#Mario Cuenca Sandoval :: El ladrón de morfina

(…) Porque antes de que se cumpliera un mes, el Flaco ya había empezado a fumar hierba como un orangután y descubierto que había otra guerra encima de la guerra, una guerra alucinada en la que amarillos ciegos de opio asaltaban los búnkeres con bayonetas arcaicas y los americanos, puestos de marihuana, los recibían a balazos. Y luego estaban los coreanos del norte, que bebían un trago de soju justo antes de lanzarse sin orden ni concierto contra ametralladoras enemigas gobernadas por marines portorriqueños que nadaban en metaanfetaminas para no dormirse durante las guardias. Y luego estaban los civiles, pequeños y monstruosos, que se deslizaban entre los cultivos y la selva borrachos de nongyú, sosteniendo un puñal entre los dientes, con el corazón avivado por las soflamas del Partido. Y después estaban los colombianos, que inhalaban pegamento para infundirse ánimo y a veces, cuando encajaban pequeñas piezas de metralla en la carne o les saltaba gravilla a los ojos, se reían primero y después gemían y llamaban a sus madres. Cuando un soldado caía herido, un sanitario adicto a los opiáceos, a cualquiera de ellos, galopaba hasta su posición y le administraba morfina, y entonces su cuerpo se disolvía como problema, dejaba de ser problema; ya no pesaba ni dolía, y el pensamiento del soldado volaba como un ángel hasta posarse en un lugar paralelo a la guerra, o en una guerra paralela a la guerra. Porque había una contienda a ras de suelo, orgánica, sanguinolenta, y había otra a diez cuartas del suelo, tejida con los hilos de la embriaguez. Y en aquella guerra de arriba los hombres no tenían miedo. Y no tener miedo es uno de los dones más preciados de la humanidad.

#Mario Cuenca Sandoval :: El ladrón de morfina (2010)

He leído en dos ocasiones esta novela. Una primera hace unos años, antes de empezar con este blog. Y una segunda, sí, con la intención de volver a degustar el placer que me produjo aquella primera lectura, pero –también o, tal vez, sobre todo– porque quería incluir esta reseña dentro del blog.

Esta historia es una mosca en la boca de un camaleón
y un camaleón en la boca de una serpiente
y una serpiente en la boca de una gruta.

Tal es el preámbulo con el que nos recibe el autor. Y, aunque parezca sorprendente, lo cierto es que ahí está todo. Ahí están la vocación visual y el aliento poético como una solución de agaragar en la que proliferan las historias, están el propósito de ritmo y la búsqueda de una estructura poderosa, y está, en definitiva, una arquitectura fascinante mediante la cual Cuenca Sandoval dispone las tramas a modo de matrioskas que se contienen unas a otras –desde la primera muñeca, que es la guerra de Corea, hasta la última, la mente del narrador–.
Decía, al principio de este breve comentario, que he leído dos veces esta novela. Bien, sé que volveré a leerla. Porque esta obra es, para mí –ya he afirmado en más de una ocasión que me gusta escribir y que trato de aprender–, una fuente de inspiración.

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Fuente de la imagen :: Portada del libro ‘El ladrón de morfina’ – 451 Editores 2010

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