#Michel Houellebecq :: Las partículas elementales

(…) El centro Leclerc de Cholet estaba abierto hasta las diez de la noche. Mientras conducía pensaba que, según Aristóteles, las mujeres bajitas pertenecen a una especie distinta al resto de la humanidad. «Un hombre pequeño me sigue pareciendo un hombre, pero una mujer pequeña parece pertenecer a una nueva especie de criaturas.» ¿Cómo explicar esta extraña afirmación, que contrastaba tan vivamente con el sentido común habitual del estagirita? Compró whisky, raviolis en lata y galletas de jengibre. Cuando regresó ya era de noche. Al pasar delante del jacuzzi oyó susurros, una risa ahogada. Se detuvo con la bolsa de Leclerc en la mano y miró entre las ramas. Parecía haber dos o tres parejas: ya no hacían ruido, solo se oía el leve borboteo del agua. La luna salió de entre las nubes. En ese mismo instante llegó otra pareja y empezó a desnudarse. Otra vez se oyeron susurros. Bruno dejó la bolsa en el suelo, se sacó el pene y empezó a masturbarse. Eyaculó enseguida, en el momento en que la mujer se metía en el agua caliente. Ya era viernes por la noche; tenía que prolongar la estancia una semana. Iba a organizarse, a encontrar una chica, a hablar con la gente.

#Michel Houellebecq :: Las partículas elementales (1998)

Una caricatura –en especial una buena caricatura, sobre todo una buena caricatura– es un diseño en el cual el conjunto resulta determinado por unos pocos detalles, que han sido resaltados de manera intencionada. Es tanto más efectiva cuanto menor sea el número de detalles, tanto más sorprendente cuanto mayor es la distorsión introducida en ellos. Contemplamos una caricatura y nos deja pasmados que ese rostro deforme y ridículo, fantástico, sea la viva imagen de una persona real que conocemos y a la cual podemos identificar sin ningún género de duda. Giramos sobre los talones, seguimos paseando. Nos lleva un rato sacudirnos de encima la sensación de inquietud que nos produce comprender lo fácil que resulta engañar a nuestra percepción –incluso al mecanismo mediante el cual nuestro cerebro procesa la información que le transmite el sistema periférico–.
Esta novela es una caricatura. Efectiva por la razón antes expuesta y porque tiene la capacidad de meter el dedo en algunas de las llagas que se están abriendo en el tipo de sociedad al que nos hemos aferrado como si fuera un madero que hemos tropezado en mitad de la tormenta. Y sorprendente porque Houellebecq es un tipo que demuestra una mala baba que ha debido cultivar con esmero durante muchos años –ciertas cosas no se adquieren de un día para otro, necesitan un proceso de decantación–, un humor oscurito, oscurito, a la altura de su desabrido temperamento, y –el ingrediente fundamental, por supuesto– sabe a dónde quiere llegar, tiene una idea muy bien formada, muy precisa, inequívoca de lo que nos quiere contar.
Como ejercicio, pues, de minimalismo informativo –perdón– que es, repito, esta novela es una caricatura: utiliza unos pocos detalles significativos, obviando el resto, para mostrarnos una sociedad reconocible.
En cualquier caso, una vez leído este libro me queda una duda. Como lector, entiendo que tengo múltiples posibilidades: puedo tirarme por un barranco, puedo hacerme budista, puedo hacerme broker de bolsa y luego usurero con los beneficios obtenidos y acabar traficando con órganos, puedo decir que se trata de una caricatura y seguir mi paseo por la literatura y el pensamiento humanos como si tal cosa… Sin embargo, y esta es mi duda, si yo hubiera gestado esta obra, entiendo que me quedarían muy pocas puertas que abrir: podría levantarme la tapa de los sesos delante de un espejo, podría… Podría, supongo, pergeñar más retratos por el estilo, perfeccionar estilo y destreza, afilar mi pluma y mantener engrasado el revólver a la espera del día en el que me sentara delante del espejo y, por fin, apretara el gatillo.

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