Siempre hay una última vez :: 6

    Guarda de seguridad en el control de acceso de Mercabilbao

    Miguel Palacio, en efecto. No llevaba ni una semana trabajando. Vino a cubrir una baja repentina de un descargador, que tuvo una especie de accidente con una pesa mientras practicaba en el gimnasio.
    Parecía un tipo normal. Entraba y salía a la hora. Hacía su trabajo. Hablaba poco. Seguramente no tenía mucha costumbre. Desde luego, con un físico como el suyo debe ser difícil acostumbrarse a hablar las cosas. Quiero decir, tiene que ser cómodo saber que a uno le basta con alzar un poco la voz para que le hagan caso, sin necesidad de tener que esperar el turno para hablar y tener que convencer con ideas, argumentos y todo ese rollo. A mí, al menos, me bastó con mirarle a la cara el primer día que vino para tener claro que no lo iba a poner el primero en la lista de personas con las que me gustaría tener problemas.
    Esta mañana no le noté nada en particular. Es posible que hubiera cierta tensión en su rostro. La verdad es que no era muy expresivo. Solía comer el bocadillo de media mañana ahí enfrente, sentado bajo el porche. Yo lo veía masticar y pensaba que lo hacía como con inquina, como si en lugar de comer el bocadillo lo que quisiera fuera vengarse de él. Sacaba un refresco de la máquina para acompañar la comida y lo agarraba como si la lata fuera a ofrecer resistencia. Se quedaba parado mirando sin pestañear una esquina o un vehículo estacionado, un contenedor o una losa rota, preferiblemente objetos estáticos, y contraía las mandíbulas, daba la impresión de que estaba mascando el aire y lo único que hacía era respirar con la boca entreabierta.

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    Aquí entran y salen miles de camiones, yo no me quedo con ninguno, les tomo la matrícula al entrar y la tacho cuando salen. Punto. Pero el marisco es mi debilidad. Almejas, coquinas, navajas, percebes, langostas… Cuando veo acercarse a los gallegos no puedo evitar pensar lo rico que está todo lo que traen. Además, desde la garita se ve perfectamente la plaza de aparcamiento del camión: me paso un rato embobado mirando cómo bajan las cajas, se me hace la boca agua sólo de imaginar unas almejas a la marinera. Por esta razón pude ver toda la escena.
    Yo estaba atento al camión cuando apareció la furgoneta azul. Palacio ya había pasado un par de veces de largo, pero en esta ocasión entró al andén. Había algo en su forma de moverse que me hizo ponerme en guardia, no sé, caminaba demasiado rápido para su corpulencia, como con determinación, como si tuviera decidido de antemano el punto exacto al que quería llegar. El conductor de la furgoneta había acabado de mover unas cajas y estaba cerrando la puerta del maletero y Palacio se le acercó, señalando una de las ruedas delanteras. Hablaron unos segundos y luego se dirigieron hacia el morro del coche, Palacio por la derecha y el otro, por la izquierda. Al llegar a la altura del copiloto, el gigantón metió la mano por la ventanilla, pegó un tirón y lo siguiente que vi fue al acompañante, que estaba dormitando dentro del vehículo, pataleando en el aire mientras describía una parábola por encima de la furgoneta y caía sobre el conductor. Visto y no visto, accioné el mecanismo de bajada de la barrera y para cuando quise salir de la caseta el chicarrón ya estaba al volante. Pensé en sacar el revólver, pero ni siquiera llegué a empuñarlo porque arrancó quemando los neumáticos, de manera que tuve que saltar a un lado para evitar que me llevara por delante. Destrozó la barrera, ya en la carretera derrapó al tomar la curva a la derecha, se golpeó lateralmente contra un turismo que venía en la otra dirección y siguió acelerando en dirección hacia San Miguel.
    –Oiga, igual me hace un favor, porque, le voy a ser sincero, hay una parte de la historia que se me escapa. ¿Usted cree que merece la pena montar este espectáculo por unas chirlas? No es que Palacio me pareciera un retrasado mental, pero listo, lo que se dice listo, no ha sido.

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[–> Roqui]

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