Todas las canciones son la misma :: 5

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    Eran las fiestas de Basauri. Kortatu tocaba en la plaza Arizgoiti. La música me atravesaba como un arco voltaico estremecedor pero inofensivo. A cada salto, el corazón parecía que iba a estallar en mi boca. Estaba empapado en sudor. Botaba sin cesar, pegado a los altavoces de un lado del escenario. Aunque gritaba con todas mis fuerzas, no conseguía oír mi voz. Chocaba una y otra vez contra siluetas oscuras y tipos con cresta que no conseguía enfocar. Bailaba. Botaba. Gritaba. No podía parar.

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    Alguien me sujetó por la cintura y tiró de mí. Dejé de brincar. Era Lola, que había tropezado y se había agarrado a mí para evitar rodar por el suelo. No conseguía mantenerse en pie, así que la sujeté por la cintura y salimos a un lateral de la plaza.
    Lola estaba mareada y me pidió que la acompañara a un lugar tranquilo hasta que se le pasara la borrachera. Eché un último vistazo a la masa de cuerpos que bailaban frenéticos. Era inútil intentar localizar a Peralta o a alguien de la cuadrilla. Bajamos por la calle Nagusi y nos sentamos en uno de los bancos del mirador sobre el río.
    La música del concierto llegaba lejana, amortiguada por el rumor del agua, y yo no podía evitar taconear siguiendo el ritmo.
    –Te he fastidiado el concierto –se disculpó.
    El relente subía en oleadas desde el río. Lola tiritaba. El pelo, negro y húmedo de sudor y rocío, le caía sobre la cara y los hombros desnudos. Se le había corrido el rímel y una lágrima tiznada le bajaba hasta el pómulo.
    –No te preocupes, preciosa –le pasé el brazo por la espalda para darle calor–. No cambiaría nada por estar aquí, contigo.
    Ella se acurrucó a mi costado. A los pocos minutos, su respiración se hizo regular. A lo lejos, la guitarra de Muguruza armaba el riff de entrada a la canción “Tatuado”. No pude evitar repetir el estribillo: llevas tatuado, en tu cabeza rapada, era de otro la única mujer que he amado. En voz baja, para no despertar a Lola.
    Empezó a llover, pero no me moví. Me quité la chupa con cuidado y la eché por encima de sus hombros. No me importaban la lluvia ni el frío. Había fantaseado tantas veces que tenía el cuerpo de Lola en mis brazos, que ella recostaba la cabeza en mi hombro y yo le apartaba el pelo de la cara y le decía en un susurro que estaba loco por ella.
    De repente, escuché los gritos de Peralta llamándola. Mi primer impulso fue levantarme y avisarle de que ella estaba conmigo, pero supuse que él ya nos había visto porque venía directamente hacia nosotros por el medio de la calzada. Peralta daba grandes zancadas, con los puños cerrados. Lo seguían los hermanos Fajín, unos metros por detrás, abiertos a los costados.
    –¿De qué palo vas, colega? –me espetó, dándome un manotazo en la sien.
    Le miré a los ojos. Tenía las pupilas dilatadas. Se pasaba la mano derecha una y otra vez por la cabeza. En ese momento, Lola se revolvió y la solté.
    –¿De qué palo vas, colega? –repitió, detrás de mí, uno de los Fajín y me pegó en la coronilla.
    –Se sentía mal y no quise dejarla sola –me puse en pie y dí un paso adelante para salir del alcance de los mellizos–. Hemos venido directos desde la plaza. Te lo juro, Peralta. De la plaza a este banco, no nos hemos movido de aquí.
    Peralta me miró de arriba abajo. Luego le miró a ella.
    –No te pude encontrar… Al primero que vi fue a Santi –había carne de gallina en sus antebrazos–. El me ha cuidado.
    Peralta volvió a mirarme de arriba abajo. Dejó caer el brazo derecho a lo largo de su cuerpo al tiempo que se me acercaba aún más. Agachó la cabeza hasta tocar mi nariz con la suya. Sus ojos tenían el mismo brillo que un charco justo antes de ser pisado, ese mismo brillo que desaparecerá en cuanto mi bota entre en él. De improviso, sentí un rodillazo en los testículos y caí de rodillas al suelo.
    –Si vuelvo a verte cerca de mi chica, te corto los huevos, ¿has oído?
    –¡Que si has oído! –repitió uno de los hermanos, al tiempo que me pateaba las costillas.

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    Me arrastré por el suelo intentando zafarme de las patadas. Lola le rogaba a Peralta que dejaran de golpearme, pero ellos no paraban. La paliza cesó en cuanto ella rompió a llorar.
    –Es suficiente, chicos, la parejita lo ha entendido –dijo Peralta. Me cogió del pelo para que lo mirara a la cara–. A ver, colega, la próxima vez que mi chica te pida que la cuides, ¿qué es lo primero que va a pasar por tu cabecita?
    –Buscarte –respondí entre toses.
    –Lo has entendido. Ahora, colega, solo falta que no se te olvide –y me estampó la cara contra el piso.
    Luego oí pasos alejándose, un coche pasó calle abajo y hundió la luz de sus faros en el fondo de mis retinas, las gotas de lluvia se estrellaban contra las hojas de los tilos y me salpicaban la cara y las manos. Tomé aire y concentré mis energías en subirme al banco. Alguien tiró de mí. Alcé la vista, era Lola.
    –Me llevaba tu chamarra –me cubrió el cuerpo con ella y la remetió por detrás de mis hombros–. Siento tanto lo que ha pasado. De verdad que lo siento. ¿Me perdonas?
    Quise decirle que no había nada que perdonar, que ella no tenía la culpa de nada, y que, mientras ella dormía en mis brazos, aquella había sido la noche más feliz de mi vida. Pero me temblaba todo el cuerpo y no fui capaz de modular mi voz.
    –Lo siento tanto, Santi –repitió Lola, mientras me limpiaba las mejillas con ambas manos.
    Se oyó un silbido. Ella giró la cabeza hacia Peralta y los gemelos. Caminaban de vuelta a la plaza.
    –Tengo que irme –susurró y echó a andar hacia ellos–. Te llamaré, te lo prometo.
    Sin embargo, al cabo de unos pasos se dio la vuelta y regresó corriendo. Cuando se agachó y apartó a un lado el mechón de pelo negro que le tapaba el rostro, se me erizó la piel y sentí un vacío súbito en las tripas porque me dí cuenta de que había vuelto a besarme.

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