Día de Acción de Gracias :: 1

    Faltaban tres días. Los mandos habían organizado una cena con su pavo relleno, mucha Coca-Cola y banderitas con las barras y las estrellas. Nosotros habíamos organizado un festejo alternativo. Nos íbamos a montar el mejor Día de Acción de Gracias de toda nuestra vida.
    Creo recordar que la idea fue de Dos. No lo tengo claro. Bloody Hell había ordenado detener el Abrams y consultaba con la base el itinerario que debíamos seguir. Delante teníamos una rotonda con un monumento en el centro, una columna rematada en una cabeza que nos miraba ceñuda.
    –¿Alquien sabe quién es el colega? –preguntaron desde uno de los vehículos de apoyo.
    –Al Mansur –informaron desde otro Humvee–. Aprende a leer planos.
    –Y el colega ese, ¿hizo algo malo? –insistió el primero–, porque parece que le han cortado la cabeza y la han puesto sobre una bandeja.
    Doble Dos se metió en la conversación.
    –Pues claro, tíos, estos paisanos el Día de Acción de Gracias, en vez de un pavo, se comen una cabeza rellena.

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    El tema caló. Faltaban pocos días para la celebración, todos estábamos lejos de casa, hacía un calor insoportable para ser noviembre y el cielo brillaba azul, de tan azul que era parecía blanco. Nos pusimos melancólicos. O estábamos nerviosos, parados en aquella rotonda, como si fuéramos muñecos de pimpampum para que los insurgentes afinaran la puntería. La cosa es que toda la charla empezó a girar en torno al día de marras. Cada uno iba contando anécdotas de cómo era ese día en su casa.
    –En mi casa no se celebra –Dark no dijo nada más cuando llegó su turno.
    –¿Qué pasa, negro? –vociferó Doble Dos por la radio– ¿En Harlem no se enseñan las saludables tradiciones americanas?
    Nadie hablaba. Esperábamos la respuesta de Dark. Sabíamos que le iba a costar arrancar. El hermano no era un parlanchín, todo lo contrario, era un tipo tranquilo y silencioso, un chicarrón de metro noventa y más de cien kilos de peso que se movía como si el aire fuera una materia frágil que podía reventar cualquier movimiento, por lo que se acercaba sin hacer ruido, enarcaba las cejas a modo de saludo, se sentaba en una esquina y se podía pasar horas quieto, mirando a algún punto en el horizonte, escuchando las conversaciones a su alrededor sin despegar los labios siquiera. Dos seguía tomándole el pelo por la radio.
    –Si no te gusta el pavo, hermano –insistió Dos–, yo tengo aquí, ¿sabes dónde te digo?, un kilo de buena carne como no la has comido en tu negra vida.
    Y Dark nos habló de su viejo. Era un tipo raro el viejo, no le gustaban los Knicks, no le gustaban los Mets, no le gustaban los Giants, si aparecían en la tela Condoleezza Rice o Colin Powell, corría hasta la ventana y escupía a la calle.
    –Mierda de tíos Tom comiéndoles la polla a los blanquitos, es la frase que más veces recuerdo haberle escuchado –confesó Dark.
    Por contra, al viejo le gustaba Malcolm X, le gustaba Muhammad Ali. Uno de los primeros recuerdos que guardaba Dark era una foto sobre una mesita en el salón.
    –Tres deportistas en chándal subidos a un podio y dos puretas –detalló–, siempre he pensado que son los tipos que han repartido las medallas que los otros llevan al cuello. Debía de estar sonando algún himno porque los cinco están firmes y miran en la misma dirección. Bueno, excepto dos de los tipos del podio, ambos afromaericanos, que miran al suelo cabizbajos y alzan los puños, uno el izquierdo, otro el derecho, dentro de guantes negros.
    –Seguro que era una foto preciosa, marine –intervino Bloody–. Pero no acabo de pillar qué relación hay entre la foto y el pavo.
    Dark guardó silencio unos segundos.
    –Detrás de esa maldita y vieja foto, sargento, hay una maldita y vieja historia por la cual se explica que en mi casa no celebráramos el Día de Acción de Gracias o el puto cuatro de julio, pero le puedo jurar que es tan maldita y jodidamente vieja que la he olvidado por completo.

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    La radio enmudeció durante varios minutos, sólo se escuchaba el ruido de las turbinas girando. De repente, Dos se asomó por la trampilla.
    –¡El sargento y yo hemos tenido una idea, hermano! Este año vamos a preparar un fiestón que te va a hacer olvidar todos los putos pavos que has dejado de comerte en la madriguera de tus papás.   

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