#Emmanuel Carrère :: El adversario

(…) En quince años de doble vida, no conoció a nadie, no habló con nadie, no se mezcló con ninguna de esas sociedades paralelas, como el mundo del juego, de la droga o de la noche, en que hubiera podido sentirse menos solo. Tampoco intentó dar gato por liebre en el exterior. Cuando hacía su entrada en el escenario doméstico de su vida, todos pensaban que venía de otro escenario donde interpretaba un papel distinto, el del hombre importante que recorre el mundo, frecuenta a ministros, cena bajo artesonados oficiales, y que volvería a adoptarlo al marcharse de casa. Pero no existía otro escenario, no existía otro público ante el cual interpretar el otro personaje. Fuera, se encontraba desnudo. Volvía a la ausencia, al vacío, al blanco, que no eran un percance de ruta sino la única experiencia de su vida.(…)

#Emmanuel Carrère :: El adversario (2000)

El 9 de enero de 1993, Jean Claude Romand mató a su mujer, sus dos hijos y sus padres. Luego se encerró en su casa y le prendió fuego. La investigación posterior reveló que llevaba mintiendo desde los dieciocho años. Primero, a sus padres y luego a su mujer, sus hijos, sus amigos, su amante… a todas las personas, en definitiva, que conformaban su círculo social. Romand no era un médico a sueldo de la OMS. La realidad de su vida cuando traspasaba la puerta de su domicilio se reducía a dejar pasar el tiempo en aparcamientos de autopista o en bosques solitarios. Hasta que un día se cansó de fingir. Aquí, en ese preciso instante, da comienzo la novela.
Parece un buen punto de partida, un prometedor inicio de una historia que resulta fácil suponer habrá de conducirnos al fogón donde se cocinan las pesadillas. Pero no, es algo más: es un punto de partida extraordinario porque –aquí se escucharía un redoble de tambor si esto fuera un espectáculo de acrobacia– se trata de una historia real. Entonces, pensamos, en este caso, la narración va a agarrarnos del pescuezo y nos va a sumergir la cabeza en la misma olla donde bullen las peores pesadillas, los más atroces y desolados delirios de la mente humana. Un punto de partida fascinante.
Sin embargo, el autor elige otro camino. Madura la novela durante siete años, toma distancia y espera a que los rescoldos se enfríen. Aprovecha que Romand ha sobrevivido al intento de suicidio y se pone en contacto con él porque está convencido de que su testimonio permitirá llevar luz a las innumerables sombras que proyecta esta historia. En consecuencia, escribe un texto que deja atrás la bifurcación hacia la alucinación y, por contra, tira de nosotros hacia la luz. Es una apuesta arriesgada. El camino evidente, el más fácil, el más comercial incluso, parecía el otro.
Personalmente, empecé esta lectura convencido de que vería de cerca al demonio. Escogí esta novela porque quería moverme entre nubes de azufre y espíritus diabólicos. Y me he encontrado con un texto sobrio, depurado, neutro –tal vez demasiado neutro aún teniendo en cuenta el objetivo final del libro–, bien redactado, escrito con un estilo diáfano y neto, que ha levantado para mí un pasillo de muros de cristal entre el infierno y el purgatorio. En parte, me he sentido defraudado. En parte, me ha resultado asombroso. Y, en definitiva, lo he leído con gusto.

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