#J. M. Coetzee :: Vida y época de Michael K.

(…) ¿Hay alguna razón especial, me he preguntado, por la que no se pueda romper hoy el orden y la disciplina, en vez de mañana, el mes próximo, el año próximo? ¿Qué beneficiaría más a la humanidad: que me pase la tarde haciendo el inventario de la enfermería, o que me vaya a la playa, me quite la ropa y me tumbe en calzoncillos a tomar el sol suave de primavera, mirando a los niños divertirse en el agua, para más tarde ir a comprarme un helado en el quiosco del aparcamiento, si el quiosco existe todavía? ¿De qué le ha valido después de todo a Noël esforzarse en su escritorio por equilibrar las entradas y las salidas de hombres? ¿No hubiera sido mejor echarse una siesta? Es posible que la suma universal de la felicidad aumentara si declarásemos esta tarde libre y nos fuéramos todos a la playa, comandante, médico, capellán, monitores de EF, centinelas, instructores de perros, y también los seis casos difíciles del bloque de celdas, encargando al paciente de conmoción cerebral que cuide de todo. Es posible que conociéramos algunas chicas. Después de todo, ¿por qué otra razón hacemos la guerra sino para aumentar la suma universal de felicidad? ¿O es que mi memoria falla y la he confundido con otra guerra?

#J.M. Coetzee :: Vida y época de Michael K. (1983)

Pongamos que Michael K. no es un hombre. Entonces, esta novela no nos habla de la vida de un ser humano y de la época que le ha tocado atravesar. No nos habla de un país en guerra consigo mismo –que se hace la guerra a sí mismo, igual que una enfermedad autoinmune ataca a las células del organismo propio–, de una civilización abocada a la ruina y al desastre, de una sociedad agotada compuesta por individuos semejantes a barcos desarbolados que el oleaje estrellará contra el arrecife. No habla de Sudáfrica y de un tejido social agonizante. En coherencia con ello, no propone una catarsis, un camino, una ventana abierta al porvenir.
Convengamos que Michael K. es un paradigma. Por lo tanto, este libro es una fábula. El veld –la pradera casi desértica que se extiende por el sur del continente africano–, un sistema de coordenadas; y los personajes, fantasmas al servicio de nuestra racionalidad, meras categorías universales –la madre, el médico, el policía, los compañeros de encierro– que cualquier lector puede aprehender. Una fábula que sucede en el planeta Tierra, a finales del siglo pasado, y que trata de la tierra árida y de las corrientes subterráneas de agua que la recorren como vasos sanguíneos, de la vida echando raíces en la materia en descomposición, del individuo y su voluntad frente al orden y los sistemas, de la libertad y la justicia, de la esperanza como única herramienta posible y de la amenaza, indestructible, de la desesperación y el desánimo.
Una novela hermosa. Sentida y hermosa. Limpia, sencilla, primigenia, sentida y hermosa.
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