#Alberto Méndez :: Los girasoles ciegos

En el colegio, Franco, José Antonio Primo de Rivera, la Falange, el Movimiento eran cosas que habían aparecido como por ensalmo, que habían caído del cielo para poner orden en el caos, para devolver a los hombres la gloria y la cordura. No había víctimas, eran héroes, no había muertos, eran caídos por Dios y por España, y no había guerra porque la Victoria, al escribirse con mayúscula, era algo más parecido a la fuerza de la gravedad que a la resolución de un conflicto entre los hombres.

#Alberto Méndez :: Los girasoles ciegos (2004)

En un blog como este, dedicado a la literatura, parecería lógico aproximarse a los aspectos literarios de esta novela. Entonces, explicaría que esta obra gira, a la manera de un girasol incapaz de encontrar el sol —Los girasoles ciegos, una metáfora extraordinaria–, en torno a la calamidad de la guerra, concretada en la historia de cuatro derrotados por la guerra civil española. Cuatro historias, pues, cuyo eje vertebrador reside, más que en el tema común, o en la coincidencia de época y espacio, en la mirada que nos conduce a través de todas ellas. Y opinaría que, sin lugar a dudas, el mayor acierto del autor consiste en despreciar los juicios, los mensajes subliminales, la intención moralizante o pedagógica; de manera que su narración busca el único apoyo de los hechos desnudos, la cadena de circunstancias y sentimientos de unos personajes condenados, ya desde el inicio del relato, por su condición de vencidos.
Esta estrategia resulta tan eficaz que podemos llegar a creer que leemos una crónica basada en hechos reales –al estilo de la novela «Noticia de un secuestro» de Gabriel García Márquez–, cuando, en realidad, se trata de una obra de ficción.
Regreso, pues, al inicio. Porque, si bien esta obra es correcta –mucho más que correcta–, sólida –sobradamente sólida– y, desde un punto de vista estrictamente literario, hermosa –triste y hermosa, con esa hermosura privativa de ciertas expresiones de la tristeza–, su verdadera potencia reside en los sucesos narrados y en la perspectiva que nos proporciona para poder observarlos, comprenderlos y, al fin, hacerlos nuestros.
Quizá la mejor manera de explicar esta afirmación que hago sea contar una anécdota. Oí hablar de este libro en una charla y decidí que su lectura podía ser interesante. Así que comprobé que existía un ejemplar en la biblioteca de mi localidad, tomé nota de la signatura y me acerqué a conseguirlo. Sin embargo, fui incapaz de encontrarlo. Pregunté a la bibliotecaria y me condujo a la sección de literatura histórica.
Parece mentira tener que afirmar, transcurridos más de setenta y cinco años del final de la guerra civil española y a cuarenta años de la muerte del dictador que ganó aquella contienda y de iniciarse la desarticulación del régimen que éste impuso a sangre y fuego, que son necesarias más obras del estilo de «Los girasoles ciegos» para poder revisar aquel enfrentamiento que aún divide a los españoles. El único camino para acabar de cerrar las heridas que abrieron la guerra y el periodo de represión posterior es contar la verdad de lo que pasó. Este y no otro es el tema de «Los girasoles ciegos».

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