Día de Acción de Gracias :: 2

    Ideamos un plan simple y efectivo para la fiesta. Al fin y al cabo, no hacíamos otra cosa que no fuera poner en práctica los planes simples y sencillos que diseñaban los sabelotodos del estado mayor en Camp Liberty o los del Pentágono o los del mando unificado en Bruselas o los del consejo de seguridad de la ONU. Nuestro plan consistía en acumular pastillas. Y como las pastillas estaban en el botiquín y la llave del botiquín la tenía el médico, pues a la mañana siguiente estábamos los cuatro en la consulta.

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    –¿Desde cuándo tiene jaquecas, sargento?
    Bloody Hell tenía dos caras: la cara de Bloody Hell, así, a secas, su cara habitual; y la de sargento primero, esta era menos habitual y sólo la sacaba cuando se le acercaba un oficial, sentía que nuestros culos estaban en peligro o cuando quería conseguir pastillas.
    –Con el debido respeto, doctor, las jaquecas me preocupan una mierda. He tenido jaquecas antes que pelos en los huevos. Lo que me jode es que ahora, siempre que tengo una, se me duerme esta mano –Bloody alzó la mano derecha– y no hay dios que me explique cómo cojones voy a sujetar la Browning si voy a mear y esta jodida mano no es capaz de aguantarme la minga.
     Mi problema eran las tripas, el páncreas, los intestinos… todos esos componentes que llevamos dentro, entre la línea que une las tetillas y el nacimiento del vello púbico.
    –¿Aquí también le duele? –me preguntó el sanitario.
    –Ahí más, señor.
    –¿Más que aquí? –redobló él.
    Y yo contraje el bajo vientre y eructé.
    –Lo siento, señor, es por el toqueteo.
    Dark tenía un ataque de tos. Había empezado nada más ponerse en pie, una tos infernal que lo hacía sacudirse como si estuviera hecho de papel. El médico le auscultó el pecho y la espalda.
    –Habrá que hacerle un análisis de sangre –al médico se lo veía perplejo. O receloso– porque sus pulmones suenan mejor que el motor de un Corvette.
    Luego sacó un depresor de una caja de cartón y lo introdujo en la boca de Dark.
    –Diez a uno a que lo ve todo negro, señor –alzó la voz Dos.
    El sanitario bajó la vista y la detuvo en la punta de sus pies. Luego miró la ventana del dispensario, por la que entraba la luz furiosa del cielo de Bagdad. A continuación, abandonó la garganta de Dark y le examinó desganado los ojos. Finalmente, se encogió de hombros, miró de hito en hito a Bloody y dijo a regañadientes.
    –Okay, sargento, ¿qué prefieren?, ¿las de gelatina?, ¿comprimidos verdes?…
    –Surtidito, doc –repuso Bloody Hell–, son para hacer experimentos.

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