#James Salter :: Todo lo que hay

(…) Algún tiempo antes había visto por casualidad algo maravilloso: cómo su madre, que entonces tenía setenta y dos años, se desnudaba de espaldas dejando a la vista unas nalgas lisas, perfectas, una cintura todavía firme. Entonces se dijo que lo llevaba en los genes y que quizá podría seguir indefinidamente. Pero un día vio otra estampa, a todas luces inocente: Karen y una amiga a la que conocía desde la época del colegio estaban tomando el sol sobre la hierba, boca abajo, con sus bañadores diminutos, conversando tan tranquilas una junto a otra. De vez en cuando se alzaba una pierna indolente en dirección al sol que calentaba sus espaldas desnudas. El leía un manuscrito sentado en mangas de camisa sobre la terraza de piedra. Por un instante tuvo el impulso de bajar hasta donde estaban ellas y sentarse a su lado, pero sintió cierta incomodidad: sabía que, hablaran de lo que hablasen, se callarían nada más verlo llegar. No intentó imaginar de qué estaban charlando, sabía que aquello era sólo dicha perezosa, algo imposible con él porque sus hábitos eran mucho menos alegres o animosos. Encendió un cigarrillo y fumó despacio mientras releía unas páginas. Las chicas se levantaron y recogieron sus toallas. Aquel día y otros muchos hubo de aceptar la realidad de su experiencia con las mujeres que había amado, casi siempre esposas, y ése fue uno de los motivos que le condujeron, pese a su posición, su inteligencia y su prestigio, al suicidio con cincuenta y tres años, meses después de que Karen y él se separasen.

#James Salter :: Todo lo que hay (2013)

(Me atreveré con un juego de palabras)
Ni más ni menos, esto es “Todo lo que hay”. Una imagen que adquiere su pleno sentido si tenemos en cuenta no solo lo que ha sido retratado, sino también todo aquello que ha quedado fuera del encuadre. También, una historia cuyos resortes están, en una medida considerable, omitidos –silenciados–, un iceberg, una silueta conocida entrevista en la niebla o una proposición apenas sugerida.
James Salter es un verdadero maestro en conseguir el efecto de mostrarnos panorámicas obligándonos a entornar los ojos. Muchos escritores tienen una prosa vibrante con la que consiguen transmitir las claves de una historia. La literatura de Salter, por el contrario, tiene la facultad de concretarse en la omisión y en el silencio. La trama avanza a dos niveles: por un lado, los sucesos narrados; por otra parte, la oscuridad donde los acontecimientos buscan su propio desenvolvimiento libres de nuestro control. Y de repente –cuando lo oculto aflora a la superficie y ambos niveles se encuentran– los acontecimientos se desencadenan y todo salta en pedazos.
Leo a Salter y busco el secreto de ese efecto. Quiero suponer que consiste en seleccionar con el mayor rigor qué se debe contar y qué puede silenciarse; es decir, saber separar la parte imprescindible de una historia antes de empezar a contarla.
Y, además, esto es “Todo lo que hay”. Profesionales acomodados que fuman cigarrillos, mujeres sofisticadas, jardínes y terrazas de viviendas espaciosas y bien amuebladas, disquisiciones en torno al amor y el deseo, vuelos transoceánicos y viajes por Europa, carreras de caballos, carreras de galgos, la Segunda Avenida, personas cruzándose diálogos de sordos. Y sexo –la dosis exacta de sexo; al fin y al cabo, al parecer, somos flores que han desarrollado apéndices–.
Nada más he encontrado en esta novela. Y para mí no es suficiente. Sigo pensando que Salter es un escritor con oficio y uno de los mejores en el manejo de la elipsis. Sin embargo, he empezado a sospechar –esta es la segunda obra suya que leo– que sus mundos no me interesan. Aún cuando estoy de acuerdo en que esta sospecha tiene mucho que ver con el tipo de ambientes que yo frecuento, el estrato social al que pertenezco y el tipo de conflictos a los que debo enfrentarme en mi día a día, de tal manera que los personajes y temas de Salter me parecen sacados de una obra de ciencia ficción.

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