otro.
En correspondencia con la honestidad del autor, yo también voy a asumir un riesgo: ‘Los hemisferios’ no es una novela, es un sistema; como tal, tiene la coherencia –en su arquitectura– que le demanda el conflicto –la idea– que busca desplegar delante de nuestras (asombradas) narices.

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