Día de Acción de Gracias :: 8

    En la entrada del comedor nos esperaban unas cuantas caras que no había visto nunca por Camp Liberty. Se les veía incómodos, la chatarra que llevaban colgando en los uniformes debía pesar una barbaridad. El teniente se puso tieso, su mandíbula adquirió la misma consistencia que el pudín de la ración de campaña, les saludó y me empujó hacia una esquina. Un tipo grande y pelirrojo paseaba nervioso de un lado a otro, cinco pasos al este, cinco al oeste. Debía ser un pez de los gordos porque su uniforme tenía más estrellas que la jodida bandera. Estuvo un rato largo dando vueltas, me recordaba a un coyote que había visto de niño en el zoológico de Minneapolis, que trotaba sin parar en su jaula de cinco metros de largo por tres de ancho, golpeándose el hocico contra los barrotes. De repente, se paró delante de mí. Su cabeza giró como si tuviera un resorte dentro, se inclinó y leyó la etiqueta de identificación de mi uniforme.
    –O’Connor. Siento mucho lo de su unidad –intenté ponerme firme y el dolor hizo que se me saltaran las lágrimas–. Esos jodidos bastardos lo pagarán, se lo juro como que hay Dios en el cielo. No vamos a largarnos de este puto arenal hasta que hayamos acabado con todos, le doy mi palabra.
    El mecanismo de su cuello volvió a funcionar. Dio una zancada hacia el grupo de mandos y le susurró algo al oído a uno de ellos, si bien no lo suficientemente bajo como para que el resto no lo oyéramos.
    –Joder, parece que el alfeñique se retrasa. Igual está dando vueltas en su F16 sobre nuestras cabezas, sacando fotos de Bagdad o algo así.
    –¿Quién pilota el caza, Tom? –bromeó otro–, ¿Bush?
    –¡Joder! –el pelirrojo se golpeó el muslo con la palma de la mano–, cómo no lo he pensado antes, a que se ha liado y nos anda buscando por las calles de Kabul.

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    Se miraron unos a otros y salieron de estampida hacia el centro de comunicaciones. Nos quedamos sólos el teniente y yo.
    Me dolía todo el cuerpo. Mi mano seguía temblando. Recordé que había subido a la primera planta del barracón y había entrado en nuestra habitación. Recordé que abrí mi taquilla y la Colt estaba donde creía haberla guardado. Recordé lo difícil que me había resultado introducir el cargador y luego deslizar la corredera con una sola mano temblorosa y, por el contrario, lo fácil que había pasado la primera bala del cargador a la recámara, como si conociera el camino o como si ese fuera el único camino o como si ese paso estuviera determinado por una ley física, del estilo de la fuerza de la gravedad. Recordé que Dos se había dejado abierta la taquilla. La cerré empujando la puerta metálica con el cañón de la pistola y bajé a la calle, donde me esperaba el teniente. Antes de salir del cuarto, liberé el seguro de la pistola con el pulgar y la guardé en el bolsillo derecho de mi pantalón. Metí la mano en el bolsillo. Allí seguía la pistola. Pasé el dedo índice por la empuñadura.
    Alcé la cabeza. El teniente había encendido un cigarrillo. Me miraba de reojo. Cada bocanada de aire que inspiraba, podía sentir el polvo en suspensión bajando por mi garganta y depositándose en las paredes de los bronquios.
    –Me tiene preocupado, hijo. ¿Se encuentra usted bien? –me preguntó.
    Se veía claro en su sonrisa que estaba dispuesto a darme cuartelillo.
    –Un trago no me vendría mal.
    Me alargó una petaca.
    –Bourbon de Kentucky. Después de la teta de su madre, no ha probado nada mejor.
    –Señor –aproveché que hizo el gesto de acercarse para pasarme la petaca–, hay algo que me gustaría preguntarle.
    –Claro, hijo –tiró el cigarrillo y lo pisó.
    –Me preguntaba, señor, imagine que el presidente muriera en este viaje –desvié la mirada hacia el suelo–, ¿se consideraría una baja del conflicto?

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