Día de Acción de Gracias :: 7

    Desperté en el quirófano. Habían apartado a un lado la mesa de operaciones, dejando espacio libre para colocar un espejo de cuerpo entero y una silla de peluquero. Yo me sentaba en la silla. Un tipo estirado vestido de negro extendía una especie de crema por mis manos ayudándose de un pincelito. A mi izquierda, el teniente Perkins no me quitaba los ojos de encima. Sus labios se abrieron y se cerraron. Se agachó y dio un paso para colocarse delante de mí. Volvió a hacer aquello con la boca.
    –¿Que tál se encuentra, Jimmy?

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    Yo flotaba. Sentía que mi cuerpo era ingrávido. En el espejo veía la silla de peluquero, con la mesa y algo de instrumental quirúrgico detrás. Si hubiera visto un módulo espacial recortado contra un cielo negro lo habría encontrado natural.
    –Jodido, claro –se contestó a sí mismo.
    Mis ojos siguieron a los suyos y descubrí el cabestrillo, el vendaje del hombro y las tiritas y rasguños de mi cara.
    –Espero que no sienta dolor –el teniendo ladeó la cabeza–. Ha acabado con nuestras reservas de morfina, marine. Han hecho un buen trabajo con usted: tenía la escápula y el húmero izquierdos hechos fosfatina… También le han extraído unos kilos de metralla. Pero sobrevivirá –me guiñó un ojo–. Lo mandaremos a casa y olvidará esta guerra.
    Alargó el brazo y acercó una silla. Sus ojos volvieron a los míos.
    –En pocos días va a estar de regreso en Saint Paul y dejará atrás este desierto del demonio. Sólo le pido un último esfuerzo. ¿Me sigue, Jimmy?
    El tipo estirado se dio la vuelta, rebuscó en un maletín metálico lleno de frascos y me miró de soslayo. Luego se paró delante del espejo y estuvo examinándose un grano en la sien derecha por espacio de media hora. Giró sobre sus talones. Se arrimó a mi costado y empezó a embadurnarme la jeta con una crema parecida a la que antes había untado en mis manos.
    –¿Va todo bien, Jimmy? –insistió el teniente–. Escuche atentamente. A alguien se le ha ocurrido que sería una buena idea que usted se sentara junto al presidente para celebrar la cena de Acción de Gracias.
    El teniente se encogió de hombros.
    –El gran tipo viene a darnos ánimos y, hoy por hoy, usted es la persona que más necesita esos ánimos en Camp Liberty.
    Bajé la vista. El teniente echó el cuerpo hacia delante.
    –Los putos muyaidines nos dieron bien por culo ayer –hizo una pausa y posó su mano en mi rodilla–. No le voy a engañar, hijo, sus compañeros… el sargento Taylor, Miguel y Louis han muerto.

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    En ese preciso momento comprendí que se trataba de una pregunta, el zumbido dentro de mi cabeza. No conseguía recordar cuándo había empezado, pero estaba allí. Tampoco recordaba en qué momento se había tornado inteligible. Había comenzado como un ruido carente de sentido que, a fuerza de repetirse a lo largo de los meses que llevaba destinado en Iraq, había ido adquiriendo la apariencia de fonemas, luego de palabras y, al final, al mismo tiempo que en mi cerebro el coche blanco volvía a impactar contra el costado del Bloody Hell, por cristalizar en una pregunta martillando mis sesos.
    –Tenemos que irnos, hijo, nos están esperando –el teniente se levantó y miró hacia la puerta–. Le van a dar unas anfetaminas para despabilarlo un poco. Luego lo acompañaré al comedor del batallón, donde vamos a esperar al presidente. ¿Necesita que lo ayuden o puede caminar usted solo?
    Hicimos una parada en el barracón para que yo recogiera algunos efectos personales y continuamos despacio hasta el comedor. El cuartel estaba desierto: los que nos estaban patrullando por Bagdad estaban metidos en el comedor esperando al gran jefe de Washington. Mi mano derecha temblaba. Me costaba la vida misma mantener la cabeza erguida.

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