Siempre hay una última vez :: 1

    Roqui

    Todavía no son las doce del mediodía y es la cuarta vez que me llama Virgil. Quiere suicidarse y no tiene valor para hacerlo él sólo. No se me ocurre otra explicación.
    La primera llamada no le he dejado ni hablar. Al otro lado del aparato se escuchaban sus balbuceos, pero yo le he dicho, calmado,
    –Colega, ¿sabes qué hora es?, ¿sabes a qué hora me acuesto?, ¿recuerdas cuál es mi trabajo?,
    y he colgado.
    Ni siquiera he cogido el móvil la segunda vez que ha sonado.
    La tercera ocasión he barrido de un manotazo la mesilla: por el suelo han rodado el despertador, la lámpara y el teléfono. Pero el zumbido ha insistido desde una esquina del cuarto. Así que me he levantado, he cogido el chisme y le he espetado, de bastante mal humor,
    –¿Estás loco o qué cojones te pasa? Que me llames cuando el sol haya empezado a ponerse.
    He colgado, he dejado el aparato en el suelo y lo he empujado bajo el colchón.
    Faltan unos minutos para las doce y Virgil insiste. Se ha cansado de vivir. Busco el teléfono debajo de la cama.
    El mayor error de mi vida fue ponerle el mote de Virgil a Alfonsito Fajín. Sin darme cuenta, aquel día uní mi destino al suyo, aquella agudeza mía nos encadenó para el resto de nuestras vidas. Era una tarde de sábado. Acabó la película de la sobremesa en la primera cadena y bajé a la calle con la tripa dolorida de reírme con las calamidades que sufría el protagonista, un miserable que intentaba todo tipo de fechorías y que sólo conseguía que le arrebataran las gafas y se las pisotearan. La pandilla estaba en la campa, reunida en torno a Alfonsito, que gimoteaba mirando al suelo. Supongo que no pude resistir la tentación de hacerme el gracioso o de demostrar que yo era el tipo más duro del barrio o, simplemente, la estampa de Fajín con sus gafas de montura gruesa y su aire de indefensión, llorando rodeado de niños más altos que él, me jugó una mala pasada. El caso es que me fui directo hacia Alfonsito, le arranqué las gafas, las tiré al suelo y me puse a saltar sobre ellas. El resto del grupo se desternillaba de la risa. Para finalizar el espectáculo, recogí la montura y se la planté en la cara, al tiempo que le decía
    –Hala, Virgil, toma el dinero y corre.
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    Yo no sabía que mientras yo me retorcía delante del televisor una pareja de policías de paisano visitaba el domicilio de Alfonso. Su padre llevaba tres días desaparecido. Había salido a buscar tabaco y en algún punto de los cincuenta metros que separaban el portal de su casa del estanco más cercano, había sentido la imperiosa necesidad de cruzar al otro lado de la calle, pasar primero bajo el viaducto de las vías del tren y luego bajo los seis carriles de la autopista, trepar por la falda del monte Arnotegi en dirección a Buia, seguir por una vieja carretera tomada por las zarzas hasta la cantera de Artxondo y lanzarse al vacío sin pensar en nada en particular. El perro de un excursionista que subía al Pagasarri por Bolintxu había encontrado el cuerpo esa mañana. Los polizontes querían que la presunta viuda de Fajín les acompañara al depósito para reconocer el cadáver. Así que la mujer se puso el vestido de los domingos, lustró unos zapatos negros, mandó a sus tres hijos a la calle y se metió en el coche de los agentes mientras grumos de saliva le desgarraban la garganta.
    A veces imagino que Alfonsito sigue siendo Alfonsito y no Virgil, como el personaje interpretado por Woody Allen en aquel filme. Me consuela saber con certeza que, ya antes de aquel día, él era el niño más triste, el más feo, el torpe al que nadie quería en su equipo, el saco de todas las tortas, el infeliz que se quedaba sin pelota porque se le encajaba, sólo a él y a nadie más, en el balcón de la bruja del primer piso. Sin embargo, no puedo evitar recordar las consecuencias de mi cruel broma: se quedó con el apodo, y con todo aquello a lo que asociábamos ese apodo después de ver la película, y cualquiera en el barrio se creyó con autoridad para repetir mi numerito de las gafas.
    Hasta que comprendí que sólo me quedaban dos caminos: cargar con la losa de haber iniciado esa cabronada justo el día en el que aquel infeliz se había enterado de que su padre llevaba días pudriéndose en el fondo de una pedrera; o echarle una mano para que pudiera sacar la cabeza y ni pensara en emular a su progenitor. Tomé el camino del medio. Es decir, me quedé con la culpa, con toda la culpa, y me quedé con Alfonsito, mi mejor amigo, uña y carne, culo y mierda. Es decir, cada vez que Virgil se metía en problemas, yo acudía al rescate. No hacía preguntas, nunca pregunté
    –Colegas, ¿quién ha iniciado ésto?, ¿acaso ha sido este enano de mierda?,
    nunca me interesé por el número o la edad de los problemas, simplemente metía un cabezazo al que calculaba, así, a bote pronto, que era el tipo más duro del grupo y luego lanzaba puños y piernas mientras veía a Virgil recoger sus gafas y escapar corriendo sin mirar atrás.
    En el display del aparato flota ‘Virgil’. Recuerdo aquella tarde de sábado, la montura que yo acabo de pisotear balanceándose en su nariz, las lágrimas que se abren paso en sus mejillas, el mentón tembloroso. Pulso el botón verde.
    –Roqui, tenemos que quedar. Pero ya, campeón. Vamos a ganar un montón de pasta.

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[–> Virgil]

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