#Rubem Fonseca :: El caso Morel

Morel concluye la lectura. Se tiende en el suelo y comienza a hacer flexiones.
–¿Espera a que yo llegue para ponerse a hacer flexiones?
–Lo hago cada hora. Cincuenta veces.
–¿Cuántas horas?
–Ocho. Cinco veces ocho, cuarenta: cuatrocientas flexiones.
–Dentro de poco se convertirá en un Pantera Negra.
–Eso es lo que mantiene vivo aquí. Las mil flexiones. Quiero llegar a eso. No es el libro. ¿Y usted? ¿Qué le mantiene vivo? –Morel mira a Vilela desde el suelo. En su frente aparece una vena en forma de V.
–Es la primera vez que llama libro a lo que está escribiendo.
–¿De veras?
–Creo que sí. Pero no tengo su memoria.
–¿No me va a contestar?
–¿Qué?
–¿Por qué sigue vivo?
–Porque quiero.
–Considero evasiva esa respuesta. ¿Y un perro? ¿Por qué subsiste? ¿Porque quiere?
–Yo no soy un perro.
Morel ríe. Ríe un buen rato.

#Rubem Fonseca :: El caso Morel (1973)

He leído varios libros de Rubem Fonseca: El gran arte, Bufo & Spallanzani, Mandrake, la biblia y el bastón, y Feliz año nuevo. Evidentemente, me gusta cómo escribe. Su primera lectura me descubrió a un autor del que se podía aprender. En esto consiste mi relación con este escritor: lo considero un modelo.
Un modelo, en ciertos aspectos. Porque si echo la vista atrás, encuentro a otros autores que han tenido una influencia capital en mi forma de entender la literatura –Wilde y Verne en mi niñez; García Márquez, Borges y Cortázar en mi adolescencia y juventud; y Onetti y Faulkner desde que se me empezó a caer el pelo–, incluso encuentro autores cuya lectura me ha conmocionado –recientemente, Lobo Antunes y Pessoa– o autores a cuya semejanza me gustaría escribir –Bolaño, sin duda, y Argemí, Coetzee y Amis, a los que aún no he leído suficientemente, tal vez–, y no puedo colocar a Rubem Fonseca en ninguna de estas categorías. Sin embargo, hay un aspecto de su obra en el cual Fonseca me parece un verdadero maestro.
Fonseca pertenece a esa estirpe de artistas que tienen la capacidad de transportarte a los mundos que tejen. Tal vez tenga que ver con el hecho de que sea brasileño –Brasil debe ser un lugar donde debe resultar difícil estarse quieto, un lugar caliente con fluidos abundantes derramándose, donde se vive rápido y a uno se lo lleva la muerte sin darse cuenta–. Tal vez tenga que ver con el hecho de que antes que escritor trabajó como comisario y abogado en las mismas calles que describe en sus novelas. El caso es que leer sus obrar supone adentrarse –de una manera casi, casi física– en las calles de Río de Janeiro, pensar con el cerebro de las personas que se mueven por ellas y compartir la percepción que éstas tienen de la vida y la muerte.
Como yo no soy brasileño no puedo certificar la sensación que me producen los libros de Fonseca. Pero apostaría mi brazo derecho a que todo lo que en ellos se cuenta es auténtico: auténtico sin mañas, sin ideologías y, fundamentalmente, sin prejuicios. A ver cuántos pueden presumir de escribir así.

el_caso_morel

Etiquetado , , ,