Siempre hay una última vez :: 3

    Roqui

    Una noche dura. Al poco de abrir, unos niñatos se empeñaron en entrar. La mitad eran menores de edad: no podían pasar. Uno argumentaba
    –Tú no sabes quién es mi papá.
    Algún otro de la pandilla hacía alusión a la función de su papá en nuestra sociedad, a lo importante que era el susodicho. Es posible que fuera el mismo panoli todo el rato, no lo tengo claro, ni ahora ni entonces. Virgil me había despertado temprano y, en lugar de echar una siesta reparadora, había pasado la tarde en una tasca del barrio vaciando cervezas mientras iba conociendo los detalles del trabajito. Al final, se me hizo tarde y no tuve tiempo para cenar como Dios manda, por lo que me trinqué una anfetamina y para la discoteca. Además, la calle estaba oscura, apenas iluminada por el letrero de neón violeta que anunciaba “Kaiser”. Y aquellos críos no dejaban de moverse, no había manera de diferenciar quién hablaba, quién berreaba y quién lloriqueaba. Cosas de la edad, supongo.

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    A mí aún me escocía el madrugón. En mis tripas, en mi estómago, en el intestino, el grueso o el delgado, en el cerebro, en algún recoveco de mi organismo, una espantosa tempestad zarandeaba los trozos del bocadillo de mortadela que había cenado en un océano de litros y litros de cerveza. Tenía la boca pastosa, pero no lo suficiente como para no hacerme entender.
    –A mí los superpoderes de tu papá me la traen floja, colega. Tú me enseñas la papela; si tienes dieciocho entras, si no los tienes, te piras. Siguiente.
    Más tarde, un tipo le partió la cara a su novia por cruzar la mirada con otro macho. Para cuando entré y le pedí que me acompañara, ya estaba tranquilo. Lo agarré del brazo y me lo llevé hacia la puerta. Aquel elemento me decía
    –Son todas unas zorras, tío. No se salvan ni nuestras viejas.
    A la cabeza me vino un recuerdo de pequeño. Era verano y los críos del barrio echábamos una pachanga en el patio. En un costado, sentadas en taburetes bajados de casa, charlaban las viejas del barrio, figuras oscuras en la tarde resplandeciente. Mi abuela ríe y su boca sin dientes me distrae. No puedo desviar mi vista de sus labios resecos, que se abren y pienso que aquella boca negra es un túnel dentro del túnel negro que dibuja el pañuelo en su cabeza, y por un momento me parece que el grupo de viejas son siluetas que alguien ha recortado en el muro encalado y que sus bocas negras y sus ojos sin luz son agujeros recortados en esas siluetas. Casi al mismo momento recuerdo ese mismo rostro pero el día del velatorio de mi abuela, recuerdo todas las veces que me acerqué hasta el ataúd abierto en medio de la sala para comprobar si algo en aquella máscara de plástico se había movido. Y al pensar plástico, en las yemas de mis dedos me pareció percibir la presión de una superficie fría y pulida, y el muro, el patio, los niños corriendo en pantalón corto, la claridad casi insoportable, las viejas como cuervos posados, todo se desvaneció.
    –Unas zorras de mierda, créeme.
    El menda seguía con su cantinela. Lágrimas espesas como mocos le colgaban de las mandíbulas.
    Una patrulla de la Ertzaintza no tardó en llegar a recoger el paquete. Una pava que mascaba chicle con cara de no haberse perdido ninguna película de Harry el Sucio y un señor gordito empeñado en una pelea inútil con los faldones de su camisa. La chica se nos acercó como si llevara un cohete en el culo, enganchó al matón sin mirarme y justo en ese momento mi estómago se empeñó en expulsar la mortadela, el pan, la cerveza, el café de la mañana y hasta una ración de chicharrones que había cenado la semana pasada y aún no había podido digerir. El entrenamiento no la había preparado para ese tipo de agresión: a la rubia se le atragantó el chicle, luego tomó aire y se cagó, por este orden, en mi madre, en Dios, en la Virgen, en toda la compañía de Jesús y en alguna orden más. Su compañero le dio una tregua al uniforme y la empujó al interior del coche antes de que la rubia me metiera un dedo en el ojo.
    Hacia las cuatro de la mañana, después de pasar un par de fases de sueño REM, en una de las cuales tuve una erección tan llamativa que algunas chicas salieron de la discoteca a hacerme fotos con el móvil, nada más tomar la tercera, o la cuarta, efedrina y el cuarto, o el tercer, cubata, me avisaron por el pinganillo de que había pelea en el baño de caballeros. Entré a la carrera, atravesé la pista de baile quitando de en medio zombis y esqueletos medio desnudos, sacudí con la izquierda a un fulano que salía del servicio mientras con el hombro derecho empujaba la puerta, noté cierta resistencia y solté una patada al batiente, al otro lado se escuchó un golpe seco y algo rodó, abrí la hoja de par en par justo cuando un tipo con cara de susto se escurría en una de las cabinas, por el suelo se movía un bulto a cuatro patas, lo pateé, rebotó contra la pared y aproveché el impulso para engancharlo de los hombros y arrojarlo hacia fuera, luego fui aporreando las puertas de los retretes hasta dar con el que había visto esconderse antes, hacía un minuto o una hora, la adrenalina no suele ayudar en esto de hacerse una idea real de lo que está pasando, lo sujeté por el pecho y el tipo sacó una navaja del tamaño del pene de un mono tití, así que lo agarré de los huevos y lo aplasté contra el embaldosado, alguien me golpeó en los riñones, me dí la vuelta y le arreé, probablemente, la hostia más formidable que recuerdo haber propinado en toda mi vida. Se escuchaba una voz
    –¡Ya vale, Miguel, ya vale!,

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    como una bandera que alguien agitara en la penumbra del retrete, entre el olor a orines y alcohol, un fulano calvo y con traje estaba plantado en medio del servicio enseñándome la palma de las manos, lo enganché de la cabeza y se la encajé en un urinario, la voz
    –¡Tranqui, tío! ¡Se acabó!,
    resbalaba sobre el vaho que cubría los azulejos y los espejos rayados y los mensajes escritos en las puertas de tablero fenólico, una bandera que giraba y giraba como accionada por un automatismo que se hubiera vuelto loco.
    –¡Miguel!, ¡Miguel!, ¡vamos!, ¡mírame cacho cabrón!
    Me giré a tiempo de ver a un tipo con la nariz rota y sangre goteándole barbilla abajo atacándome con una banqueta.

[–> Virgil]

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