#Colum McCann :: Transatlántico

(…) Sabiduría o no, cuanto más vieja me hago, más creo en que nuestras vidas no están hechas de tiempo, sino de luz. El problema es que las imágenes que a menudo vuelven a mí son las que yo no quiero. El agua era de color negro y plata. El viento helado azotaba. Tuvimos que vadear el río donde menos profunda era el agua para cogerlo. El bote seguía girando. Un rayo plateado de luz susurraba a nuestro lado. Su tabardo. Sus botas de pesca. Sus prismáticos al cuello. Tan joven. No parecía que le hubieran disparado, sólo que se hubiera desplomado. En sus pestañas había un poco de escarcha. Eso no lo olvidaré nunca. Un poco de escarcha blanca acumulada allí. Tenía una mano apretada con furia, la otra abierta y lánguida. Lawrence llegó hasta el bote y lo cogió entre sus brazos. Lo llevó a la orilla. Los uniformes llegaron al galope, soltando maldiciones mientras se abrían paso por las aguas poco profundas. “¡Suéltelo! –dijo una voz–. ¡Ahora!¡Suéltelo!”. Reflectores encendidos a plena mañana. Se oían las sirenas. En la orilla, mi madre se tapaba la boca con la mano. Iba en bata. Alguien le echó una manta sobre los hombros. Su silencio. Lawrence dejó a mi hijo al borde de los juncos. Los periódicos lo convirtieron todo en un asunto muy simple: hombre armado asesinado por otros hombres armados. Cuán lejos de la realidad está la verdad. Quise entonces coger a todos y cada uno de los hijos de puta asesinos de Irlanda del Norte para que durmieran una noche en el bote de mi hijo, en medio del lago, en la oscuridad, entre los juncos, describiendo en sus giros ancestrales motivos celtas.

#Colum McCann :: Transatlántico (2013)

Una opinión: esta es una novela desconcertante. La constituyen algunos pasajes muy consistentes, poderosos, donde nos vemos forzados a asomarnos a precipicios en cuyo fondo intuimos —intuimos porque, de tan profundos que son, el sentido de la vista no basta para acceder a su último contenido– algunas de esas preguntas capitales que todos los seres humanos, independientemente de nuestra raza, cultura, religión o extracción social, nos hemos realizado en algún momento de nuestra vida. Y la completan ciertos párrafos que me dejaban la sensación de que lo que realmente tenía en mis manos era una de las novelas para jóvenes de entre 10 y 12 años que lee mi hija.
Una certeza –tal vez una explicación, tal vez la explicación–: esta es una novela moderna. A mi modo de ver, tiene tres ingredientes fundamentales para convertirla en una novela definitivamente moderna: su estructura, su marcado caracter visual y su superficialidad. Enumero.
La estructura. Si Colum McCann me confesara que antes de ponerse a escribir este libro había realizado el ejercicio de confeccionar un guión gráfico —storyboard, perdón por el barbarismo, que aquí podría estar justificado–, de modo que luego la redacción definitiva habría consistido en dar forma literaria a cada una de las imágenes allí esbozadas olvidándose del espacio que separaba las viñetas, en este caso le diría al oído que es un excepcional montador de historias y, acto seguido, alzaría la voz para proclamar que es un excepcional contador de historias porque en modo alguno se echan en falta esos tramos de relato que McCann ha eclipsado. Entonces, moderno porque la expresión más moderna de la actividad artística es el cine y, en gran medida, este libro parece una serie de fotogramas hábilmente entresacados.
La plasticidad. Este libro contiene innumerables frases que actúan directamente sobre esas partes de nuestro cerebro implicadas en la visión. Se trata de descripciones, precisas y mínimas, dotadas de relieve y color, ricas en texturas, que parecen estar iluminadas por focos estratégicamente colocados para captar nuestra atención. Entonces, moderno porque encierra un mecanismo que nos va conduciendo, igual que una barandilla por una escalera en penumbra o una línea de bengalas ardiendo en la noche.
La superficialidad. Indudablemente, es el signo de los tiempos: la imagen, el aspecto externo, la forma antes que el contenido: el envoltorio elevado a la categoría de concepto, cuando hace ya tiempo que eliminamos peso en nuestra mochila y abandonamos en un recodo del bosque la pesada carga del significado: la realidad y la historia transformadas en un icono fractal que nos deja pasmados o, dicho de otro modo, que nos dispensa de la obligación de analizar.
Colum McCann deja para el final de su novela un agradecimiento a la fundación Guggenheim por la beca que le fue concedida y gracias a la cual pudo llevar a buen puerto la tarea de escribir este libro. Llegué a esta página y perdí el miedo a expresar la opinión apuntada en el primer párrafo.

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