#Roberto Bolaño :: Fotos (Putas asesinas)

(…) y luego, antes de abrir los ojos –con el libro firmemente sujeto por ambas manos–, ve otra vez a Claude de Burine, el busto fotográfico de Claude de Burine, digna y ridícula a la vez, contemplando desde su atalaya de poeta soltera el ciclón adolescente que es Dominique Tron, el autor, precisamente, de La soufrance est inutile, un libro que tal vez Dominique escribió para ella, un libro que es un puente en llamas y que Dominique no va a cruzar pero que Claude, ajena al puente, ajena a todo, sí que cruzará, y se quemará en el intento, piensa Belano, como se queman todos los poetas, incluso los malos, en esos puentes de fuego tan interesantes, tan apasionantes cuando uno tiene dieciocho, veintiún años, pero luego tan aburridos, tan monótonos, con un principio y un final predecibles de antemano, esos puentes que él cruzó como Ulises por su casa, esos puentes teorizados y aparecidos como ouijas fantásticas, de improviso, ante sus narices, enormes estructuras en llamas repetidas hasta el final de la pantalla y que los poetas no de dieciocho ni de veintiún años pero sí los de veintitrés son capaces de cruzar con los ojos cerrados, como guerreros sonámbulos, piensa Belano mientras imagina a la inerme (a la frágil, a la fragilísima) Claude de Burine corriendo a los brazos de Dominique de Tron, en una carrera que prefiere imaginar impredecible, aunque hay algo en los ojos de Claude, en los ojos de Dominique, en los ojos del puente en llamas, que le resulta familiar y que en un idioma que discurre a ras de tierra, como los cambiantes colores que circundan la aldea vacía, le adelanta el seco y melancólico y atroz final, y entonces Belano cierra los ojos y se queda quieto y luego abre los ojos y busca otra página, (…)

#Roberto Bolaño :: Fotos (Putas asesinas – 2001)

Ya dije en alguna otra entrada sobre este mismo escritor que considero a Bolaño como un maestro del cual nunca acabaré de aprender. Ya dije que lo admiro, que encuentro un placer (por momentos, orgánico) en su lectura. Lo que no dije es que hube de renunciar a leer a este autor en lugares públicos.
No pasa nada, lo proclamo ahora: me vi obligado a dejar de leer a Roberto Bolaño en el metro, en el parque, en la parada del autobús, en la sala de espera del dentista, en definitiva, en cuantos lugares públicos se prestan al placer de la lectura, para evitar –en la medida de lo posible, obviamente– que me tomen por un chalado que pone caras mientras lee, que ríe y llora, o bien lanza interjecciones de asombro, sorpresa, goce mientras parece reconcentrarse en el libro que lleva en sus manos. Resulta triste tener que confesar esto en una época donde se ha vuelto habitual ver a personas hablando (aparentemente) solas o gesticulando de manera vehemente mientras hacen equilibrios para que el auricular no se desprenda de su oreja. Pero, uno, esto es otra historia, y dos, yo no quería hablar de esto.
Quería hablar de las reseñas que introducían algunos de los libros de Bolaño que he leído.
Recuerdo la primera, un fragmento de aquella primera reseña, mi primer contacto con la literatura del escritor chileno. En ella se realizaba una afirmación rotunda: Casi todos los escritores creen ser, o quieren ser, como Bolaño. Yo soy de memoria vaporosa, pero recuerdo esa sentencia porque desde aquel libro nunca he dejado de querer ser como Bolaño.
También recuerdo la última reseña. Son dos párrafos y unas doscientas palabras de entre las cuales entresaco una que resume mis experiencias con Roberto Bolaño: deslumbrante. Deslumbrante como una estrella que arde desde miles de millones de años antes de que ninguno de nosotros naciéramos y cuya luz seguirá alumbrando el universo miles de millones de años después de que todos nosotros hayamos desaparecido.

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