#César Aira :: El tilo (Las curas milagrosas del Doctor Aira)

(…) Entre mis padres era tal la diferencia de estilos psicológicos que la idea de pacto no podía tomarse sino en un sentido figurado. No había un plano común en el que pudieran coincidir para fijar los objetivos y condiciones. Estaban en mundos distintos, cada uno en su dimensión, irreductible a la otra, inconcebible desde la otra. Pero si quisiera decir que eso fue lo que me volvió tan raro, me equivocaría; porque todo hijo debe pasar por lo mismo. Esto parece una exageración; se me dirá que de ser así, el destino de todos es la esquizofrenia, y que la sociedad está amenazada desde adentro con una disolución a corto plazo. Yo sería capaz de no retroceder ante esa objeción; podría decir: “Sí, ¿y qué?”. Pero no, reconozco que no es así. En lugar de disolución hay Historia. El desgarramiento se elabora en el tiempo. Aunque ahí sí me planto: no se elabora bien, no hay final feliz. ¿No dijo acaso Ortega y Gasset, con toda su autoridad de filósofo y español, que “la humanidad se divide en idiotas y monstruos”, dando por sentado que no había un tercer término? Lo más que podemos aspirar es llegar a monstruos, aunque para ello debamos sacrificar la felicidad.

#César Aira :: El tilo (Las curas milagrosas del Doctor Aira – 2003)

Quedamos, pues, en que valen los tópicos. Es decir, resulta lícito generalizar y valerse de lugares comunes si no media el afán de dañar, ridiculizar o minorar. Creo sinceramente que César Aira aceptaría de buen grado este presupuesto.
Me ha parecido evidente que este autor tiene ganas de contar cosas –podría añadir, incluso, cosas que él ha vivido o pensado o sentido, cosas íntimas de alguna manera, y no historias que su imaginación o intelecto han producido, pero aquí ya me movería en un terreno inseguro–. Esta es la impresión que me ha producido su lectura: al contrario que otros autores, en los cuales la literatura es un medio para transmitir una cosmogonía –una personal visión del mundo–, en este autor la literatura parece un fin en sí mismo. César Aira escribe porque quiere transmitir sus historias. Y punto. Podría haber sido juglar, bertsolari o cronista de una pequeña tribu amazónica, y su rutina diaria consistiría básicamente en tomar asiento en un café del barrio porteño de Flores –sobre una almena de cara al atardecer, en un poyo de piedra junto a la entrada del caserío o en el tronco de un árbol a la orilla del gran río– y llenar un folio –o el silencio expectante en torno a la hoguera– con palabras organizadas en frases y párrafos.
Vuelvo al presupuesto de partida. Porque resulta que César Aire encaja en el tópico de la facundia argentina. Y creo –de verdad que lo creo– que aquí se acaba el misterio.
Es una afirmación poco erudita. Es una afirmación frívola, tal vez racista. Pero no creo que sea la primera persona a la que se le ocurre. Incluso me atrevería a lanzar la hipótesis de que anda por este mundo alguna persona a la que ya se le ocurrió algo así y tuvo la gran suerte de poder hablar con César Aira, se sinceró y se lo dijo –más o menos con las mismas palabras con las que yo me he expresado–. Seguro que le arrancó una sonrisa y poco más. Porque –ya lo he dicho– la principal característica de Aira es su afán por contar, todo lo demás… ¿a quién demonios le importa todo lo demás?

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