Día de Acción de Gracias :: 5

    –¡El puto infierno, marines! –bramaba Bloody Hell por el intercomunicador–. Cuando volváis a casa le podréis contar a mamaíta y a papaíto que habéis atravesado el puto infierno.
    –¡Taca-taca-taca! –tableteaba Dos a su lado–. Tres demonios menos, sargento.
    Abajo, Dark y yo permanecíamos en silencio en la oscuridad sólo perforada por los espectros que se materializaban en el visor térmico. Cuando entrábamos a aquellos barrios, me sentía vulnerable por partida doble. Porque no podía sustraerme a la sensación de que el blindaje del carro me apresaba más que protegerme, de modo que era como si estuviera cautivo en una pequeña jaula que daba vueltas y vueltas dentro de esa jaula mayor que era esta ciudad de mierda. Y porque era consciente de que mi seguridad no estaba en mis manos, sino en la de mis compañeros y en las ametralladoras que ellos controlaban en sus puestos de la torreta. Aunque yo gobernaba el sistema de fuego, esto es, yo era el encargado de largarle un pepinazo a la sede del gobierno provisional de Nuri al-Maliki, reducir a escombros una mezquita o hacer puntería contra un hotel o la sede de una cadena de televisión, según las órdenes recibidas, a efectos de repeler un ataque en aquel laberinto de callejuelas los ciento cinco milímetros de calibre del cañón tenían la misma utilidad que los catorce milímetros de diámetro de mi picha.

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    Antes de mandarnos a Iraq nos tuvieron unos meses en Camp Hansen, al norte de la isla de Okinawa. Allí nos dieron un entrenamiento especializado: las tres reglas. Las repetían a todas horas. Para el tercer día eras capaz, no sólo de repetirlas textualmente, sino también de hacerlo calcando el acento y los gestos del instructor. Aún así, te seguían machacando unas cuantas semanas más. Insistían en que nuestra supervivencia en Iraq iba a depender de ellas tanto o más que de nuestra puntería con el M16.
    Una, en acción de combate el universo se reduce a dos categorías. En un lado, los amigos, nuestros compañeros de escuadrón, conocemos sus nombres, nos han hablado de su pueblo, de cómo menean el culo sus chicas cuando se les trepan encima y de las tartas de frambuesa que enhornan sus mamás todos los domingos al volver de misa. En el otro lado, todo lo demás, los objetivos, en suma.
    Dos, todo objetivo es peligroso. Sencillo. Sobre todo cuando el objetivo no es más que una mancha de contornos anaranjados en el visor térmico o un búnker a doscientos metros de distancia. Algo menos sencillo cuando su aliento te da en la cara y descubres que sus ojos te recuerdan a los de esa chica que prometió esperarte allá en Texas o Nebraska.
    Y tres, si olvidas o te haces un lío con cualquiera de las dos reglas anteriores, en especial con la segunda, tu vida valdrá lo mismo que un billete de avión a cargo del gobierno federal para que tus dolientes puedan ir a recoger una condecoración y una bandera de buen paño al aeropuerto de la base militar de Pendleton.

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    Dark, Doble Dos y yo coincidimos en Camp Hansen. Allí, Dos era un tipo muy popular. La verdad es que el jodido chicano no necesitaba esforzarse mucho para convertirse en un tipo popular. Le bastaba con bajarse los pantalones. Si un suboficial le pegaba una voz por el ser el último en la pista de entrenamiento, Dos se bajaba la bragueta.
    –Entiéndame, señor –la mano izquierda sujetando los pantalones y la derecha a modo de bandeja señalando hacia su entrepierna–, yo corro en desventaja.
    Si nos íbamos de putas, Dos preguntaba por la geisha mayor y le plantaba la polla sobre la mesita de té.
    –Veintidós centímetros –precisaba–. Como para esta talla, ¿tiene algún chochito?
    Si la noche avanzaba, el local iba quedándose vacío y nos habíamos aburrido de cantar el Semper fidelis, Dos se subía a la barra y pegaba un par de golpes de cadera.
    –Sube la música, honorable –le gritaba al barman–. Vamos a hacer que se llene el garito de conejos con ganas de juerga.
    Y el suboficial le mandaba a fregar letrinas o la profesional nos remitía a un centro especializado o el dueño del bar llamaba a la policía militar. Y el chicano se subía los pantalones, se colocaba el paquete en una posición cómoda, se ceñía el cinturón y abandonaba la escena consciente de la huella, imborrable, que había dejado en el público asistente.

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