#Iván Repila :: El niño que robó el caballo de Atila

–Porque quiero que entiendas que no tengo miedo a morir, no vivo en función de que todo termine. Hay veces en que la vida te propone condiciones tales que el único recurso es un movimiento radical, un sacrificio extraordinario, y yo puedo asumirlo. Lo que no podría soportar, sin embargo, sería verte crecer en una tierra yerma, como este pozo. Un lugar donde morir sin paz por la simple inercia de las civilizaciones, un cementerio en el que marchitarte, como una flor que nunca hará germinar los campos. Es la idea de que mueras tú lo que hace tan pequeño el mundo.

#Iván Repila :: El niño que robó el caballo de Atila (2013)

Dos hermanos, el Grande y el Pequeño, confinados en el fondo de un pozo, luchan para escapar algún día del encierro y para preservar, mientras tanto, la cordura y la esperanza. Un eje de coordenadas cuyo despojamiento no impide al autor construir un relato de lucha, supervivencia y solidaridad, una novela alegórica sobre la voluntad como combustible para cambiar el estado de las cosas y sobre la revolución como herramienta imprescindible para conseguirlo. He dicho. Y sin embargo…
Lo reconozco, soy más bien corto: de entendimiento romo, de intuición limitada, de inteligencia obtusa y de juicio opaco; en fin, como apuntaba, soy cortito. Ende, yo solo –por mis propios medios– no he llegado a la conclusión apuntada en el párrafo anterior, sino que he sido iluminado por la reseña que cierra el libro. Supongo que tal es el objetivo de una buena reseña. Y, sí, es cierto, después de releer –varias veces, también es verdad– la reseña, me ha resultado evidente la alegoría y he sido capaz de comprender ciertos pasajes del libro que había encontrado oscuros.
También debo decir que esta iluminación no ha alterado en modo alguna la opinión que me había ido formando del libro: un relato enérgico, que no se mueve de su punto de partida –el foso al que han caído ambos hermanos– pero que no deja de avanzar hacia su meta –igual que la mirada de los dos niños es atraída, desde el primer párrafo de la novela, hacia el agujero de salida– merced a un estilo donde predomina el ritmo y las resonancias internas, una historia sobria y decidida escrita por un escritor que tiene claro qué quiere contar y cómo quiere hacerlo.
Y sin embargo –decía– yo planteo una objeción. Creo que es un libro hermoso. Y creo que es un libro valiente. Y creo que es un libro tibio, en el sentido de que carece de la contundencia que exige el tema tratado –la revolución, la lucha de los oprimidos para cambiar el estado de las cosas, la violencia como respuesta necesaria y justificada–. Es posible que la carga inherente a semejante tema haya sido el motivo de que el autor haya elegido el camino de la metáfora, pero resulta que yo soy una persona básica –tómese el calificativo como sinónimo aproximado de corto— y, por lo tanto, en el caso de temas terrenales yo necesito mensajes tangibles y llanos.

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