#Afonso Cruz :: Jesucristo bebía cerveza

A Ari le gusta jugar al fútbol, pero lleva unos zapatos demasiado grandes, para ocultar que sus pies son minúsculos. Otro pastor llamado Pula sabe chutar el balón con tal fuerza y precisión que a veces se distrae matando gatos y gallinas con remates fatales. Ari no tiene una destreza especial. El se limita a chutar hacia delante con esperanza. Mira sus remates como un padre mira a su hijo. Sabe que tiene una voluntad y un destino propios, pero no puede evitar esperar lo mejor, esperar un gol soberbio e imparable, aun cuando ha hecho un movimiento en falso al rematar. Cada vez que chuta el balón, Ari tuerce la boca, esperando un milagro. Pula, en cambio, siempre sabe adónde irá el balón, por eso nunca piensa en el futuro ni en milagros, porque para él todo es una certeza.

#Afonso Cruz :: Jesucristo bebía cerveza (2012)

Tengo una intuición –perdón, Martin Luther King–. Sospecho que la novela marcha al encuentro del cuento. Es decir, sospecho que la novela evoluciona hacia un producto que va a participar de algunas de las características que, hasta hace poco, eran más propias del relato corto.
Existe una razón sociológica –perdón, sociólogos del mundo–. Es una razón que tiene que ver con uno de los paradigmas de nuestro tiempo: mínima inversión, máximo beneficio. Una razón que yo ligo a la pérdida de ciertos valores –esfuerzo, perseverancia, paciencia– producida por la transfiguración de esa idea nefasta en ley indiscutida e indiscutible. Visualizo “Los hermanos Karamazov” en las manos de la persona que se sienta en frente de mí en el metro, en cuyos ojos titilan los iconos de colores brillantes de su teléfono inteligente, y comprendo que se trata de una quimera. No porque a esa persona le podría atemorizar la extensión de la novela de Dostoievski, sino porque carece del tesón necesario para enfrentarse a su densidad. Este hecho empuja al lector del nuevo tiempo hacia el cuento.
Existe, asimismo, una fuerza que actúa en el sentido opuesto. Una razón de índole editorial –perdón, editores del mundo–. Como se trata de una cuestión cuantitativa, supongo que incluso un matemático mediocre sería capaz de elaborar un teorema que redujera lo que quiero comentar a números. Yo me limitaré a enunciarlo: resulta más rentable un librito de 300 páginas que uno de 12 páginas –incluidos gastos de publicación, difusión y promoción, claro–. El negocio del nuevo tiempo, en resumen, sigue precisando novelas.
Ahora bien, imaginemos uno o dos personajes principales a través de una serie de historias, cada una de las cuales empieza y acaba antes de dar paso a la siguiente –no estoy hablando de subtramas, por tanto–. Imaginemos un escenario, tal vez vasto, un continente, acaso reducido a un pequeño pueblo del Algarve portugués, y un tiempo comunes para todas esas historias. Entonces, yo pregunto: ¿qué imaginamos?, ¿una novela?, ¿un volumen de relatos?
Afonso Cruz responde a esta pregunta. No deja lugar a la duda. Y es posible –lo digo con humildad y, también, con satisfacción– que él comparta mi intuición.

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